Número II MMI Mayo-Junio

Jordi José. Entrevista Sci-Fi
Murciélagos y Dragones
La leyenda de la Dona d'Aigua
Sirenas y Bardos. Poesía.

Leyendas de Bécquer. Impresiones.
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Un viejo esqueleto
Por Flavio Gabriel Tonelli
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Después fueron las idas y venidas de Darío a la comisaría y al juzgado para declarar cómo había encontrado el esqueleto y toda clase de trámites y papelerías. En medio del caos burocrático al que se tuvo que enfrentar Darío, el médico forense determinó que los huesos pertenecían a una mujer de alrededor de ochenta años, que posiblemente hubiese muerto cuarenta años antes. No pudo determinar la causa de la muerte con exactitud, aunque suponía que podría haber muerto de algún ataque o simplemente de frío.

Pero Darío no se quedó tranquilo. A pesar de seguir trabajando duramente cavando los cimientos y luego rellenándolos, le costaba dormir pensando en el viejo esqueleto. Se imaginaba una anciana miserable e indefensa acurrucada, tratando de paliar el frío, a quien la muerte sorprendía en medio de la noche sin poder hallar refugio. Y luego su cuerpo era tirado en un sitio cualquiera, desechado más que enterrado, sin poder descansar cristianamente.

Una mañana se decidió a preguntar en el juzgado qué harían con los huesos. Allí le respondieron que, al no hallarse deudos que reclamaran los restos, irían a parar al osario público.

Darío se horrorizó.

Pidió hablar con la jueza y se quedó hasta que lo atendieron. La jueza le concedió cinco minutos.

-Doctora, quisiera hacerme cargo de los huesos- dijo Darío, sin ningún tipo de protocolo. La magistrado sabía a qué se refería.

-Pero usted no es pariente- respondió ella.

-De todos modos querría que recibiera cristiana sepultura.

-Para eso deberá pagar de su bolsillo una urna, el sepelio y un lote en el cementerio.

-Si usted me autoriza lo haré- afirmó Darío.

Al día siguiente la Jueza cursó una orden por medio de la cual autorizaba a Darío a disponer de los restos que él mismo desenterrara y le dio la identificación de N.N. femenino.

La mujer de Darío quiso matarlo cuando se enteró de que se había gastado todo el dinero que les quedaba en una urna mortuoria y la primera cuota de un lote en el cementerio.

En el entierro estuvieron solamente Darío y el cura, quienes rezaron una oración por el alma de la desconocida finada.

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