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Después fueron las idas y venidas de
Darío a la comisaría y al juzgado para declarar cómo había encontrado el
esqueleto y toda clase de trámites y papelerías. En medio del caos burocrático al que se tuvo que enfrentar Darío, el médico forense determinó que los huesos pertenecían a una mujer de alrededor de ochenta años, que posiblemente hubiese muerto cuarenta años antes. No pudo determinar la causa de la muerte con exactitud, aunque suponía que podría haber muerto de algún ataque o simplemente
de frío.
Pero Darío no se quedó tranquilo. A
pesar de seguir trabajando duramente cavando los cimientos y luego
rellenándolos, le costaba dormir pensando en el viejo esqueleto. Se imaginaba una
anciana miserable e indefensa acurrucada, tratando de paliar el frío, a quien
la muerte sorprendía en medio de la noche sin poder hallar refugio. Y luego su
cuerpo era tirado en un sitio cualquiera, desechado más que enterrado, sin
poder descansar cristianamente.
Una mañana se decidió a preguntar en el
juzgado qué harían con los huesos. Allí le respondieron que, al no hallarse
deudos que reclamaran los restos, irían a parar al osario público.
Darío se horrorizó.
Pidió hablar con la jueza y se quedó
hasta que lo atendieron. La jueza le concedió cinco minutos.
-Doctora, quisiera hacerme cargo de los
huesos- dijo Darío, sin ningún tipo de protocolo. La magistrado sabía a qué se
refería.
-Pero usted no es pariente- respondió
ella.
-De todos modos querría que recibiera
cristiana sepultura.
-Para eso deberá pagar de su bolsillo
una urna, el sepelio y un lote en el cementerio.
-Si usted me autoriza lo haré- afirmó
Darío.
Al día siguiente la Jueza cursó una
orden por medio de la cual autorizaba a Darío a disponer de los restos que él
mismo desenterrara y le dio la identificación de N.N. femenino.
La mujer de Darío quiso matarlo cuando
se enteró de que se había gastado todo el dinero que les quedaba en una urna
mortuoria y la primera cuota de un lote en el cementerio.
En el entierro estuvieron solamente
Darío y el cura, quienes rezaron una oración por el alma de la desconocida
finada.
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