La iglesia de Santa Lucía está en el límite de la gran laguna. Es pequeña, de arquitectura colonial española, una sola torre, techo de tejas, tres naves, atrio, coro con un organo de tubos y altar de madera tallada por los indios. Los años y los cambios sellevaron las misas cantadas y las grandes ceremonias donde la música gregoriana llenaba el templo. Ahora, a veces, el anciano parroco ejecuta algúnos temas religisos en el ruinoso órgano que dicen era de la iglesia jesuitica de La Cruz, rescatado de la voracidad del Mariscal Chagas. Allí siempre juegan algunos chicos, gurises traviesos, monaguillos, que suelen treparse, jugando a las escondidas, hasta la hornacina de la Virgen de Itati, la patrona de los fieles correntinos y de los creyentes de la región. Uno de ellos cayó desde lo alto y al hacerlo, el peso del pequeño rompió el piso de madera poniendo al descubierto un oscuro sotano, adonde se precipitó al caer, la estatua cuzqueña de Ignacio de Loyola. Cuando vecinos asombrados y el viejo párroco, rescataron al niño del cerrado recinto, a la luz de la linterna apareció un cajón de madera gruesa y casi podrida, que al romperse dejó en el suelo monedas de plata y oro, argentinas, brasileñas, del 1800, doblones, algunas peluconas, libras esterlinas, sables misioneros con la marca jesuítica de la Misión de Santa Ana, patenas y copones envueltos en ropa de culto, y un libro de misa en guaraní impreso en la reducción de Santa María en 1640 Todo sirvió para que los ojos de muchos volviesen hacia la antigua iglesia del camino viejo al Iberá. Con el "entierro" llegó pintura, materiales de construcción, tejas, una camioneta, restauradores y algunos historiadores para "conocer algo más del "tesoro de Santa Lucía". La vieja iglesia hoy luce como nueva. Los iberaceños, concepcioneros, sanroqueños o mercedeños dicen, hablando en voz baja, que lo hallado en Santa Lucía no es otra cosa que parte del tesoro de las reducciones. Durante la guerra grande, la guerra de la Triple Alianza que enluto el suelo guaraní, los entierros –dicen- se hicieron en vasijas de barro cocido. "Esto es el oro de las carretas de Chacurí y Ñungay, los capitanes de Andresito, allá por abril o mayo de 1818".
Mientras regresamos de la laguna, la leyenda y la historia nos soprenden con el Cristo de madera tallado por aborígenes de las reducciones y hallado en una fosa del cementerio en el camino olvidado de La Cruz a Santo Tom; y el cofre sellado con los restos - dicen - de San Juan del Castillo, uno de los tres santos mártires de Caaró hallado por obreros de una construcción o los misteriosos túneles bajo el río Uruguay, utilizados años atrás, alla por el 40 por revolucionarios tanto del Brasil como por argentinos. Todas esas son otras historias, o sueños de aventureros modernos, alentados por , ¿a cuanto se cotizarán las monedas antiguas y el oro?. Como a usted, me queda un sabor agridulce en la boca, y quisiera regresar para encontrar no una moneda de oro o plata, sino a las dos carretas del Iberá.
El sol, enorme disco rojo, se recuesta sobre la laguna, en el mas grande humedal de la cuenca del Plata, en Corrientes. Un paisaje de leyenda y misterio, que atrapa, que está embrujado, que tiene "payé".
En Trincheras de San José, al regreso del Iberá, una tarde cualquiera de éste nuevo siglo, jugando con un oxidado y antiguo candado de un enigmático arcón.
© 2003 Alejandro Guerrero