Cronista

El Caballero Silencioso
Domingo Horcas

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Más tarde sir Gareth pensaría que Al-Amra se asustó del caballo de su enemigo, un animal gigantesco de un negro tan oscuro que el de Al-Amra parecía pálido en comparación, una bestia de ojos completamente rojos cuya piel humeaba como si ardiese por dentro. En cada resoplido brotaban de sus ollares unos surtidores de vapor que olían a azufre y de su belfo goteaban unos espumarajos que parecían hervir en el suelo. Sí, Gareth pensó que su montura se aterrorizó, pero se equivocaba. Al-Amra se encabritó y arrojó a su jinete al suelo, sacudió la cabeza en un gesto casi humano, volvió la grupa y se alejó, llevándose su ballesta y su lanza. Fue la última vez que lo vio.

Espada del caballero

Se puso en pie dificultosamente por el peso de su armadura y observó como desmontaba el Silencioso con la hoja dorada ya desnuda en su mano. Sir Gareth desenfundó la espada que había pertenecido a su padre y la sintió viva, como si fuese aquella hoja larga y afilada la que controlase y dirigiese a la mano y estuviera deseosa de cruzarse de nuevo con aquella de reflejos dorados. Y, sin preámbulos, comenzó una lucha larga y denodada, pues si el Silencioso había derrotado a sir Brian, uno de los mejores espadachines del rey, su hijo Gareth aún superaba la maestría de su padre con las armas y se encontraba en la plenitud de sus fuerzas.

A ratos, la ventaja parecía decantarse hacia Sir Gareth, que hacía retroceder a su rival con la furia de sus acometidas; en otros, la victoria parecía próxima al Silencioso, sobre todo en el momento en que, de un terrible mandoble que adormeció la mano de Gary, consiguió desarmarlo. Cuando el Martillo del Trueno que tomó de su cintura se le escurrió de entre los dedos, Gareth pensó que aún estaban entumecidos por el terrible golpe que habían sufrido parando la anterior estocada. Se equivocaba. Recogió el mazo del suelo y otra vez se le resbaló. Puso todo su empeño en aferrar ese mango que tantas veces había estrechado, como si con la fuerza de su voluntad intentase controlar la mano de otra persona, y esta vez lo consiguió. Pero, por más que quiso, no pudo blandirlo contra el Silencioso: su brazo permaneció inmóvil junto al costado, como si el Martillo hubiese cobrado tal peso que fuese imposible levantarlo sobre la cabeza para golpear. Y mientras tanto, el Silencioso, haciendo honor a su nombre, no jadeaba, nada decía, y esperaba sin prisa alguna, y si el silencio puede ser burlón, aquél sin duda lo era. Con un gesto invitó a que Gareth se deshiciera del arma inútil que aferraba su mano derecha y recobrase la espada para reanudar la lucha.

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