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Entre varios amigos; dos buzos, dos periodista y un baqueano conocedor de los esteros y de los mil caminos del humedal, nos internamos en el Iberá tras la leyenda de las carretas. La época era propicia. Agosto lucía los ultimos frios y los lapachos de las isletas estaban en flor. La canoa lagunera nos transportaba por un sendero de agua, impulsado por el botador que daba un lento y suave empuje en el oculto camino de las corrientes de agua de la laguna. A unas tres horas de marcha, hicimos un alto. En el pajonal orillero, huellas de ciervos y en la arena pisadas de carpinchos. Disimulados en el espeso camalotal enormes bocas de yacarés negros. Cardenales, tordos y calandrias en el ramaje bajo de los yuquerizales. Patos suiriri y crestudos, garzas blancas o rosadas, caranchos, gallitos, chajás y cigueñas rivalizan en el atardecer. Buscamos un lugar alto para acampar acompañados por el griterio de monos carayá. Elegimos el lugar para el campamento, desembarcamos, hicimos fuego y armamos las carpas. Una olla negra sirvió para el guiso de fideos mientras desgranabamos historias laguneras haciendo proyectos para el nuevo día. La noche, avanzando, se inundó con las voces del bicherio. Asombrados por la naturaleza vírgen del Iberá , en el primer día de aventura exploradora, nos dejamos atrapar por sensaciones y las voces nuevas. Apenas había cerrado los ojos cuando lo ví. Chiripá, camisa blanca y chaleco español, lanza en mano, montando un tostado en pelo. Con un grito estremecedor avanzó sobre el campamento. Atrás, otros jinetes hacian con la boca y la mano, un sonido aterrador metiendo miedo. Intenté despertar a mis compañeros y los ví con el miedo en los ojos y en la piel. Trataba de desentrañar lo desconocido. La adrenalina se derramaba a raudales en la sangre. Me erguí en la bolsa de dormir y lo ví en plenitud, con su rostro sin tiempo y su risa infernal. Pequeño,cobrizo, pelo negro y lacio, lampiño, con rostro picado por viruelas, pintado con rayas negras y rojas, mirando desde la espesura , saltando sobre pies descalzos en insólito ritual al que otras figuras ayudaban con sus gritos. Algo, desconocido me apretaba el cuello. Quise gritar y no pude . Traté moverme y las piernas no respondieron. El corazón latía apresurado y los esfinteres dejaban escapar mis verguenzas. Sobre las aguas negras de la laguna, emergiendo de la espesa neblina varias embarcaciones tripuladas por seres horribles, pintarrajeados, con todo tipo de armas en la mano avanzaban hacia nosotros. Intenté alcanzar la escopeta pero un dolor tremendo en el brazo izquierdo que nacía en los dedos, me dejó inmóvil. El corazón latía más rápido y con más fuerza. Después, después no recuerdo nada más. Asustado, empapado en sudor y orin, abrí los ojos cuando el tremendo bramido de un ciervo me trajo a la vida. El sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte en un cielo cubierto de nubes que lucian en ese amanecer todas las variedades del rojo como reflejando los colores del infierno. Miré mi desastrosa figura y busqué a mis compañeros de aventura. Estaban en sus bolsas de dormir. El fuego apagado y las provistas, enseres y equipos desparramados en el suelo arenoso sembrado de centenares de huellas de todo tipo y tamaños. Me quité la ropa y en el agua transparente de la laguna, me bañé, lavé las prendas y la bolsa de dormir. Luego puse todo a secar al sol. Desperté a mis compañeros de aventura y les comenté lo sucedido o el sueño. Todos habíamos tenido las mismas o parecidas sensaciones. Eduardo recordó una leyenda del sur chileno, del archipielago Chiloé, con la barca de los diablos, la "caleuche". Fernando al mitológico "pombero" o el duende de la región. Recordé, historias de fantasmas, aparecidos y de luces en las ruinas jesuiticas. Alejandro José, incrédulo, los fantasmas creados por centenares de luciernagas y por los fuego fatuos de materia orgánica en descomposición. Esa mañana, los dos buzos encontraron una construcción de piedras, sumergida a casi diez metros, en un lagunón de aguas limpias y transparentes. En el barro espeso de un tajamar, un ser, un pez con esbozos de manos y pies en lugar de aletas, y branquias y pulmones para respirar. Había no uno, sinó muchos celacantos, especie prehistórica, que según los libros y las búsquedas en internet había desaparecido hacía siglos. Entre las curiosidades y las sorpresas del Iberá, tras cenar un guiso de fideos, agotados, esa noche fuimos a dormir bajo un cielo estrellado. Cerca de la medianoche desperté con la tormenta. Truenos y fogonazos de rayos daban al estero la imagen de fuegos de artificio y de juegos de luces y sombras. El bicherio del Iberá nos envolvía con un ensordecedor griterio y las aguas ayer quietas de la laguna de la Luna se elevaban en inmensas olas de casi dos metros. Las ráfagas violentas y los inesperados remolinos del viento nos mantuvieron alertas tratando de proteger de la furia desatada, carpas y equipos. Al amanecer todo había concluido. Retornaba la tranquilidad, con el sol alto y un cielo limpio. Decidimos reunir las pertenencias y dejar el intento de ubicar las carretas con el oro y las ruinas de la ciudad sumergida del Iberá. Dejar que todo siga en el camino de la leyenda y el misterio. Atrás quedaban dos noches de miedo o terror en los esteros del Iberá. Ahora conociamos que eran ciertas las historia de imaguaré, del tiempo de antes, sobre los celosos guardianes del Iberá, sus tormentas y sus misterios, las leyendas de las carretas del oro y la ciudad perdida, de su habitantes reales o sus fantasmas, narradas por hombres y mujeres de dulce hablar guaraní, mano abierta y generosa, diestros en el cuchillo y atrapantes relatores de "sucedidos". Cuando llegabamos en la canoa lagunera a Pueblo Pellegrini, fui pensando en la veracidad de la leyenda. Si lo ocurrido no era nada más que la imaginación de aventureros. A medida que el bote se deslizaba en las tranquilas aguas apretaba con más fuerza el crucifijo de plata que siempre llevo en el bolsillo del camperon de duvet.
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