El grifo es otro motivo situado justamente en el umbral de la capilla Lasala, exactamente en los paneles interiores de los basamentos del portal, como corresponde a su función clásica de guardián de los sepulcros. Es en sí mismo una clara exposición de lo híbrido, de lo metamórfico, ya que se trata de un animal mitológico compuesto de cuerpo de león y cabeza de águila. Se le representa con poderosas garras y muchas veces, como ésta de la que hablamos, puntiagudas orejas. Desde su origen, que se halla en las antiguas civilizaciones asiáticas (Babilonia, Asiria, Persia), es utilizado para los monumentos funerarios, ligado a un simbolismo oscuro, asociado a los infiernos. Sin embargo en Grecia, donde aparece consagrado al dios Apolo, se le entiende mejor como vigilante de los caminos de salvación. En la mitología cristiana, Dante lo presenta como emblema de Cristo, ya que el grifo tiene una doble naturaleza; la terrestre por su parte de león y la celeste, por su parte de águila. Exactamente las materias iniciales del proceso alquímico, una fija y otra volátil: la alquimia medieval adoptó al grifo como emblema del "hermafrodita químico", el azufre y el mercurio.
Águilas sobre guirnaldas que sostienen niños desnudos, - putti - forman sendas hermosísimas composiciones que destacan sobre los frentes de los basamentos. Es una fórmula proveniente de los monumentos funerarios romanos, y aquí en Jaca constituyen un indudable morfema identificativo de la naturaleza sepulcral de la capilla Lasala. Este sentido funerario deriva del simbolismo antiguo de los amorcillos con guirnaldas (fama, gloria, preservación de la memoria, inmortalidad), y del águila como vehículo de renovación: se creía que al envejecer volaba hacia el sol en el que quemaba sus alas, reintegrándose al fuego y al oro. Es de nuevo un proceso trasladado por la alquimia a sus fases de "disolución" (o muerte), en la que el oro se desprende de toda la materia vil, y "coagulación" (o resurrección), cuando el oro se reintegra a su pureza primaria. Como un trasunto de la resurrección entiende la iconografía cristiana durante la Edad Media al águila, el ave que conduce al alma hasta el lugar de la resurreción. "In deo laetandum" (Gozando en Dios) es la divisa del emblema IV de Andrea Alciato, para cuya ilustración se recurrió a la figura de Ganímedes raptado hacia las alturas por el águila zeusina.
En casi todas las culturas el águila representa a divinidades solares. Significa la sabiduría de Yahvé en la religión judía. En Grecia es el ave asociada a Zeus y el símbolo de la inmortalidad, en cuanto pájaro acompañante de Ganímedes, copero de Zeus que sirve las bebidas que pueden conceder la inmortalidad de los dioses a los hombres. En Egipto es imagen de la luz, de lo diurno, del hálito vital: es la letra "a" en los jeroglíficos.
Frente a esta concepción mística de la simbología del águila, hemos de recordar igualmente que es también representación de la fuerza, del poder, vencedora de la serpiente en la mitología hindú donde se la identifica como Garuda. En Roma figura en los estandartes del Imperio, así como en las monedas. Más cercano a nuestra historia conviene tener presente que fue distintivo heráldico de los Reyes Católicos y de la Casa de Austria, entre otras casas reales europeas.