Cronista


Domingo Horcas

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Sin embargo, a Olaf Wolfson, venido desde las tierras frías del Norte, le gustó más la parte en que sir Gareth describió al Caballero Silencioso. Tanta pasión ponía el joven en su relato que los ojos de Olaf fueron los de Gary oteando desde la muralla. Incluso desde lo alto, el caballero, protegido con una armadura color de bronce que destellaba bajo el sol y un escudo negro sin adornos ni insignias, parecía enorme, y enorme el caballo negro que corveteaba ante la reja del castillo. El intruso nada decía y se limitaba a tranquilizar a su montura palmeando en su cuello, a mirar hacia arriba desde la visera enrejada del yelmo. Pero algo en su aspecto, en su actitud, algo en él incitaba a la lucha, porque hasta los niños como Gary notaban en el pecho la llamada de la guerra, como si se oyera el clarín y el fragor de una batalla invisible, y el aire oliese a sangre, a sudor y miedo de los enemigos.

Y T’sabeka, un rico comerciante de piel tan negra como la obsidiana llegado por el camino del Sur, disfrutó con el relato de la lucha. Pese a su ancianidad aún gozaba escuchando la narración de un buen combate, y el presenciado por Gary fue uno de los mejores que se hayan disputado nunca. Sir Brian abandonó la muralla al tiempo que arrojaba al suelo la espada sin filo de los entrenamientos y ordenaba que le trajeran la espada de batalla que había recibido de manos de su padre. Mientras aguardaba el descenso del puente levadizo, el maestro de armas le ajustó la cota de malla, el peto y el yelmo, y colocó en su brazo izquierdo el escudo con el león y el dragón enfrentados que durante generaciones su familia había llevado a la guerra. El Caballero Silencioso había desmontado y aguardaba con la espada desenvainada, una hoja de inusual brillo dorado. Y comenzó una pelea que se prolongó durante horas, pues si bien sir Brian gozaba de la merecida fama de ser el mejor espadachín del reino, su rival poco o nada tenía que envidiarle. Ni siquiera el maestro de armas había visto en su dilatada vida tan acertadas estocadas, tantas fintas, tan buen oficio en la práctica de la esgrima. El mutismo del Caballero Silencioso era aterrador. Detenía con su arma las estocadas de sir Brian y atacaba a su vez, siempre en silencio: en ningún momento brotaba sonido alguno de sus labios. A medida que la tarde transcurría, los golpes de sir Brian perdieron fuerza y precisión. No así los del Silencioso, que se movía como una rueda de carro bien engrasada, ajeno al cansancio, a la furia e impotencia que comenzaba a asomar en la mirada de sir Brian. En el corazón de Gary nació una certidumbre: antes de que el sol se despeñara por el abismo de occidente la lucha habría finalizado, y no conforme a sus deseos. Y así fue. Con las últimas luces del crepúsculo la hoja dorada del Caballero Silencioso abolló un escudo con un león y un dragón, cortó, como la hoz de un campesino siega el trigo en verano, el metal de un peto y una cota de mallas y, bajo el metal, desgarró piel y músculos en una grieta por la que se escapaba la vida en cada latido. Sir Brian se derrumbó como una armadura vacía y el Silencioso no esperó siquiera a que terminara de caer. Dio media vuelta, como si la muerte de un enemigo más careciese de importancia, y soltó el primer sonido desde que apareció junto a las puertas del castillo, un silbido agudo y penetrante que arañó en el estómago de Gary como la espada dorada en la coraza de su padre. El caballo negro acudió a la llamada, y montura y jinete se alejaron sin una mirada atrás. Y los ojos de quien un día sería conocido como sir Gareth iban de la espalda del caballero que se perdía en la distancia al cuerpo tendido junto a las murallas, y de allí a las caras incrédulas de su hermano y el maestro de armas. Una determinación nació dentro de él y, sin que nada pudiera evitarlo, arraigó y fue creciendo y creciendo.

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