Pan de Oro 8.

Luisa Miñana

Cronista

     A veces dejo el almacén y visito en la ciudad alguna de las iglesias en las que mi padre dejó obra. Lo dije antes: nada que ver con lo que yo conservo en casa. Y tengo una hipótesis al respecto. La de la renuncia. Yo he creído siempre que cuando Pedro Milano se dio cuenta de que sus esculturas no gustaban al público, lo cual para él tuvo que ser un golpe enorme, instintivamente las resguardó de los intrusos. Decidió que sus creaciones más queridas no atravesarían la soledad del taller y que allí permanecerían, formando parte sólo de su tiempo y de sus angustias por los fracasos acumulados, que nadie en realidad más que él entendía como tales. Hubo excepciones, pero no muchas. En alguna ocasión talló algún bulto por encargo si así se lo exigieron en los contratos, pero a regañadientes ya que tenía obligatoriamente que respetar temas y fórmulas pactadas. Por eso prefería dedicarse a labrar frisos y columnas y a cincelar relieves decorativos. Eran para él labores más mecánicas, menos absorbentes y personales, más fáciles de acomodar a modelos reiterados y al dictado del gusto colectivo. Yo sin embargo creo que era un magnífico arquitecto y decorador, y que debería haberse empleado más en esta faceta de su trabajo. Estimo que era peor como imaginero. Pero él se empeñó en considerase a sí mismo como un escultor por encima de todo. Ese fue su error, me atrevo a pensar: no conocer sus límites. Error, porque precisamente el halago general lo logró con sus empresas como constructor de retablos. Pobre hombre. Nunca consiguió estar conforme consigo mismo ni con los demás. Pero yo lo entiendo. Él quería imponer los criterios, y quería ser apreciado por lo que le diferenciaba de los demás, no por lo que le igualaba con ellos. No soportaba la mediocridad. Y el caso es que yo pienso que sus obras son correctas, pero no excepcionales, aunque a mí me parezcan fabulosas, porque son de mi padre. Por eso quizás, siendo prácticos, habría debido despreciar menos los gustos y preferencias de la sociedad gracias a la que vivió con decoro, sino con holgura, porque allí estaba realmente el lugar que le correspondía. Hubiera tenido menos problemas cuando surgió el incidente de los dibujos de desnudos de atrevidas invenciones, que ya comenté, y que corrieron por la ciudad, ciertamente ayudados por la mano maliciosa de la mujer del señor Damián Forment, debo decirlo por justicia, con el que mi padre tuvo sus más y sus menos en alguna que otra ocasión. Aunque también es muy posible que todo eso le importará muy poco. Cuando uno tiene una idea de sí mismo tan arraigada y establecida lo lógico es defenderla y tratar de imponerla contra viento y marea. Por eso yo no estoy de acuerdo con lo que decía mi madre de mi padre, aunque jamás hubiera actuado como éste.

Calle

     Sigo teniendo el almacén en el portal donde lo abrió mi padrastro, en la esquina de la calle de la Sal, casi frente a la Puerta de Toledo, al lado de la plaza del mercado y ya muy cerca del río, desde el que en invierno llega una niebla tan oscura y mojada que apaga las antorchas y en verano un aroma agraz a peces podridos. Es un lugar que me satisface, porque además de permitirme contemplar la espléndida arquitectura del Arco de Toledo, con sus dos torreones circulares y almenados llenos de solitarias evocaciones y melancolías, pues en ellos se albergan las cárceles del Rey y del Justicia y esto impone una cierta y permanente reflexión en torno a la precariedad del destino de cada persona y de sus circunstanciales acaeceres, digo que también me deja la ubicación de mi alojamiento estar puntualmente al cabo de la calle de las últimas noticias y de los rumores que recorren los centros de la ciudad. Los jueves es día de almodí y, tras asistir a la contratación de las partidas de trigo que abastecen la ciudad, muchas veces doy un paseo que siempre acaba conduciéndome hasta alguna de las iglesias donde están las cosas de Pedro Milano. Es una hora en la que la mitad de la población anda por el mercado, y de todas partes se alza un bullicio ensordecedor y multiforme de voces atravesándose y carros arrastrados y campanas sentenciando el transcurrir de la mañana, y ondean en el aire, sobre todo en primavera, los olores y colores mezclados de las hortalizas, los cueros, la colindante carnicería de la ciudad, los animales que traspasan y las numerosas gentes diversas, con sus ropas nuevas o gastadas, cruzando de un lado a otro la plaza, o quietas con devoción ante los bancos de mercancías. Nunca deja de asombrarme este tópico espectáculo que me acompaña desde mi nacimiento y jamás me cansaré de contemplarlo. Inmerso en esa fiesta de lo cotidiano puedo concebir un cierto sentido para muchas sinrazones de esta vida y hasta la ciudad me parece de corazón alegre, cuando a menudo sólo veo calles estrechas azuzadas por un cierzo helado que se empeña en enroscarse entre las torres de sombras verdes.

El hijo del imaginero

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