Mitad mujer exuberante era,
bella donde las haya,
de piel blanca y tersa.
Sus ojos movía
siempre atentos;
su larga cola de pez
acomodaba en la roca.
Es la Roca de la Muerte,
lugar de paso para la pesca.
La leyenda no puede alejar mi barca.
El hambre y la necesidad aprietan.
Ya se pone a cantar la sirena.
-"No confíes en sus trucos".
Mas al fin, la voz melodiosa aquella,
triste y alegre, caliente de sangre,
y fría de agua, del corazón me arranca
cualquier prudencia.
Lenta, muy lenta, mi barca avanza.
Mi puerto es el lugar de donde el
canto viene.
Sé que quiere cautivarme, y remo;
sé que me hundirá a las profundidades,
pero remo.
Ya soy hombre perdido,
ya me acerco, es tarde,
la sirena me arrastra.
Veo la orilla de arenas que no pisaré
nunca más.
Adiós a mi mundo que desaparece borroso
detrás de mis lágrimas de sal.
El destello de la escamosa cola de la
sirena
será lo último que veré
antes de morir ahogado.
Sirena maldita.
Por tu culpa no gozaré más de la
caliente luz del sol.
Por tu culpa quedaré sepultado sin
tumba,
en el traidor fondo marino para siempre.
Y nadie podrá leer mi epitafio.