cronista

JOHN KEATS
La Fantasía
Deja siempre vagar la fantasía,
nunca el placer se encuentra en nuestra casa;
dulce el placer se funde con tocarlo
tal las burbujas si la lluvia cae.
Deja que la alada fantasía
entonces vague por el pensamiento
dejándolo atrás, abre del todo
la puerta de la jaula de tu mente
y se alzará encumbrándose a las nubes.
¡Oh dulce fantasía! Quede libre.
Todas las alegrías del verano,
todas se estropean con el uso,
y el goce que la primavera trae
como su floración se desvanece;
los frutos otoñales que, de rojos
labios, vemos llenarse de rubor
a través de la niebla y el rocío,
también con su sabor nos empalagan.
¿Qué podemos hacer entonces? Siéntate
cerca del fuego cuando el seco tronco,
alma de una noche de invierno,
arde en llamas brillantes, cuando muda
se emboza la tierra y el joven
campesino arrastra lentamente
la endurecida nieve adherida
a sus pesadas botas, cuando noche
y mediodía se unen en oscura
conspiración para impedir que ocupe
la tarde su lugar propio en el cielo.
Siéntate allí, y en tanto que tu mente
se amedrenta, en noble cometido
la fantasía envía fuera. ¡Envíala!,
dispone de vasallos que le sirvan.
Traerá, no obstante la escarcha,
bellezas que la tierra ha perdido,
traerá para ti, todas a un tiempo,
delicias que son propias del verano:
todas las campanillas y capullos
que en mayo brotan de espinosas ramas
o en el pasto mojado de rocío;
toda la abundancia que el otoño
amontona con inquieta y misteriosa
cautela: mezclará estos placeres
cual si fueran tres vinos apropiados
que tú habrás de beber en una copa.
Oirás, claro y distante, la alegre
canción de la cosecha, ya segado
crujir el trigo, a los dulces pájaros
entonando un himno a la mañana.
Y en ese momento mismo ¡escucha!:
es la primera alondra de abril,
o las grajas que graznan ocupadas
en la busca de paja y de palitos.
Contemplarás con sólo una mirada
caléndulas y margaritas, blancos
y empenachados lirios, y la prímula
primera que ha abierto en el seto,
el jacinto que gusta de la sombra
y, color de zafiro, es siempre el rey
de mediados de mayo, y cada hoja
y cada flor que una misma lluvia
ha cubierto de perlas. Verás magros
ratoncillos de campo asomarse
tras de su sueño debajo de la tierra,
y a la serpiente que ha adelgazado
el invierno mudar en una cuesta
soleada de piel, y huevecillos
moteados verás entre las ramas
de espino incubándose, el ala
de la madre tranquila reposando
sobre el nido de musgo, la alarma
también, la prisa cuando la colmena
arroja su enjambre de abejas,
bellotas que maduras van cayendo
mientras cantan las brisas del otoño.

¡Oh dulce fantasía! Quede libre.
Todo se estropea con el uso.
¿Dónde está la mejilla que por mucho
que se contemple nunca se marchita?
¿En dónde la doncella cuyos labios
maduros siempre sean algo nuevo?
¿Dónde los ojos, aunque muy azules,
que no cansen? ¿En dónde el rostro
con el que se encontraría uno
en todas partes? ¿Dónde, aunque muy dulce,
la voz que uno oiría a todas horas?
Dulce el placer se funde con tocarlo
tal las burbujas si la lluvia cae.
Deja pues, que la alada fantasía
encuentre a la amada que imagina
tu mente, que los ojos tenga dulces
como la hija de la diosa Ceres
antes que el Dios de los Tormentos
le enseñe a fruncir el entrecejo
y a mostrarse enojada, con un talle
y caderas tan blancas como Hebe
cuando a los pies se le cayó la túnica,
libre su cinto del dorado broche,
mientras la dulce copa sostenía
delante del languideciente Júpiter.
Rompe las hebras de ese cordel    
de seda que a la fantasía ata,
rompe veloz de su prisión los hilos
y te traerá alegrías como éstas.
Deja siempre vagar la fantasía,
nunca el placer se encuentra en nuestra casa. 
© 2000 de la traducción Rafael Lobarte
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