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Darío se quedó mirando cómo la vieja se
alejaba, completamente desconcertado por sus palabras y sin poder pensar en lo
que significaban; el cansancio también había embotado su mente.
Entró en su casa, besó a su esposa, a
sus dos hijas y a su hijo menor y se fue a dar una ducha.
Cenó apenas hubo terminado de bañarse -
eran poco más de las ocho- miró el
noticiero de César y Mónica y se fue a dormir. No daba más.
El despertador sonó a las cinco y veinte
de la madrugada. Darío lo apagó, encendió la luz y se vistió lentamente, a
pesar del frío; sus músculos doloridos
no le permitían moverse más aprisa. Desayunó mate cocido con leche y pan con
miel. Se encajó la campera gastada, se puso las herramientas al hombro (a las
que había agregado una lámpara portátil) y se fue, cerrando despacio la puerta
del frente.
Todavía era de noche. Caía una helada
cruel. El aire frío le hizo llorar los ojos.
Cuando llegó al terreno donde cavaba los
cimientos, temblaba de frío. Se apresuró a enchufar la lámpara y a colgarla de
un poste que había plantado especialmente para aquel fin. De inmediato comenzó
a cavar, al principio penosamente, pero con el consuelo de saber que entraría
en calor.
No llevaba más de veinte paladas cuando
golpeó algo duro. Maldijo el cimbronazo que el golpe produjo en su brazo
derecho. Acercó la mano para sacar lo que creía un ladrillo y tocó algo liso.
Repentinamente sintió un escalofrío. Acercó la lámpara hacia donde había
golpeado con la pala y descubrió una forma blancuzca e indefinida. Siguió
cavando tratando de seguir los contornos del objeto que había descubierto, sin
tener en cuenta las reglas de los cimientos. Varias paladas cuidadosas
descubrieron un fémur. Unas cuantas más mostraron otro y, después de poco más
de media hora, Darío tuvo ante su vista un esqueleto entero - indudablemente
humano- que hasta ese momento había estado en posición fetal.
Darío se sentó y se tomó la cabeza.
Aquello era algo que lo superaba. El sol ya estaba alto cuando pudo al fin
tomar una decisión. Se levantó, tomó sus herramientas, y fue hasta su casa;
allí le contó a su esposa su hallazgo y su intención de llamar a la policía.
Ella estuvo de acuerdo.
Mediaba la mañana en el momento que un
oficial de policía embolsó los huesos y los cargó en una camioneta.
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