| Fernández Molina escribe para
sorprender, o sorprende sin pretenderlo: las
palabras fluyen con una tranquilidad pasmosa en
sus frases, dibujando con ellas situaciones
fantásticas, paradojas de andar por casa,
imaginarios espacios callejeros, maravillosos
seres escondidos tras vulgares apariencias. Aunque
vive en Zaragoza desde hace tiempo, Antonio
Fernández Molina nació en 1927 en Alcázar de
San Juan (Ciudad Real, España). A los
veinticuatro años creó ya una revista literaria
de nombre Doña Endrina. Fué redactor
jefe de Despacho Literario, otra revista
de aires surrealistas dirigida por Miguel
Labordeta, y más tarde, secretario de redacción
de Papeles de Son Armadans, dirigida por
el nobel Camilo José Cela, con quien trabajó
durante ocho años en Mallorca.
Ha
escrito relatos, novela y poesía. Entre los dos
primeros se encuentran Solo de trompeta,
La tienda de ausente, En Cejunta y
Gamud, Un caracol en la cocina, El
león recién salido de la peluquería, Dentro
de un embudo, Arando en la medera, Pompón,
Sombras chinescas, Los frutos de la
noche, Pasodoble enigmático, Perro
mundo...
Su
poesía inunda cantidad de títulos, desde Una
carta de barro hasta este de Aromas de
Galleta. Valgan como referencia Sonetos
crudos, Lluvia de sonetos, Platos
de amargo alpiste, Los frutos de la
noche...
Pero
el retrato de Antonio Fernández Molina no queda
completo. Su alma de artista abarca muchas otras
facetas: pintor, dibujante, ensayista, traductor.
Asegura que fueron los dibujos de Lorca los que
le empujaron al arte. Admira la forma de escribir
de Dalí y publica un ensayo sobre Picasso
escritor, lo que parece subrayar su propia
manera de ejercer el arte, con palabra y pincel,
pero eso sí, utilizando siempre la parte de
atrás de papeles ya usados.
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