EL ABORDAJE
–¿Dónde vais, cobardes, gaviotas de culo pelado?– El vozarrón de Fendar Wiendlandsen tronó por encima de todos los demás sonidos de la playa.–Hemos sobrevivido a dos ataques, uno de piratas vikingos y otro de rebeldes. Hemos sofocado un incendio, hemos construido un dique para defendernos del mar. Nuestras casas siguen en pie mientras a nuestro alrededor Dinamarca entera se desmorona. ¿Y ahora vais a huir malaconsejados por las palabras de un viejo desdentado y cobarde?¿Ahora vais a abandonar un barco cargado de riquezas, con las que viviríamos tranquilos el resto de nuestros días?
Los guerreros miraban al suelo sin atreverse a levantar las cabezas cubiertas con abollados cascos. Algunos de los hombres del pueblo habían abandonado sus refugios en las rocas del acantilado, y se acercaban para escuchar a su Señor.
–Un hombre no es hombre si huye al escuchar el nombre de una mujer. ¡Y la peste es una mujer!¡Una asquerosa mujer con cara de calavera, que se ceba en los más débiles!¿Acaso le tenéis miedo? Yo, Fendar Wiendlandsen, no le temo. No temo a nadie ni a nada. Sólo temo morir antes de conquistar el tesoro que me espera en ese barco brillante que hay allí. Si queda algún hombre entre vosotros, ¡que me siga!¡Al abordaje!¡Al abordaje!
Saltando por encima de las olas, Fendar parecía el mísmisimo Dios del Mar que había cambiado su tridente por una descomunal hacha de doble filo. Los vecinos del pueblo fueron los primeros en reaccionar y, entre ellos, en cabeza, avanzaba el grupo de muchachos que había divisado el barco hacía unas horas. Los hombres de armas, bien azuzados por el orgullo, bien por la codicia, se unieron enseguida al grupo de asaltantes. Los últimos metros los tuvieron que hacer a nado, sin tocar pie. Para los más jóvenes aquello fue una dura experiencia: las pesadas espadas de hierro tiraban de ellos hacia el fondo y dificultaban las brazadas, pero no podían soltarlas, a riesgo de tener que enfrentarse desarmados contra los pálidos fantasmas de los marineros, tal como se los imaginaban. Y si dificultosa fue la última etapa del abordaje, más lo fue trepar por los costados del barco. Al no poder hacer pie, no conseguían lanzar los ganchos con las cuerdas. Los más ágiles, después de varios intentos, lograron alcanzar el castillo de proa, aprovechando las escamas talladas del dragón de la quilla. Desde allí, lanzaron cabos al resto de los hombres y pronto todos estuvieron en cubierta.
EL EXTRAÑO HALLAZGO
No parecía aquello un contingente de aguerridos luchadores conquistando el botín. Se habían quedado quietos, agazapados tras las espaldas de malla de Fendar, y cuchicheaban entre ellos. Habían esperado encontrar una colección de esqueletos y carne humana putrefacta, jirones nauseabundos picoteados por gaviotas y taladrados por gusanos. Pensaban que les iban a recibir los lamentos desesperados de unos marinos moribundos, y se habían hecho a la idea de ir matándolos uno por uno, por compasión más que por odio, pues a todos los hombres del mar les une la incógnita de su destino. Pero allí no había nada, ni nadie. El barco se balanceaba sin cesar, sonaban los crujidos de las cuadernas, el viento removía las velas, las cuerdas golpeaban sobre los palos, todos los sonidos familiares de los barcos, todos, menos la voz alegre de los marineros. El pelotón de visitantes, pues ya no parecían asaltantes, fue poco a poco andando hacia el centro de la cubierta. Junto al palo mayor, en el suelo, se distinguía un conjunto de piezas de metal brillante colocadas en círculo. Entre los hombres comenzó a correr un rumor. Los cuchicheos llegaron a oídos de Fendar:
–Magia, magia negra.
Esta vez, el caudillo no supo que decir. En lo más profundo de su interior también creía lo mismo que sus hombres, y sólo la necesidad de permanecer firme ante ellos para no perder su autoridad le contuvo a duras penas, pues deseaba salir corriendo de ese lugar y lanzarse de cabeza al mar.
–¡Son escudos!–gritó uno de los muchachos que se había acercado lo suficiente. Enseguida, despertado por la exclamación, el bebé que dormía plácidamente al pie del mástil, rodeado de un círculo de pulidos escudos protectores, acostado sobre un lecho de trigo dorado, se echó a llorar.