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Pero el día de hoy era distinto. La sensación de que
aún no había concluido su macabro sueño hacía crecer su intranquilidad a cada
instante. Sabía que algo más debía pasar. Tenía la certeza de la sangre en los
ojos, en las manos, en los labios. No podía hacer nada. Había perdido
completamente la concentración. Sólo pensar, encontrar una solución definitiva.
Tenía que salir de esa oficina oscura para encontrarse con la densa oscuridad
de su alma. Sentía que estaba enloqueciendo, que el mundo se iba cerrando a su
paso como una cortina de hierro que jamás volvería a abrirse.
Caminó lentamente hacia la puerta. Sus ojos estaban
desorbitados. Tenía el rostro crispado. Lo invadían las ansias de muerte. Como
antes había deseado inconscientemente la muerte de otros, ahora anhelaba
desesperadamente la suya, como la única forma de expiar sus pecados, de
redimirse frente a sí mismo y acabar de una vez con sus sufrimientos. Llegó al
ascensor y apretó "Azotea". Descendió y fue hacia la cornisa,
sabiendo exactamente lo que iba a hacer. Sus pies se movían directamente hacia
el vacío, sin detenerse un segundo a meditar. La decisión estaba tomada. Sin
darse cuenta, estaba volando. Mientras la calle se acercaba rápidamente, su
mente comenzó a ver las escenas de su último rapto onírico: las ventanas
pasaban como una película, subiendo velozmente; los adoquines grises y húmedos
se hacían más nítidos; los gritos de la gente le recordaron a otros viejos
gritos que no había podido callar; el viento le golpeaba la cara...
Y en ese último instante supo que su
noble gesto era inútil, que también eso había sido previsto. Recordó las
últimas escenas de su postrer sueño, esas mismas que ahora estaba viviendo, y
supo, con implacable certeza, que su inminente muerte no solucionaba nada, que
otros soñarían por él, que la pesadilla no le pertenecía y que apenas era un
mero transmisor.
Justo antes del impacto, le pareció escuchar el eco
de una risa, en alguna parte.
F I N
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