|
Mientras
su hermana, atraída como por un encanto se inclinaba al borde de la fuente para
oír mejor, Magdalena se iba instintivamente separando de los riscos entre los
cuales brotaba el manantial.
Ambas tenían sus ojos fijos, la una en
el fondo de las aguas, la otra en el fondo del cielo.
Y
exclamaba Magdalena, mirando brillar los luceros en la altura:
–Esos
son los nimbos de la luz de los ángeles invisibles que nos custodian.
En
tanto decía Marta, viendo temblar en la linfa de la fuente el reflejo de las
estrellas:
–Esas
son las partículas de oro que arrastra el agua en su misterioso curso.
El
manantial y el viento, que por segunda vez habían enmudecido un instante,
tornaron a hablar, y dijeron:
El agua:
Remonta
mi corriente, desnúdate del temor como de una vestidura grosera y osa traspasar
los umbrales de lo desconocido. Yo he adivinado que tu espíritu es de la
esencia de los espíritus superiores. La envidia te habrá arrojado tal vez del
cielo para revolcarte en el lodo de la miseria. Yo veo, sin embargo, en tu
frente sombría un sello de altivez que te hace digna de nosotros, espíritus
fuertes y libres... Ven, yo te voy a enseñar palabras mágicas de tal virtud,
que al pronunciarlas se abrirán las rosas y te brindarán con los diamantes que
están en su seno, como las perlas en las conchas que sacan del fondo del mar
los pescadores. Ven; te daré tesoros para que vivas feliz, y más tarde, cuando
se quiebre la cárcel que lo aprisiona, tu espiritu se asimilará a los nuestros,
que son espíritus hermanos, y todos confundidos, seremos la fuerza motora, el
rayo vital de la creación, que circula como un fluido por sus arterias
subterráneas.
El viento:
El
agua lame la tierra y vive en el cieno. Yo discurro por las regiones etéreas y
vuelo en el espacio sin limites. Sigue los movimientos de tu corazón, deja que
tu alma suba como la llama y las azules espirales del humo. ¡Desdichado el que,
teniendo alas, desciende de las profundidades para buscar el oro, pudiendo
remontarse a la altura para encontrar amor y sentimiento!
Vive
oscura como la violeta, que yo te traeré en un beso fecundo el germen
vivificador de otra flor hermana tuya y rasgaré las nieblas para que no falte
un rayo de sol que ilumine tu alegría. Vive oscura, vive ignorada, que cuando
tu espiritu se desate, yo lo subiré a las regiones de la luz en una nuebe roja.
.............
Callaron
el viento y el agua y apareció el gnomo.
El
gnomo era un hombrecillo transparente, una especie de enano de luz semejante a
un fuego fatuo, que se reía a carcajadas, sin ruido, y saltaba de peña en peña
y mareaba con su vertiginosa movilidad. Unas veces se sumergía en el agua y
continuaba brillando en el fondo como una joya de piedras de mil colores, otras
salía a la superficie y agitaba los pies y las manos, y sacudia la cabeza a un
lado y a otro con una rapidez que tocaba en prodigio.
Marta
vio al gnomo y le estuvo siguiendo con la vista extraviada en todas sus
extravagantes evoluciones y cuando el diabólico espíritu se lanzó al fin por
entre las escabrosidades del Moncayo como una llama que corre, agitando su
cabellera de chispas, sintió una especie de atracción irresistible y siguió
tras él con una carrera frenética.
¡Magdalena!,
decía en tanto el aire, que se alejaba lentamente; y Magdalena, paso a paso y
como una sonámbula, guiada en el sueño por una voz amiga, siguió tras la
ráfaga, que iba suspirando por la llanura.
Después
todo quedó otra vez en silencio en la oscura alameda, y el viento y el agua
siguieron resonando con los murmullos y los rumores de siempre.
IV
Magdalena
tornó al lugar pálida y llena de asombro. A Marta la esperaron en vano toda la
noche.
Cuando
llegó la tarde del otro día, las muchachas encontraron un cántaro roto al borde
de la fuente de la alameda. Era el cántaro de Marta, de la cual nunca volvió a
saberse. Desde entonces las muchachas del lugar van por agua tan temprano, que
madrugan con el sol. Algunas me han asegurado que de noche se ha oido en más de
una ocasión el llanto de Marta, cuyo espiritu vive aprisionado en la fuente. Yo
no sé qué crédito dar a esta última parte de la historia , porque la verdad es
que desde entonces ninguno se ha atrevido a penetrar para oírlo en la alameda
después del toque del Avemaría.
FIN
|