Toda la política exterior del último rey privativo de Aragón se dirigió a dominar los mares
adyacentes a la Península, debilitando o anulando las potencias que podían disputarle este dominio.
Todas las ligas y empresas contra Francia y venecia van encaminadas a ese propósito de reducir
esas naciones a los límites de su territorio continental. Fernando no siguió ninguna política
antifrancesa ni antiveneciana, sino mediterránea, y lo hizo por comprender que los intereses
nacionales estaban en ese dominio.
Por causas idénticas mantuvo negociaciones diplomáticas con Portugal, apoderado de Ceuta,
Tánger, Arcila y otros puertos marroquíes en pleno Atlántico, para seguridad de las islas
Canarias, conquistadas en su tiempo
Política de unidad peninsular
La unión bajo una sola soberanía fué el pensamiento capital de los Reyes Católicos; para esto
no perdonaron medio alguno, y si el principal de que usaron fué el de matrimonios, cuando fué
preciso el uso de las armas, Fernando no vaciló en emplearlo.
Obligó al rey de Francia a devolverle el Rosellón, que detentaba desde la pignoración que le
hizo Juan II; por las armas anexionó Navarra a Castilla, para que no volviese a caer en poder
de Francia, y por alianzas matrimoniales preparó la anexión de Portugal.
Mas esta labor, que debía haber sido aceptada con entusiasmo por los pueblos, no fué comprendida;
la nación no estaba preparada para ver las ventajas que traería dejar de ser castellanos, aragoneses
o portugueses para ser españoles. La geográfia, disgregadora de las tierras peninsulares, había creado
una tradición demasiado fuerte de disgregación de los hombres; cada región se sentía fiera de si
misma y cada una quería mantener su personalidad enfrente de la otra.
Castilla veía con recelo un rey de Aragón en el trono de Castilla; la propia reina sentíase
castellana y rehusaba esculpir las armas de Aragón, las de su marido, en monumentos de su reino;
la severidad de don Fernando en el gobierno y su austeridad en el dar, le habían enajenado las
simpatías de aquella nobleza, tan acostumbrados a campar por sus respetos y a obrar según sus interesés.
Si doña Isabel fué poderosa en contener la nobleza, no lo fué en desvirtuar la tradición acrecentada
en lo que tenía de odiosa por las murmuraciones de los nobles.
Y a España, que vivía en el dulce letargo que produce el aislamiento, desde los tiempos de Alfonsos XI,
letargo sólo interrumpido, de vez en cuando, por asonadas y revueltas de las Cortes, y guerras civiles,
que no les permitían desperazarse siquiera, los Reyes Católicos la sacudieron, llevándola a Granada,
al Nuevo Mundo, al Maditerráneo, a Italia y Africa, y este sacudimiento que produjo el reinado de
Carlos V y dió a España tanto que perder, causó en los que lo sufrieron cierto dolor y hasta ira.
La responsabilidad se hizo caer sobre el rey consorte.
Por esto, en cuanto murió Isabel la Católica se dió el triste caso del repudio de don Fernando.
El mismo don Antonio Rodríguez Villa, que es pródigo en cuanto a usar epítetos bochornosos para don Fernando
(Prologo de las Crónicas del gran Capitán) dice hablando de la salida de don Fernando del reino de su mujer:
<<Juzgando desapasionadamente e imparcialmente, no es posible dejar de lamentar la afrentosa
y desairada salida de Castilla del rey don Fernando el Católico, a cuyo reino tantos y tan extraordinarios
servicios había prestado, ya afirmando el trono vacilante de la reina doña Isabel, ya sosegándole
de las turbulencias, bandos y parcialidades que le agitaban al principio de su reinado, ya preparando
y llevando a feliz y glorioso término la conquista del reino de Granada, ya, en fin, gobernando aquel
Estado en unión de la reina, su esposa, por más de treinta años. A todo se sometió este gran monarca
con suma prudencia y rara templanza, a trueque de no encender la guerra civil en un país que tanto amaba ...
Confiaba en que, con el tiempo, se le haría justicia y se acudiría a su menospreciada autoridad.
Hasta el último momento fué despedido de Castilla tan descortés y villanamente, que en algunos
pueblos por donde pasaba le cerraron las puertas, no permitiéndole la entrada en ellos. Sufríalo el
rey con increíble mansedumbre y resignación, contentándose con decir que más solo iba, menos conocido
y con más contradicción cuando entró a ser príncipe de aquellos reinos, y que, pues, Dios había
permitido reinase en ellos tantos años, debía darle por ello infinitas gracias. >>
(La Reina doña Juana la Loca, pág. 174).
Aumenta la tristeza del caso ver a don Fernando << caminando solitario, ultrajado por su yerno,
menospreciado de los grandes y olvidado y escarnecido del pueblo>>, contemplar nobles y pueblos
a los pies de un flamenco, que los despreciaba y tenía en secuestro la verdadera reina doña Juana,
y quería mandar como rey absoluto, entregado a sus flamencos y a un traidor, don Juan Manuel.
En aquella universal deserción sólo un prelado, el de Sevilla, fray Diego de Deza, y un noble,
el duque de Alba, permanecieron fieles al rey Católico. La calidad se sobreponía a la cantidad.
El atolondrado marido de doña Juana la Loca, manejado por el traidor don Juan Manue, no se conformó
con tanto vilipendio, sino que, llevando la traición más lejos, trabajó contra España en favor de
Francia, aliándose con este rey en perjuicio de Aragón, resucitando los tiempos de Sancho el Bravo.
El rey Católico, para desviar la tormenta, y parte por despecho, contrajo segundas nupcias con
doña Germana de Fox. Afortunadamente el matrimonio fué infecundo y el príncipe don Carlos heredó
las coronas de sus abuelos.
Tres problemas, dos territoriales y uno de espiritualidad más que de tierra, dejó planteados
Fernando el Católico.
Eran los dos primeros el de afianzar la unión, borrando las huellas del pasado medieval, haciendo
que desapareciera la nomenclatura histórica y la sustituyese una sola voz: España, y el de completar
la Reconquista, yendo los cristianos españoles a dominar y redimir del Islamismo atrofiador a sus
connacionales africanos. Porque la Reconquista es una guerra civil entre dos tierras que deben ser
una políticamente, por ser una geográficamente.
Era el problema espiritual el de América: cristianizar a los indios, europeizarlos, explotando
cristianamente aquellos territorios; formar allí un pueblo afín del español, por el alma más que
por signos externos variables, era la verdadera empresa.
Los Austrias se contentaron con una unión material, y no se llamaron reyes de España; sus títulos
llenaron una página; más que afianzar la unión, afianzaron el disgregamiento. El problema del Mediterráneo
hubo de abordarlo primero Carlos V, despues Felipe II; estos impulsos aislados fueron estériles.
El Mediterráneo fué después un mar turco.
Del problema de América no cabe hablar en un Manual como éste.
El uso de Internet ayuda a mantener relaciones en estas tierras mas comunicadas
La información no estará completa sin un paseo por sus tres provincias:
Zaragoza,
Teruel
y Huesca y sus
variadas Comarcas,
con parada en alguno de sus espectaculares paisajes como el valle pirenaico de
Ordesa
o el Moncayo
o por oposición en el valle el Ebro.