Se le cansaba la garganta. La señora Hidalgo calló un momento, mientras los niños esperaban que siguiese hablando. En la lejanía, las meganeuras, hartas, levantaban el vuelo. En otro momento, los niños hubieran tomado con gusto sus escopetas de aire comprimido y se hubieran dedicado a hacer una cacería de aquellos insectos. Ahora no les interesaba esto.
¡Qué sorpresa había producido en el presente el hecho de que los amonites se dieran también en los lagos! Siempre se había creído que eran un cefalópodo exclusivamente marino, como los trilobites. De estos últimos aún se encontraba algún raro ejemplar, de retorcido caparazón, cubierto de púas. Pero eran muy escasos; tendían ya a la desaparición. Sí; había habido que revisar profundamente los conocimientos de la prehistoria y del mundo pasado...
El oxígeno entraba a chorros en los pulmones de la anciana. Recordaba ya apenas aquellos días, veintiséis años atrás, en que Pedro Hidalgo, su marido, obtuviera una plaza entre los colonos que habían de ocupar Nueva España 3. Conservaba un borroso recuerdo de un Madrid asfixiante, sobrecargado de gente, lleno de humos y de polvo, con masas de personas moviéndose en los dos o tres niveles de las calles, vehículos quemando alcohol, o una más cara mezcla de alcohol y gasolina, y llenando el aire espeso de miasmas...
-Cuando llegamos aquí estaba todo por hacer, niños. Las cinco primeras Nuevas Españas se establecieron a la vez... Salíamos de una llanura desierta situada al sur de Madrid…
-¿No estamos en Madrid ahora, señorita?
-Bueno, Nelly; en cierto sentido sí. Todas las estaciones están situadas en el mismo sitio en que está Madrid en el Presente; o sea, en el mismo sitio en que están las Cúpulas... Hay una pequeña diferencia entre la Cúpula del 1 y la del 2, y así sucesivamente, porque no pueden estar todas juntas en el mismo sitio... pero nuestro poblado está en el mismo sitio que Madrid. Os decía que salimos de allí... y llegamos a este lugar. Todos habéis visto el mapa en la pared de la escuela; esto no se parece en nada a la Europa del Presente...
La inmensa mayoría de aquellos niños no conocían el Presente más que por referencias; sólo dos o tres de ellos habían estado allí. En cuanto a ella misma, si bien antes de que Pedro muriera había vuelto un par de veces, después de que los campos sufrieran la invasión de aquellos odiosos reptiles, los licenops, y Pedro perdiese la vida luchando contra ellos, no había querido regresar jamás.
-Ya sabéis que la tierra en que estamos ocupa toda España, Portugal, parte del Atlántico y del Mediterráneo, y que sigue hacia abajo, uniéndose con Africa. El Atlántico sigue llamándose Atlántico, pero el Mediterráneo no. ¿Cómo se llama, García Berry?
-Tethys, señorita... limita al norte con la plataforma rusa; al sur con Africa; al este con el Escudo Indico...
-Bueno; vale, vale.
Para los pequeños era un problema el tener que aprenderse dos geografías. Pero tenían preferencia como hijos de colonos para continuar allí, y prácticamente todos querían aprovechar esa oportunidad.
-Encontramos esta llanura inmensa; al Norte, donde estarán Alemania e Inglaterra, están los desiertos y los volcanes, y el gran Lago Crouceraniano... y aquí estamos ahora.
Hubo un momento de silencio, mientras todos sus alumnos la miraban intensamente. Por fin, el mismo que lo hiciera antes, el hijo del Guardabosque, rompió ese mutismo.
-Pero, ¿por qué tenemos que irnos? ¿P6r qué tenemos que volver al Presente?
-No lo sé, niños -dijo la señora Hidalgo, muy despacio-. Verdaderamente no lo sé. Dicen que ha habido un error al situar Nueva España 3, y que hay que rectificar todo. Pero creedme, no lo sé muy bien. Y ahora, hacedme caso. Volved todos a vuestras casas, y esperad allí. Todo se arreglará, ya veréis...
-Mi padre dice -aseguró Juan Clemente- que, si intentan echarnos de aquí, habrá tiros.
-Volved a casa -contestó la anciana-. Y dejad eso para los mayores...
Mientras los niños, calladamente, entraban en la escuela para recoger sus libros, la señora Hidalgo comenzó a descender los rústicos escalones de dura roca negra que bajaban hasta la Cúpula y los hombres agrupados a su alrededor. Licopodios y equisetos, de un verde intenso, y grupos de gingkos enanos, de no más de un metro de altura, predecesores de los grandes pinos del Presente, adornaban los lados de la escalera. Grupos de insectos macizos, con tamaños desde un centímetro hasta un palmo, zumbaban por todas partes, con un brillo leñoso en sus caparazones de quitina, y con grandes alas llenas de nervaduras. Ninguno tenía aguijón, ya que todos ellos tenían boca y dientes, como las personas. Un mordisco de un insecto podía ser molesto, e incluso producir una abundante hemorragia, pero nada más.