Cuando partimos, el cielo estaba
gris. Mi gato se había muerto el fin de semana anterior por comerse el pescado
podrido que tiré a la basura.
Apenas
me había dado tiempo de estar con Irene, la nueva mulata de la Cabaña. Pocas
veces tiene uno la suerte de probar material tan fresco por el mismo precio.
Por
eso me embarqué esta vez a regañadientes. Al quinto día, mi cabreo era tal que
le rompí el tabique nasal a Narciso por una discusión en el dominó. El patrón
dijo que me descontaría una indemnización por daños para el marinero herido.
Cuando me atravesé el pulgar con un clavo mientras arreglaba la vía en la
bodega el año pasado, el patrón no me dió ni un duro. Pero claro, nadie soporta
aquí a un maestro travestido en marino. Me aceptan como pareja para el mus y
contrincante en el dominó. El resto del tiempo, cuando no trabajo, estoy solo.
Quiero decir que tengo permanentemente un par de metros cuadrados para mí sólo
y mis pensamientos. Lo que supone una auténtica soledad en un barco pesquero
como éste.
Mi áura de apestado aumenta unos
centímetros cuando, como ahora, cojo el cuaderno para escribir. Al principio,
intenté parecer uno de ellos, por eso ni traía libros, ni escribía. Luego caí
en la cuenta de que eso era absurdo. Como si Irene tratara de ocultar el olor a
sexo lavado en colonia de imitación que impregna su piel. No aroma, olor. Es
algo que no consigo olvidar. A pesar de que las neveras están a punto de
reventar de pescado, y corren regueros de sangre por cubierta, mi nariz se
empeña en seguir recordándome a Irene. Desde que embarqué. Por la noche me despertaba
en el camarote y la olía a mi lado. Cuando picaba el hielo para la conserva,
era como si por mis manos resbalara su sudor. Incluso las tripas extirpadas a
los peces me hacían evocarla. No podía resistirlo más.
Por
eso los he matado a todos. No ha sido difícil. Con la piqueta habría tenido
suficiente, pero al patrón le he reservado el cuchillo. Borracho en su
camarote, le he degollado como a una foca.
Ahora
regreso a puerto. Mañana Irene se hará a la mar conmigo, en este mismo barco
lleno de pescado. Atracaré de noche. Iré a la Cabaña. Pagaré. Como siempre.
Luego la subiré a bordo. No opondrá resistencia, se dejará hacer, como siempre.
Viviremos en medio del mar, los dos sólos, ella y yo, como un verdadero marino
y su amada sirena, como siempre, desde Homero.
F I N