madreselvas

Pudiera hablarte de alguna circunstancia
más lejana en el tiempo,
pero allí me detengo, bajo los arcos altos
de la plaza, a la hora del café
o de la cerveza: desnudos cuellos
y brazos dorados y ojos como insignias
multicolores y suaves pisadas
de zapato cómodo: los días primeros,
agitados -(tristes, porque la novedad
distancia siempre)- del estío y del amor
mezclándose, hasta la medianoche
apurados, hasta la madrugada muchas veces.
La tristeza.
Tú y yo bien la conocemos, 
sembrada bajo la alfombra para dar
alimento al amor.
Anterior