Don Jaime fué, según lo retrata Desclot, que lo conoció, un palmo más alto que el hombre más
alto de su tiempo, rubio de pelo, blanco de cutis, de ojos negros, grueso a proporción de su
altura, derecho y gallardo: era un hombre guapo y sabía que lo era.
Fué muy mujeriego; los cronistas lo excusan diciendo que más que solicitar él, era solicitado.
Casó tres veces o tuvo tres mujeres legítimas: doña Leonor de Castilla, doña Violante de
Hungría y doña Teresa Gil de Vidaurre. Con la primera contrajo matrimonio muy joven, casi en la
pubertad, a los trece años, y tuvo con ella un hijo llamado Alfonso; pero hastiado muy pronto la
repudió alegando parentesco; volvió a contraer matrimonio con doña Violante de Hungría, con la que
tuvo tres hijos y tres hijas, y muerta esta señora solicitó de amores a una dama principal
aragonesa llamada doña Teresa Gil de Vidaurre, la cual no accedió a sus deseos si no se legitimaba
la unión por el sacramento ante la Santa Madre Iglesia, y don Jaime casó con ella en secreto.
Atacada de lepra esta señora, quiso separarse de su mujer y volver a casar, pero doña Teresa
recurrió a Roma probando ser mujer legítima, ocurriendo entonces el caso de cortar el rey la
lengua al obispo de Gerona, Berenguer de Castellbisbal, que dícese violó el secreto de confesión
afirmando la legitimidad del matrimonio, por habérselo confesado el propio rey. Este hecho parece
del todo cierto: Zurita lo consignó en la primera edición de sus Anales, la impresa en 1562 por
Pedro Bernuz, sucesor de Jorge Cocci, que es rarísima, si bien lo suprimió en la de Portonariis, o
segunda (1579); el barón de Tourtoulon, en su obra Jacques I le Conquerant, lo admite.
De estas tres esposas, la primera fué una santa mujer que al ser abandonada en 1229 se retiró a
un convento; la segunda dominó por completo al rey y fué madrastra del primogénito Alfonso y
madraza de sus hijos, siendo causa de grandes y largos trastornos; la tercera cumplió su papel de
reina secreta.
En sus últimos años tuvo por amiga a doña Berenguela Alfonso, de la familia real castellana,
rama de don Alfonso el de Molina, de la que salió la mujer de Sancho IV.
Hombre de poca intensidad de afectos fué mal marido de sus mujeres y mal padre de sus hijos: al
primogénito, al nacido de doña Leonor de Castilla, lo persiguió sañudamente, estimulado por doña
Violante, que quería favorecer a sus hijos en perjuicio del de la castellana; consintió que Pedro,
el mayor de los de la hungara, matara en el Cinca a su hermano bastardo Pedro Sánchez, y según
la Crónica que corre bajo su nombre, se alegró de la muerte; en sus últimos años fué
desobedecido por el que había de sucederle en el trono.
Vivió en lucha constante con sus súbditos por su imperialismo nacido de su vanidad.
A ésta sacrificó los intereses de la nación.
Fué un hombre sin cultura; se conservan de su tiempo millares de documentos originales y ni
uno solo signado de su mano, ni uno con probabilidad autógrafo.
Y sin embargo, gran parte de la fama de que goza proviene de creerle autor de una historia de su
reinado, llena de anécdotas en las que habla el propio rey. Tal crónica no era suya, y muy
vesosímilmente es traducción al catalán de una historia latina escrita por un dominico por
encargo del propio rey.
Don Jaime careció de sentido político; tuvo una mezquina visión de la monarquía, no la vió
entera y una como sus antepasados y, después de él, su hijo; es el hombre de los límites y de las
recortaduras.
No fué militar precavido : al emprender sus conquistas desconocía las fuerzas de los enemigos,
y las campañas le resultaron bien no por él, sino por la debilidad de aquellos a quienes combatía.
La causa de todos estos defectos es, en primer lugar, su carácter ligero, débil con los fuertes,
fuerte con los débiles, altanero y convencido de su valer. Pero influyó mucho en exagerar este
carácter su educación.
El pobre don Jaime fué separado de su madre muy niño y entregado a Simón de Montfort, que lo puso
en Carcasona en manos mercenarias; a los seis años, y por reclamarlo los aragoneses al Papa, lo
entregó el vencedor de Muret al cardenal legado que lo trajó a Lérida, donde juraron tenerlo por
su rey y señor catalanes y aragoneses reunidos en asamblea; para tenerlo bajo custodia segura,
encomendáronlo a Guillermo de Mondredón, Maestre de los Templarios, que lo encerró en el castillo
de Monzón y aquí pasó el resto de su niñez; pudo salir
de su verdadero encierro favorecido por algunos caballeros de Aragón y se refugió en Huesca;
tenía diez años, pues ocurría esto en 1216. A partir de este momento no tubo vagar suficiente para
instruirse ni en la lectura y escritura ni en otra clase de saber más elevado; por otra parte se
acostumbró a mandar y a ser obedecido y a obligar a que le obedeciesen. El acatamiento de los
humildes, sus fáciles triunfos, corroboraron la obra de la naturaleza.
Los primeros años del reinado
Era natural que en una época de tan ferviente monarquismo, ocurrida la catástrofe de Muret,
alzáranse personas con el poder para mantener los pueblos en paz y en justicia: una fué don Sancho,
conde de Rosellón, hermano de Alfonso II, el abuelo de don Jaime, y la otra don Fernando, abad de
Montearagón, hermano de don Pedro. Los dos alegaban derechos a la regencia y mediante ésta a la
Corona, dado el caso posible de la muerte del niño hijo de don Pedro. Pero nadie puso en duda el
derecho de éste y menos los aragoneses, que mostraron el mayor interés en que Simón de Montfort
entregara el rey, para lo cual enviaron embajada al Papa y se juramentaron para desafiar al vencedor
de Muret si se resistía a su demanda.
Don Jaime se confió desde su salida de Monzón a una especie de consejo de nobles, forma de
gobierno muy especial, pues el rey era menor, y sin embargo no existían regentes. Con esto se
pretendió acallar ambiciones y se acallaron las de los más poderosos, pero se excitaron las de
los menos y las de aquellos que se creían perseguidos por los del bando que gobernaba en nombre
del rey.
Toda la tierra fué un hervidero de parcialidades y campo de guerras privadas; al llegar el
año 1228 pensó don Jaime, excitado por el relato de las riquezas de las Baleares, en la conquista
de estas islas.
Adquisiciones territoriales a expensas de los moros
Don Jaime convocó a algunos barones y prelados de la región marítima de sus dominios, antiguo
condado de Barcelona y sus anejos, porque Cataluña no existía aún con límites fijos, en la ciudad
de Barcelona, para tratar de la empresa de la conquista de las islas mencionadas. Particularmente
asistieron a la reunión nobles aragoneses. Allí se acordó la expedición, y reunida la escuadra en
Salou hízose a la vela, desembarco en Mallorca y la isla fué ganada.
Este triunfo, de gran resonancia en la Cristiandad, debió animar al rey a continuar su labor
conquistadora, mas no fué así; contentose con someter Ibiza y hacer su tributario al de Menorca.
Cuatro años después, obtenidos los beneficios de cruzada que se predicó en Monzón, emprendió
la conquista del Reino de Valencia. La situación de este reino en lo militar no podía ser más
favorable a los designios del rey aragonés. Si Alfonso I lo había recorrido en plena dominación
almorávide y antes el Cid se había establecido en la ciudad y después Alfonso II desde Cuenca
había entrado en su territorio, atravesándolo de Sur a Norte antes de sufrir el poder almohade
el terrible desastre de las Navas de Tolosa ¿que potencia podía tener ahora en que a las causas
generales de debilidad de los musulmanes de España se unía la de las guerras civiles que asolaban
aquel reino?
Don Jaime desconocía esta situación y la creía mucho más fuerte y difícil; por esta creencia
hizo donación a los ricos-hombres de cuantas villas ganasen con sus mesnadas, y he aquí que don
Blasco de Alagón con los suyos tomó a Morella, plaza fortísima, la cual, según el decreto del rey,
era de su conquistador.
Don Jaime se desdijo por ser villa tan importante, y por este hecho cambió de táctica si tenía
otra o adoptó la de don Blasco de sitiar villas, poniendo cerco a Burriana, que los valencianos
habían tenido tiempo de fortificar y abastecer.
Más de dos meses duró la operación que fué durísima, y tan quebrantado quedó el ejército
cristiano, que hubo de retirarlo don Jaime a Tortosa para rehacerlo.
Esta experiencia le enseño que Valencia y su reino habían de ganarse con distinta estrategia, y
durante cuatro años dejó que sus fuerzas fronterizas y algunas que él acaudillaba fuesen talando y
tomando fortalezas menudas, estrechando así el cerco del territorio de la capital.
Dos años duró el sitio de Valencia, mejor dicho, la campaña que dió por resultado la rendición
de la ciudad, 9 de octubre de 1238, prueba inequívoca y bien cierta de que por guerra de sitios no
era fácil tomarla.
Don Jaime, como San Fernando, recogió los frutos de la batalla de las Navas de Tolosa; su grandeza
no nace de ellos mismos, de sus cualidades propias, sino de las circunstancias del tiempo; aquella
batalla afirmó la supremacía del poder cristiano en la Península; las tierras bajas del pie de las
mesetas castellana y turolense estaban condenadas a ser presa de los habitantes de éstas y se cumplio
la condena; su mérito consiste en haber comprendido que el tiempo era llegado.
El tratado de Almizra
El recuerdo de la tradición ibérica, que más que recuerdo era imposición geográfica, un mandato
ineludible de la tierra, llevó a casi juntarse los ejércitos de don Jaime, cuando éste andaba en
las cercanias de Játiba con los del entonces príncipe de Castilla, más tarde Alfonso el Sabio;
cuando los dos estaban en punto de darse batalla, mediaron hombres de prudencia y se evitó el
encuentro; pero se pactó un tratado de límites que marcó el fin de la expansión aragonesa, el
cual por haberse firmado en Almizra, es llamado comúnmente con este nombre.
Por él quedo Murcia excluida de la conquista de Aragón y el territorio valencianao terminado
en la división de los ríos Júcar y Segura.
¿Acerto don Jaime o cometió un nuevo error? Fué un error, cuyas consecuencias no le son tan
imputables como al príncipe castellano; la Reconquista era obra nacional, de todos los españoles
y no de una región española; alejar de esa empresa a Portugal y Aragón era excluirlos de la
nacionalidad, y condenarse Castilla a sacrificios mucho mayores que yendo del brazo con sus
connacionales. La historia había demostrado que sin la cooperación de todos, el poder musulmán era
superior al de cada uno de los cristianos; la historia demostró que esa cooperación era necesaria.
Castilla, tierra interior, sin comunicación facíl con el mundo, rodeada de tierras periféricas
bajas y marítimas, podía asumir la dirección de un negocio interior, como el de recuperar el
territorio de la Península; era su deber unir y fundir esas regiones separadas entre sí y
limítrofes de ella en un ideal común, para que el ideal destruyera la tendencia a la disgregación
que la estructura terrestre de la Península inspira a sus habitantes, y la política de Alfonso el
Sabio fué no atraer por el ideal sino hechar fuera del ideal.
Fiel al tratado de Almizra, don Jaime ayudó a la conquista de Murcia sin reportar ningún beneficio.
La cruzada de Tierra Santa
Relacionado con las conquistas de tierras musulmanas está un hecho sin ninguna trascendencia,
pero que pinta al hombre. Solicitado por el Khan de los tártaros y por el emperador de
Constantinopla para luchar con ellos contra los turcos, accedió y preparó una escuadra con la
cual emprendió el viaje en septiembre de 1269, pero antes de perder de vista las costas de
Cataluña y del Mediodía de Francia tomó tierra, pretextando que le obligaba una tempestad; en
su reino y en otros corrió la fama de que la verdadera cusa de su arribo no fué la dicha,
sino el no querer separarse de doña Berenguela Alfonso; la suposición tiene grandes visos de
fundamento, pues con esa señora se vió apenas tomó tierra, y lo de la tempestad lo tiene de
ser invención de la crónica que corre bajo su nombre, pues muchas naves llegaron a su destino.
El tratado de Corbeil
Don Jaime no hizo nunca nada por el Midi; si algo mandó fué no dar favor ni ayuda a los
meridionales, según él; ni el recuerdo de su padre, ni el parentesco con el conde de Tolosa,
ni las tradiciones aragonesas que seguramente ignoraba, le movieron a intentar nada en pro
de aquellas tierras de abolengo español tan antiguo. Por este su abandono fué la casa de
Francia introduciendose en el Midi y afirmando su influencia; pero temiendo que bajo otro rey
el espíritu nacional que animaba a los de uno y otro lado del Pirineo resucitara, quiso
San Luis tener un derecho a esas tierras fundado en un acto jurídico y provocó unas vistas
con don Jaime para tratar de este asunto. Juntáronse en Corbeil y allí don Jaime, tentada su
vanidad con el proyecto de matrimonio de su hija menor Isabel con el heredero de la Corona de
Francia, renunció a cuantos derechos pudiera alegar sobre las tierras ultrapirenaicas a cambio
de la renuncia de los que San Luis tenía sobre los condados catalanes como sucesor de Carlomagno.
Don Jaime cambió unos derechos tradicionales y efectivos por otros que ni nominales habían sido,
y caso de haber tenido realidad la tuvieron momentánea. Con este tratado rompió la tradición
y la nacionalidad; sus dominios, que ya en los comienzos de la historia abarcaban las tierras de
ambos lados del Pirineo, quedaron reducidos a sólo esta parte, y éstos encerrados entre barreras
que los separaban del mundo. La decadencia era desde este momento inevitable.
La política peninsular e interior
En sus relaciones con Castilla don Jaime fué extremadamente débil; su hija mayor, Violante,
estaba casada con Alfonso el Sabio y esto era bastante para que transigiera en todo. En cuanto
a Navarra pudo hacer algo por suceder a Sancho el Fuerte, pero por su falta de sentido político
accedió sin ninguna resistencia a que los navarros, llevados de su afán de aislamiento,
proclamaran a Teobaldo de Champaña.
En cuanto a la política interior, su obra fué tan funesta como la internacional. Manejábalo
en esto su mujer doña Violante, la cual, influída por la misma vanidad que su marido, buscó para
sus hijos e hijas matrimonios ilustres y pretendió romper la unidad del reino creada en tiempo
de don Berenguer IV, para que sus hijos fuesen también reyes y condes independientes, primero en
perjuicio de don Alfonso, el hijo del primer matrimonio del rey, después en perjuicio del mayor
de los habidos en el segundo.
Esta maléfica influencia de doña Violante sobre su marido y la debilidad de éste hicieron que
don Jaime separase Aragón de Cataluña, nombrando sucesor suyo en aquél al infante don Alfonso y
en éste a don Pedro. Para que los aragoneses juraran fidelidad y reconocimiento a su futuro
soberano, los llamo a cortes en Daroca y entre los llamados figuraban los ciudadanos de Lérida,
dando a entender con ello que Lérida formaba parte de Aragón.
Se renovó con esto la cuestión de si Lérida era catalana o aragonesa como en tiempo de Alfonso
el Batallador y Ramón Berenguer III, y la voluntad de una mujer decidió la cuestión. Don Jaime
promulgó un decreto que le acreditó de veleidoso y de hombre poco serio; en él afirma que algunos,
por haber sido los de Lérida a las cortes de Daroca a jurar a don Alfonso como rey de Aragón,
entendían que Lérida formaba parte de este reino, y que no, que Lérida formaba parte de Cataluña.
Entonces señaló los linderos de ésta encerrándola entre el Cinca desde sus fuentes hasta el Ebro
y este río hasta Tortosa.
Pero los leridanos, al exigirle nuevo juramento de fidelidad y reconocimiento a don Pedro, como
conde Barcelona, se negaron dando por razón que les obligaba el prestado en Daroca; en vano les
absolvió de él don Jaime: fueron igualmente inútiles sus halagos y sus amenazas; los leridanos
se mantuvieron inflexibles en su negativa, en tanto que don Alfonso, a quien habían reconocido
como a su futuro monarca, no les libertase de su obligación.
Nacido un nuevo hijo del matrimonio Jaime-Violante y queriendo ésta que ése también fuese rey,
aquél hizo un nuevo reparto de sus Estados, dejando al hijo de doña Leonor el reino de Aragón,
a Pedro, Cataluña y a don Jaime Valencia, involucrando más el problema y echando unos pueblos
sobre otros.
Con este motivo surgió una verdadera guerra civil entre padre e hijo, la paz se alteró; don
Alfonso fué apoyado por su pariente el rey de Castilla; don Jaime, sin darse cuenta de su condición,
apoyó las parcialidades de este reino como un principillo de poco más o menos, y terminó aquel
caos político cuando Dios, en 1260, se llevó a su seno al hijo infeliz de aquella otra infeliz
Leonor, que tuviera la desgracia de conocer a este hombre.
La enérgica oposición de los aragoneses a la separación de Valencia, apoyados por el ya
primogénito Pedro, impidió que Aragón quedara sin salida al Mar; los catalanes toleraron la
separación de las Baleares y los condados de Rosellón y Cerdaña y el señorio de Montpeller.
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