Tomás Buenasera pidió cobijo al buen cura, y él se lo dio, y allí se quedó muchos años, trabajando en las labores de la iglesia junto al sacerdote. Si de allí no se marchaba no se enamoraría de ninguna muchacha, y si no se enamoraba no tendría hijos que pagaran su deuda ni su "pecado". Pero muchos años después, cuando de aquel trasgo perverso ya no se acordaba, una noche de tormenta alguien picó a la puerta de la iglesia. Llovía, llovía a cántaros, y al abrir Tomás Buenasera los portones vio a una mujer tapada con una capa que llevaba un bebé entre los brazos. Pidió cobijo y él se lo dio, ofreciéndole que pasara a resguardarse de la lluvia, y cuando estuvieron dentro la dirigió hacia la sacristía y le pidió la pieza de ropa que la cubría. "Quítese esas ropas, mujer, y séquese con estas toallas. Deje a la criatura sobre la mesa mientras se cambia". Pero, ¡Ay! Cuando la mujer se quitó la capa, una monstruosa imagen paró los latidos del corazón de Tomás Buenasera, y la que antes había sido una voz humilde y serena ahora mostraba el diabólico sonido de la voz de un trasgo.
-Gracias por tu acogida -dijo sonriendo maléficamente, y seguidamente se acercó a la mesa donde la criatura reposaba y le quitó las ropas que lo cubrían-. Elo, Elo Fontun, esta vez sí que ha sentido pena. Es todo tuyo.
Y entonces desde la salita donde el sacerdote dormitaba sereno y tranquilo se oyeron unos gritos, y las campanas de la iglesia resonaron solas en son de duelo. La leyenda del trasgo pues, se cobraba otra de sus víctimas, aunque en lugar de una silla roja lo que esta vez dejó fue un candelabro encendido, y la llama de su vela se esparció por todos lados hasta crear un incendio que echó a perder a la única iglesia de Olro y... a sus únicos dos curas.
©2002 Marina Gómez Cañavate