Mujeres de Abär Por Fabián Alvarez López. 3.
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Mujeres de Abär
Por Fabián Alvarez López
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Làbnë

Làbnë (Zahere äle'Labné, llamada) (3495-3450 Antes de Walä) (05-50 Antiguo Imperio):

Teórica, historiadora, poeta y moralista aanaraä, discípula de Ahman äl'Sadyim. Famosa por su obra moral "Del amor de las mujeres". Nacida en la provincia imperial de Aanar, estudió con el filósofo Ahman äl'Sadyim, quien se encargó de su educación desafiando la prohibición tradicional de enseñar a las mujeres. Nació de esa relación su gran obra, complemento perfecto a "De varones y hembras". Vivió sus últimos días en Arthalia, y dos de sus propias discípulas, Liira y Jebda fäte'Zahere, participaron de forma importante en la constitución de tal ciudad.

Obras: "La estructura social nahilíl", "Del amor de las mujeres", "Bases del gobierno urbano", "Cartas para Gereed".

Làbnë se apartó pensativa del balcón que presidía la sala principal de la casa de su tutor, que dominaba toda la plaza del mercado de Aanareë, y regresó a su escritorio. Había dejado de escribir y sus pensamientos volaban. Todo estaba allí, todo su pensamiento moral estaba dispuesto a ser plasmado en aquellos pergaminos, pero las palabras parecían negarse a brotar de su pluma. Estando fuera su mentor, sólo le quedaba su propio consejo... ¿cómo luchar contra más de 1500 años de prejuicios que llevaban a negar que las mujeres tuvieran sensaciones y emociones propias? Y lo más difícil, ¿cómo conseguir no sólo concienciar a las mujeres, sino lograr que la obra llegara a sus manos?

Eran los tiempos del Antiguo Imperio, los primeros años de un Imperio que tenía sobre sus espaldas todo el peso de la cultura tradicional nahilíl, y sus restricciones contrarias a la mujer. Làbnë había querido siempre saber, siempre había querido conocer, y siempre había encontrado el rechazo. Pero ahora que había hallado protección, que vivía bajo el techo del moralista personal del emperador, quería una oportunidad para ofrecer su saber a las mujeres, para liberarlas de su propia ignorancia. Porque sabía que la única forma de conseguir que las mujeres construyeran una sociedad como la que describía su tutor en su gran obra era educándolas. Pero ¿cómo, cómo, cómo?

Años más tarde, en su lecho de muerte, al contemplar cómo sus ideas habían tomado forma en la ciudad de Arthalia, cómo su obra había inspirado la creación de una cultura que llegaría a ser tan poderosa cómo la inmortal Aanareë, Làbnë recordaría con nostalgia cómo Gereed, su compañera, su yávena, había entrado en la sala en aquel momento.

Gereed no pensaba en la filosofía, ni en la moral; disfrutaba de su condición, fronteriza con la ilegalidad... aún faltaban varios años para que la versión femenina de la moral sadyimë se instalara en el imperio... las mujeres no tenían derecho al placer, y el amor físico entre mujeres era el peor crimen imaginable... en aquellos momentos, en la corte, Ahman trataba de convencer al emperador, con suaves palabras, de lo ciertas que eran sus ideas, de cómo por naturaleza lo semejante busca lo semejante, y cómo es bueno que el varón busque el lecho del varón, y la mujer, el de la mujer.

Làbnë sabía en su corazón que Gereed se iría, que no podría soportar la tensión de su relación, pero la amaba tanto que se resistía a dejarla marchar... cuando ella entró en la sala, Làbnë se le acercó, la tomó de la mano, le acarició la barbilla y le dio un largo, dulce beso. Años más tarde, le escribió largas y tiernas cartas que no le envió nunca, y una recopilación de esas cartas sería la única de sus obras poéticas que sobreviviría al paso del tiempo.

Su maestro había depositado sobre sus hombros la responsabilidad de dar a las mujeres lo que él había dado a los hombres; la responsabilidad de decirles "Es bueno y justo que la mujer busque el lecho de la mujer"; la responsabilidad de que recibieran el mensaje y lo aceptaran...

Cuando, como ahora, Làbnë besaba los pechos, las manos, los labios de Gereed, ella sabía que podía lograrlo, que su mano no temblaría, que su pensamiento no sería torpe al plasmar palabras en pergamino... "... y no se avergonzará la mujer por admirar a otra en los baños, al contrario, disfrutará de la belleza ajena como espejo de la propia..."

Gereed hablaba con palabras claras, y su dulzura era como la de un amanecer sobre un campo cubierto de rocío. Amaba a Làbnë, y no se preocupaba de si lo que hacían era bueno o malo, simplemente la amaba y no se hacía preguntas... cuando tomó a su amada de la mano y la llevó hacia el lecho, Làbnë recogió los pergaminos y la pluma, y se los llevó consigo.

Rodaron por el suelo como niñas jugando, se hablaron en voz baja mientras bebían la una de la otra, se abrazaron, contemplaron la noche desde el lecho, y como una a una las estrellas adornaban el tapiz del cielo... mientras Ahman compartía el lecho del emperador, Làbnë amaba a Gereed, y su pluma ya no era torpe, su pensamiento no dudaba...

Làbnë murió en Arthalia, con la única compañía de sus dos discípulas, convertidas la una en Dama-Reina, la otra en sacerdotisa de Artha. Murió con la satisfacción del deber cumplido, con el recuerdo de la muerte de su maestro, que le había dicho, sonriendo beatíficamente mientras su alma partía: "Zahere, eres la única mujer a la que hubiera podido amar verdaderamente, porque en verdad, eres como yo".

Algunos dicen que Gereed, la bella, la hermosa Gereed, no era otra que la propia diosa Artha, que había descendido a Eört para dictar sus enseñanzas a una mortal. Dicen que por eso desapareció después de que la moral sadyimë se instalara en todo el imperio, y que cuando Làbnë murió, bajó en persona a llevarse su espíritu a Ödel, la Morada de los Dioses...

Ante la Gran Biblioteca de Arthalia hay una estatua suya, como siempre se la imaginan las mujeres: erguida, con expresión pensativa pero firme, con el largo cabello al viento, y en las manos, una pluma y un fajo de pergaminos... y grabado en el mármol, el nombre que siempre usó para sí misma: LÀBNË.

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