cronista


Domingo Horcas

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" Y juré que borraría su estirpe de la faz de la tierra" dijo sir Gareth.

Todos los oídos presentes en el comedor de La Belladona escuchaban con atención, pues ni siquiera en esa posada situada en la encrucijada de todos los caminos donde se habían alojado poderosos reyes, brujos y magos de fama extendida por todos los rincones del mundo, mercaderes dueños de riquezas fabulosas, doncellas de belleza legendaria y guerreros capaces de las más arriesgadas empresas, se narraban todas las noches historias como aquella que el joven había desgranado entre jarra y jarra de vino.

Yusuf Ibn Fadl, llegado el día anterior por el camino del Este a lomos de un caballo exhausto, cubierto por el polvo y la sed del desierto, quedó fascinado desde el comienzo de la historia. Imaginó a sir Gareth cuando era un niño cuya mirada no estaba velada por ese aire de tristeza, un niño todo ojos y corazón abiertos de par en par viendo como su hermano mayor y su padre, sir Brian, practicaban en el patio del castillo el arte de la esgrima siguiendo los consejos del maestro de armas. Yusuf sintió como propios los deseos de Gareth de crecer rápido, muy rápido, y unirse a ellos en los ejercicios que practicaban cada mañana, cabalgar junto a su padre en las partidas de caza, compartir con su hermano correrías nocturnas y visitas intempestivas a las alcobas de las doncellas. Yusuf casi podía ver la alegría en su cara soñando con el día en que su brazo podría derrotar al de sir Brian en un entrenamiento y éste lo mirase orgullosamente y palmease su espalda como diciendo: "Gary, hijo mío, ya te he enseñado todo cuanto sé". Y tan vívido había sido el relato que la mano de Yusuf buscó la empuñadura de su alfanje sintiendo la excitación que se desató en el castillo cuando el vigía dio la voz de alarma y todos corrieron a las almenas.

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