Las muchachas volvían de la fuente con sus cántaros en la
cabeza; volvían cantando y riendo con un ruido y una algazara que sólo pudiera
compararse a la alegre algarabía de una banda de golondrinas cuando revolotean
espesas como el granizo alrededor de la veleta de un campanario.
En el pórtico de la iglesia, y
sentado al pie de un enebro, esta el tío Gregorio. El tío Gregorio era el más
viejecito del lugar. Tenía cerca de noventa navidades, el pelo blanco, la boca
de risa, los ojos alegres y las manos temblonas. De niño fue pastor; de joven,
soldado; después cultivó una pequeña heredad, patrimonio de sus padres, hasta
que, por último, le faltaron las fuerzas y se sentó tranquilo a esperar la
muerte, que ni temía ni deseaba. Nadie contaba un chascarrillo con más gracia
que él, ni sabía historias más estupendas, ni traía a cuento tan oportunamente
un refrán, una sentencia o un adagio.
Las muchachas, al verle, apresuraron
el paso con ánimos de irle a hablar, y cuando estuvieron en el pórtico, todas
comenzaron a suplicarle que les contase una historia con que entretener el
tiempo que aún faltaba para hacerse de noche, que no era mucho, pues el sol
poniente hería de soslayo la tierra y las sombras de los montes se dilataban
por momentos a lo largo de la llanura.
El tío Gregorio escuchó sonriendo la
petición de las muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa de que
referiría alguna cosa, dejaron los cántaros en el suelo y sentándose a su
alrededor formaron un corro, en cuyo centro quedó el viejecito, que comenzó a
hablarles de esta manera:
-No os contaré una
historia, porque, aunque se me acuerdan algunas en este momento, atañen a cosas
tan graves que ni vosotras, que sois unas locuelas, me prestaríais atención
para escucharla, ni a mí, por lo avanzado de la tarde, me queda espacio para
referirla. Os daré en su lugar un consejo.
-¡Un consejo!
-exclamaron las muchachas con aire de visible mal humor- ¡Bah! No es para oír
consejos para lo que nos hemos detenido; cuando nos haga falta ya nos los dará
el señor cura.
-Es-prosiguió el
anciano con su habitual sonrisa y su voz cascada y temblona-que el señor cura
acaso no sabría dároslo en esta ocasión tan oportuno como os lo puede dar el
tío Gregorio, porque él,ocupado en sus rezos y letanías, no habrá echado, como
yo, de ver que cada día vais por agua a la fuente más temprano y volvéis más
tarde.
Las muchachas se miraron entre sí
con una imperceptible sonrisa de burla, no faltando alguna de las que estaban
colocadas a sus espaldas que se tocase la frente con el dedo, acompañando su
acción con un gesto significativo.
-¿Y qué mal
encontráis en que nos detengamos en la fuente charlando un rato con las amigas
y las vecinas? -dijo una de ellas-. ¿Andan acaso chismes en el lugar porque los
mozos salen al camino a echarnos flores o vienen a brindarse para traer
nuestros cántaros hasta la entrada del pueblo?
-De todo hay
-contestó el viejo a la moza que le había dirigido la palabra en nombre de sus
compañeras-. Las viejas del lugar murmuran que hoy vayan las muchachas a loquear
y entretenerse a un sitio al cual ellas llegaban de prisa y temblando a tomar
el agua, pues sólo de allí puede traerse; y yo encuentro mal perdáis poco a
poco el temor que a todos inspira el sitio donde se halla la fuente, porque
podría acontecer que alguna vez os sorprendiese en él la noche.
El tío Gregorio pronunció estas
últimas palabras con un tono tan lleno de misterio, que las muchachas abrieron
los ojos espantadas para mirarle, y con mezcla de curiosidad y burla tornaron a
insistir:
-¡La noche! Pues
¿qué pasa de noche en ese sitio, que tales aspavientos hacéis y con tan
temerosas y oscuras palabras nos habláis de lo que allí podría acontecernos?
¿Se nos comerán acaso los lobos?
-Cuando el Moncayo
se cubre de nieve, los lobos, arrojados
de sus guaridas, bajan en rebaños por su falda, y más de una vez los hemos oído
aullar en horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la fuente, sino en
las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huéspedes más terribles
del Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y ásperas, en su
hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus
vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío, y hormiguean en la llanura, y
saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas
de los árboles. Ellos son los que aúllan en las grietas de las peñas; ellos los
que forman y empujan esas inmensas bolas de nieve que bajan rodando desde los
altos picos, y arrollan y aplastan cuanto encuentran a su paso; ellos los que
llaman con el granizo a nuestros cristales en las noches de lluvia, y corren
como llamas azules y ligeras sobre el haz de los pantanos. Entre estos
espíritus que , arrojados de las llanuras por las bendiciones y los exorcismos
de la Iglesia, han ido a refugiarse a las crestas inaccesibles de las montañas,
los hay de diferente naturaleza y que, al parecer a nuestros ojos, se revisten
de formas variadas. Los más peligrosos, sin embargo, los que se insinúan con
dulces palabras en el corazón de las jóvenes y las deslumbran con promesas magníficas,
son los gnomos. Los gnomos viven en las entrañas de los montes; conocen sus
caminos subterráneos y, eternos guardadores de los tesoros que encierran, velan
día y noche junto a los veneros de los metales y las piedras preciosas. ¿Veis? prosiguió
el viejo, señalando con el palo que le servía de apoyo la cumbre del Moncayo,
que se levantaba a su derecha, destacándose oscuro y gigantesco sobre el cielo
violado y brumoso del crepúsculo-; ¿veis esa inmensa mole coronada aún de
nieve? Pues en su seno tienen su morada esos diábolicos espíritus. El palacio
que habitan es horroroso y magnífico a la vez.