Cronista

El Caballero Silencioso
Domingo Horcas

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El alba sorprendió a cuatro amigos que se despedían en la encrucijada. Yusuf Ibn Fadl murmuró "Que Alá os guarde" y se alejó hacia el Norte a lomos de un caballo que hasta la víspera había pertenecido a sir Gareth. Olaf Wolfson, con los ojos enrojecidos por las pocas horas de sueño y la mucha cerveza, dijo "Nos encontraremos en el Valhalla" y, aligerado del peso del Martillo del Trueno, se encaminó al Sur con su piel de oso blanco y el hacha recibida de manos de su padre apoyada contra su hombro. T’sabeka apoyó la palma de su mano en su negro pecho, inclinó la cabeza y, sin decir nada, se puso en marcha hacia el Oeste encabezando su numerosa comitiva. Y sir Gareth espoleó a Al-Amra por el camino del Este y, aunque nunca volvió a ver a sus amigos ni sus caminos volvieron a cruzarse, jamás pudo olvidarlos.

Ilustración ©Miguel A. Latorre

En el transcurso de los siguientes siete años cabalgó persiguiendo los ecos de las victorias del Caballero Silencioso. Su brazo rescató a doncellas cautivas en torres inexpugnables; su lanza y su ballesta liberaron comarcas de la crueldad de los tiranos; el Martillo del Trueno acabó con más de un gigante que aterrorizaba países que a partir de entonces fueron felices. Sin embargo no eran esos sus objetivos. Llegaba a una aldea o un castillo y formulaba siempre la misma pregunta. Y siempre obtenía idéntica respuesta: el Silencioso había pasado por allí unas semanas atrás dejando el correspondiente cadáver tendido en el campo de batalla. Pero poco a poco, bien gracias a su tenacidad y a poseer un caballo como Al-Amra, o bien a que el colmillo de leopardo colgado de su cuello guiaba sus pasos por senderos acertados, se fue acercando y el rastro de las andanzas de aquél a quien perseguía era cada vez más reciente.

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