Cronista

El Caballero Silencioso
Domingo Horcas

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Una mañana avistó un enjambre de cuervos y buitres sobrevolando el cielo de una llanura interminable y polvorienta que aún no habían comenzado su festín: el cuerpo de un hombre que todavía regaba la arena con la sangre de sus heridas. Se trataba de un guerrero armado con dos sables de hoja ancha. Su piel era amarillenta y su ojos oblicuos estaban abiertos pero ciegos. Sir Gareth los cerró con el respeto de un guerrero hacia un igual caído en combate. Tras musitar una oración levantó la mirada y en el horizonte distinguió la nube de polvo que sólo puede levantar el galope de un caballo.

Aunque nunca llegó a advertirlo, al vislumbrar ese pequeño punto perdido en la lejanía, el amuleto que un día le entregara T’sabeka se desmoronó como un puñado de tiempo perdido, como un manojo de huesos viejos.

Durante horas cabalgó sin descanso. Sólo un corcel como Al-Amra hubiese podido dar alcance al fugitivo cuando un nuevo día despertaba en el cielo y la llanura chocaba con unas montañas pedregosas. En la boca de un desfiladero, el Caballero Silencioso esperaba.

yelmo

Era exactamente tal y como lo recordaba: un guerrero alto y corpulento con una armadura que brillaba al sol con los tonos rojizos del bronce y un escudo negro sin insignia alguna que parecía beber la luz como la arena del desierto absorbe el agua de una cantimplora rota. Sintió en su pecho la antigua sensación, la misma que sintió de niño mirándolo desde las almenas. En sus oídos volvieron a sonar los tambores de la guerra, el clarín de una batalla lejana llamando a la lucha, los relinchos de los caballos, el entrechocar metálico de las espadas, los insultos, gritos de ánimo y gritos de dolor, y su nariz saboreó el olor enloquecedor de la sangre y el miedo en el cuerpo de sus enemigos, y su propio miedo desapareció, consumido por las ansias de golpear y tajar. No pensó en sir Brian, muerto tantos años atrás por aquella espada de brillo dorado que el Silencioso extraía calmosamente de su vaina, no pensó en todos los años preparándose para aquel único momento, en los años transcurridos con la única compañía de su caballo y la pasión que lo devoraba por dentro. Todo se esfumó: la memoria de su padre, siempre presente en su recuerdo, el cansancio de una noche a lomos de su caballo. Todo desapareció excepto la rabia y las ansias de lucha, de entregarse a esa batalla fantasma que percibía con unos sentidos que no eran los habituales.

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