Número IV MMI Septiembre-Octubre

Ninfas y seres de ríos y lagos
La ninfa del río Júcar
La muerte del ruiseñor (Poesía)
Un lugar mágico: Abizanda y el Museo de Creencias

Arboles y bosques mágicos I
El Terror, de Arthur Machen. Impresiones
¡Encuéntralo! Indice de Pergaminos

La angustia del soñador
Por Mariela Tabuchi y Sergio Borao

-- Relatos anteriores --

La Piedra Secreta
Por María J. Gutiérrez

El Pozo de San Lázaro
Por Serenidad

Un viejo esqueleto
Por Flavio G. Tonelli

Una hoja de cuaderno de bitácora
Por José B. Camarero

Cuando Mauro salió de su casa esa mañana, no sospechaba los increíbles acontecimientos ocurridos la noche anterior. Como siempre, cerró la puerta con dos llaves y fue a buscar el auto para ir a la oficina. Tal vez presintió algo diferente, una atmósfera enrarecida, alguna cosa que no estaba en su sitio. Pero, al no descubrir de qué podría tratarse, no le prestó mayor atención. Subió al auto y arrancó.

Algo en el desacostumbrado rugir de su motor le alarmó. ¿Pero qué? No hubiera sido capaz de explicarlo. Anotó mentalmente la posibilidad de llevar el auto al mecánico, mientras cedía el paso a una joven despampanante en un deportivo rojo. Condujo distraídamente por las calles del centro, sin poder concretar esa sensación que le iba creciendo en las entrañas. Cuando por fin llegó frente a la estación y vio el tumulto, casi no necesitó que nadie le dijese lo que había pasado.

Detuvo el coche, descendió y caminó hacia la multitud sin saber muy bien por qué lo hacía. A pesar de estar en el centro, no escuchaba ningún ruido, tan sólo sus ideas, moviéndose como un torbellino en su cerebro. Estaba como sumido en un sueño del que no podía despertar. Ese marco de irrealidad le llenaba el corazón de angustia. Sufría y no entendía demasiado bien el motivo. Los cincuenta metros que lo separaban de la estación (¿o deberé decir de sus presagios?) se le hicieron interminables. Era como si el tiempo no transcurriera, como si el espacio se alargara indefinidamente...

Finalmente, llegó junto a la muchedumbre arracimada, tratando de asomarse por encima del hombro de los otros para vislumbrar el motivo de tanta expectación, mas su poca estatura se manifestó como un grave inconveniente. Por las voces que estallaban y corrían a su alrededor, se enteró de que había ocurrido un accidente (pero eso ya lo sabía desde antes, lo había intuido… ¿cuándo? Todo se le arremolinaba en la cabeza) Otros apuntaban diferentes hipótesis, palabras vacías que pasaban por los oídos de Mauro sin dejar el menor rastro. Algunos, los menos, sólo callaban, espantados.

Misteriosamente, la gente se fue abriendo a su paso. Con una creciente intranquilidad, fue avanzando entre ellos, despacio, como queriendo retardar al máximo el instante de la revelación. Un hombre corpulento, cuyo rostro reflejaba una dolorida sombra de tristeza, se movió un paso. En el hueco resultante, Mauro vio, como en funestas instantáneas, el ir y venir de gentes uniformadas, los rostros asombrados a su alrededor, la ambulancia, el hombre agachado, y la forma inmóvil que se destacaba contra el negro asfalto.

La visión de la mujer lo paralizó. No la conocía. Sin embargo, sabía exactamente lo que iba a sucederle. De pronto, el sueño de la noche anterior se le hizo trágicamente patente. Lo que no pudo recordar al levantarse, aparecía ahora en imágenes espantosamente claras. Esa mujer asomada a la terraza de la estación, mirándolo con ojos desesperados, pidiéndole ayuda con gritos silentes, estirando las manos hacia él... Y él, indiferente, frío, despreocupado, egoísta, negándole su mirada. De pronto, gritos de terror, ella volando en cámara lenta, él contemplándola en silencio sin hacer un solo gesto para alcanzarla... Y sentarse en la cama con esa sensación de angustia, sin poder recordar nada, nadando en un mar de tristeza infinita y de nuevo despertarse como dentro de otro sueño. Y otra vez más, como siempre, el despertador, recordándole que había soñado, pero nada más. Regresar a este lado olfateando la extrañeza del día, pero sin poder decir nada, sin poder hacer nada. Como aquel día en que murió su padre. Verlo allí, pálido, con los ojos abiertos y esa expresión de terror en su cara (Jamás olvidaría la expresión de su cara), tieso, frío. Y él, allí, viendo fotograma por fotograma todo lo que había pasado, todo el sueño que había sido incapaz de recordar. Culpándose por no poder cambiar los hechos a pesar de haberlos visto en su inconsciencia apenas unas horas antes de que ocurrieran.

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Revista ELFOS