Número IV MMI Septiembre-Octubre

Ninfas y seres de ríos y lagos
La ninfa del río Júcar
La muerte del ruiseñor (Poesía)
Un lugar mágico: Abizanda y el Museo de Creencias

Arboles y bosques mágicos I
El Terror, de Arthur Machen. Impresiones
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La angustia del soñador
Por Mariela Tabuchi y Sergio Borao


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La Piedra Secreta
Por María J. Gutiérrez

El Pozo de San Lázaro
Por Serenidad

Un viejo esqueleto
Por Flavio G. Tonelli

Una hoja de cuaderno de bitácora
Por José B. Camarero

Pero el día de hoy era distinto. La sensación de que aún no había concluido su macabro sueño hacía crecer su intranquilidad a cada instante. Sabía que algo más debía pasar. Tenía la certeza de la sangre en los ojos, en las manos, en los labios. No podía hacer nada. Había perdido completamente la concentración. Sólo pensar, encontrar una solución definitiva. Tenía que salir de esa oficina oscura para encontrarse con la densa oscuridad de su alma. Sentía que estaba enloqueciendo, que el mundo se iba cerrando a su paso como una cortina de hierro que jamás volvería a abrirse.

Caminó lentamente hacia la puerta. Sus ojos estaban desorbitados. Tenía el rostro crispado. Lo invadían las ansias de muerte. Como antes había deseado inconscientemente la muerte de otros, ahora anhelaba desesperadamente la suya, como la única forma de expiar sus pecados, de redimirse frente a sí mismo y acabar de una vez con sus sufrimientos. Llegó al ascensor y apretó "Azotea". Descendió y fue hacia la cornisa, sabiendo exactamente lo que iba a hacer. Sus pies se movían directamente hacia el vacío, sin detenerse un segundo a meditar. La decisión estaba tomada. Sin darse cuenta, estaba volando. Mientras la calle se acercaba rápidamente, su mente comenzó a ver las escenas de su último rapto onírico: las ventanas pasaban como una película, subiendo velozmente; los adoquines grises y húmedos se hacían más nítidos; los gritos de la gente le recordaron a otros viejos gritos que no había podido callar; el viento le golpeaba la cara...

            Y en ese último instante supo que su noble gesto era inútil, que también eso había sido previsto. Recordó las últimas escenas de su postrer sueño, esas mismas que ahora estaba viviendo, y supo, con implacable certeza, que su inminente muerte no solucionaba nada, que otros soñarían por él, que la pesadilla no le pertenecía y que apenas era un mero transmisor.

 

Justo antes del impacto, le pareció escuchar el eco de una risa, en alguna parte.

 

F I N

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Revista ELFOS