Luego escribí algunos cuentos sueltos, y en 1971 inicié
una ambiciosa novela que se llamaba Proceso de curación y
para la que hice una expedición a diferentes sitios: Retascón,
Cerveruela, Vistabella, Aladrén y Paniza, por una carretera tan
estrecha que mi coche a punto estuvo de salirse en varias ocasiones. Luego
fui a la Sierra de Algairen, para documentarme en escenarios naturales para
la novela, y fue el lugar elegido por fin. Y cometí dos pecados que
fueron los que impidieron que se terminase. El primero es que quise
aprovechar todas, absolutamente todas las notas que había tomado
para documentar la novela. Supongamos que para escribir una novela tomo
doscientos cincuenta apuntes sobre escenas y otros tantos sobre
personajes. Y la obra se desbordó. Aprendí la lección:
no se puede utilizar todo lo que tengas programado, hay que establecer un
sistema de selección. Y el segundo error fue el siguiente: a mi
amigo Javier Guajardo le hice escuchar parte de la novela antes de
terminarla por completo. Y entonces me sucedió que ya no la pude
continuar, no pude seguir. Desde entonces se me quedó una especie
de superstición en mi corazón, y nunca digo nada de lo que
estoy escribiendo. Cada vez que he hablado, explicado o leído algo
de lo que preparaba, o digo siquiera el título, malo, se me va a
gafar, no la termino, se ha ido al foso.
En 1976 escribí una novela con todo lo que quería y me
apetecía, porque pensaba que nadie me la iba a publicar y así,
por lo menos me divertiría. Saqué incluso algún
personaje de la desguazada Proceso de curación, un
personaje que luego ha tenido mucha aceptación: un buhonero con un
carromato extraño, mezcla de bicicleta y máquina de vapor, y
que se llamaba Serapio Marcilla, alias El Manchurri. El título que
recibió inicialmente fue El visitante de las estrellas.
Llamé a Acervo y me atreví a decirles que no habían
publicado nada de autores españoles. Aceptaron leer mi novela. Su
lector era Domingo Santos, Pedro Domingo Mutiñó, del cual he
terminado siendo un gran amigo. Hablé con él. Me recomendó
que cambiase un capítulo, reconocí que tenía razón
y lo hice. Me dijo que el título era un mal título y que había
que buscarle otro. No se me ocurría ninguno ni a mí ni a mis
amigos, hasta que él mismo eligió Viaje a un planeta Wu
Wei. El Wu Wei es un principio chino de serenidad, de estabilidad, que
constituye una base importante de la novela. Entonces no me daba cuenta de
lo que había escrito pero luego, según he podido comprobar,
tuvo una gran influencia en la Ciencia Ficción española. (Ver citas)
En 1977 comienzo a escribir Mano de Galaxia, obra de envergadura
que de momento no es publicada por ningún editor. En 1978, me
despierto un día después de soñar con extraños
carromatos que circulan por carreteras, tripulados por caballeros
medievales, armados con lanzas y con cascos, con coselete y rodilleras de
acero... soñé esta historia casi completa. Luego me documenté
sobre heráldica y armaduras... En una semana tengo escrita la
novela: El señor de la rueda. Casualmente, Domingo Santos
me llama para anunciarme que se ha creado una nueva editorial de Ciencia
Ficción, Albia Ficción, dependiente de Espasa Calpe, en
Madrid, y me pide si tengo algo. Le mando El señor de la rueda,
se publica y parece que se ha convertido en obra de culto.
Por aquel entonces necesitaba para un cuento desacreditar a algún
personaje histórico reconocido, por necesidades del guión,
hablé con Castillo Genzor, académico de derecho nobiliario,
y me facilitó una serie de informaciones sobre Cisneros,
desvirtuando la noción histórica que se tiene del personaje.
Escribí La última lección sobre Cisneros, en
donde una maestra que vive en un lugar paradisíaco de donde se
obtienen materias primas para una España empobrecida,da unas
lecciones sobre Cisneros diciendo la verdad sobre él y no lo que
comúnmente se cree, y entonces la administración anula ese
lugar paradisíaco y se lleva a toda la gente que lo poblaba, trayéndolo
de vuelta a través del tiempo al Madrid empobrecido del futuro.