Margarita fumo su cigarrillo, miró a su alrededor- puso su
blusa en orden y caminó tan hermosa que él tuvo que esperarla
para siempre.
Dura la caricia lo que el tramo breve de la sombra al
mediodía. Margarita lo sabe: en la estrecha calleja medieval no
alcanza el aire sobre los puentes trepa la humedad y florecen los
antiguos palacios desollados. Donde cesa la lluvia comienza el
horizonte, termina la ciudad -(de nuevo la ciudad), lamida por mil
lenguas que el mar devora.
Margarita sonríe. Demasiada belleza para el hombre que
deja su maleta en consigna, mira a su alrededor y entretiene sus
manos en un juego sin fin de cigarrillos. Margarita lo sabe.
Es una vieja, vieja película. La belleza de ahora fue en
otra historia de otra forma contada tan sólo ostentación que el
tiempo melancólico y estúpido desgasta y enaltece. Vestida como
un escaparate Margarita sonríe. Margarita lo sabe.
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