Número VII MMII Marzo-Abril

Xanas, fuentes y filos
La leyenda de Elo Fontun (relato)
Cántiga del Camino (poema)
Gerión y Pirene

Eduardo J. Carletti (entrevista)
Impresiones: Philip K. Dick
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Ixaya
Por Fabiola Alvarez
ayalga@avantel.net


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La Piedra Secreta
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El padre, como jefe de familia, decidió solucionar aquello de una vez y para siempre. Emprendería la búsqueda de ese ser y acabaría con ella, para, de esa forma, poner fin al hechizo que había vuelto loco a su hijo Guillermo. Preparó todo aquello que creyó conveniente para conseguir su fin. Hubo de tener paciencia, ya que su hijo, al estar sobre aviso de su negativa a aceptar la situación, tendría mucho sigilo al salir de casa y adentrarse en el bosque.

Por fin llegó el momento que el padre tanto esperaba. Guillermo salió a encontrarse con Ixaya un atardecer. El padre hizo creer a su hijo que iría a la taberna, pero buscó un escondrijo ideal y esperó a que el muchacho estuviera a la vista. Pasó un largo tiempo, sin embargo, su paciencia se vio recompensada. Siguió a Guillermo entre los árboles a una prudente distancia. En un claro del bosque los vio juntos, quedando atónito ante lo que sus ojos observaban. Ahora comprendía la actitud de su hijo. Aquél ser era en verdad encantador: Larga cabellera, facciones perfectas, una voz dulce y melodiosa. Tuvo que luchar con toda la fuerza de que era capaz para resistirse a caer bajo el mismo hechizo que su primogénito.

Ixaya se sentía incómoda... algo muy dentro de sí le avisaba de un peligro, pero no percibía con exactitud cuál era el origen de esa sensación que no la dejaba en paz. De pronto alcanzó a distinguir algo entre los árboles. Se dio cuenta de que eran observados atentamente. Esa era la causa de su inquietud. Ixaya sabía que este momento llegaría, sin embargo la había tomado desprevenida. La única salida era despedirse de Guillermo para siempre. Los dos mundos eran incompatibles. La xana dio al muchacho un fuerte abrazo y le miró con toda la ternura y el amor que sentía por él, desapareciendo a continuación.

El padre, al volver de su divagación, ya no pudo hacer otra cosa más que permanecer de pie mirando a su hijo que no comprendía cuanto había ocurrido.

-Lo han conseguido -se dijo Guillermo-. Ya no veré más a Ixaya, pero eso no quiere decir que la deje de amar.

Pasaron varios meses e Ixaya dio a luz a un pequeño precioso. Tenía la piel tan blanca como su madre, pero se notaba en él la fuerza de su padre.

-Cómo me gustaría que Guillermo viese a su hijo -pensó la xana. De ese amor, ahora había surgido una vida que llenaba de alegría las horas de Ixaya.

 

©2002 Fabiola Alvarez

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