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La cultura medieval es toda eclesiástica y religiosa, tanto por su materia como por la
condición de sus cultivadores: en la época goda lucieron ilustres prelados en las diócesis de la
España citerior, contemporáneos de los Eugenios de Toledo y de San Isidoro de Sevilla, colaboradores
de éste en la gran obra enciclopédica de << Las Etimologías>>, que tanta influencia
ejerció en los tiempos subsiguientes. La copia de códices se desarrolló principalmente en Cataluña,
En Ripoll y Vich por su situación en la gran vía más occidental de la península y por tanto la de
mayor contacto con Italia.
El gran representante de la cultura medieval es el mallorquín Ramón Lull, que aunque natural de
las islas pertenece propiamente a la historia universal por lo extenso de su saber y la profundidad
de sus ideas y el atrevimiento de sus concepciones. Escritor de filosofía aplicada al Derecho y a
la vida social fué Fray Francesch Eximenis; gran publicista fué también el Gran Mestre del Hospital
don Juan Fernández de Heredia; en otro orden de ideas brilló el médico Arnaldo de Vilanova.
Como cultivadores de la historia deben citarse el autor ignorado de la crónica que corre con el
nombre de don Jaime el Conquistador, que quizá sea el obispo de Huesca Jaime Sarroca;
Pedro Marsilio, autor de una crónica latina; Bernardo Desclot y Ramón Montaner, todos ellos del
siglo XIII, entre los cuales sobresale Desclot, cuyo estilo no desdice del de los clásicos por su
vigor y concisión, ganándoles en amor a la verdad; todos éstos escribieron en lengua catalana y
fueron catalanes.
en Aragón la historiografía es muy pobre; sólo hay una crónica, la de San Juan de la Peña,
escrita probablemente a principios del siglo XIV.
Los historiadores posteriores a Bernardo Desclot, que escribio la crónica de Pedro IV, no
merecen fe alguna, Pere Tomic inventó a su antojo; Boades es muy vesosímilmente el sedónimo con
que encubrió una falsificación histórica un escritor del siglo XVII, casi seguramente el mismo
que redactó la << Scriptura privada>> o << La fi del Comte d'Urgell >>,
especie de novela grotes y absurda.
De la cultura en general de la Corona de Aragón puede afirmarse en resumen que fué la de su
tiempo, que de vez en cuando surgen hombres que descuellan y son famosos, pero no hay en ella
nada de sobresaliente ni excelso.
Las lenguas habladas en la Corona de Aragón
Las nacionalidades modernas constituídas y las aspirantes a nacionalidades tienen la superstición
de la lengua, a la cual consideran el signo más evidente de su unidad. Lo cual es un error: las
lenguas, lejos de fortificar las fronteras, son fortificadas por éstas; pueblos limítrofes y con
trato se entienden y se funden en un solo idioma.
Si la Península está dividida en tres zonas lingüisticas: la catalano-provenzal al Este, la
galaico-portuguesa al occidente y la gasco-castellana en el centro; las partes confinantes con
una y otra zona deben hablar una mezcla de las dos, con las cuales limitan.
Aunque los filólogos no reconozcan este hecho, el hecho es cierto, y mediante él se explican
las tonalidades que diferencian las hablas peninsulares.
Puede afirmarse y probarse documentalmente que el portugués, el castellano y el catalán en 1302,
cuando se juntaron en Agreda y Tarazona los reyes de los tres reinos, se diferenciaban menos que
hoy; puede afirmarse que Alfonso el Batallador y Ramón Berenguer III hablaron y se entendieron
despues de lo de Corbins; la lengua de cada uno procedía de la misma fuente y no se diferenciaba
en el léxico, sino en la pronunciación; tampoco había diferencias esenciales en la sintaxis;
documentos latino-catalanes de entonces pueden traducirse palabra por palabra al aragonés y otros
del Batallador al catalán sin alterar una palabra. Si en Ribagorza se nota gran influencia de la
fonética oriental, en Lérida se nota de la occidental; ahí están superpuestas las dos, y como los
colores, han dado uno intermedio. Jaca, Huesca, Ainsa y Barbastro parécense más a los dialectos
del Pirineo que al castellano de la Celtiberia; la lengua de Zaragoza es por su fonética tanto
catalana como castellana y por su léxico más lo primero que lo segundo; en Pamplona, Tudela,
Tarazona, Calatayud, Teruel y Albarracín háblase con fonética francamente castellana como en
Burgos, Segovia, Soria y Cuenca; la unidad geográfica impone la de idioma, así como esa misma
unidad impuso la otra desde el Rosellón a la Contestania sin rebasar las sierras-borde de la
meseta.
¿Cuando comenzaron a ser hablados los romances? He aquí un problema insoluble en cuya solución
están empeñados los filólogos que aún creen los idiomas una especie de seres vivos que nacen y por
consiguiente se desarrollan y mueren. El empeño de ver así en el castellano como en catalán una
corrupción del latín, idioma de los conquistadores, es la causa del problema. Una lengua puede
desaparecer cuando su pueblo es de muy baja cultura y se pone en contacto con otra propia de un
pueblo de civilización más alta; si además el elemento humano indígena es poco y se somete a una
semiesclavitud, la desaparición de la lengua de éste y su reemplazo por la del dominador, son
hechos posibles y aun fatales.
Pero si el pueblo dominado es tan culto como el dominador y más numeroso y libre, aunque sea
relativamente, las lenguas se mezclan y se modifican ambas y se funden, pero predominando siempre
la indígena.
Este es el caso del ibero respecto del latín: eran los españoles tan cultos como los romanos,
quizá más, y vivieron libres; los soldados de las legiones habían salido del bajo pueblo, que no
hablaba como Cicerón o César, sino dialectos itálicos, afines del ibero, como lenguas
mediterráneas que eran aquéllos y éste. Los españoles que se afiliaron a la oligarquía del Estado
aceptaron el latín clásico para sus libros y sus inscripciones, pero el pueblo siguió hablando su
lengua, su ibero modificado tanto por la influencia latina como por propio desgaste. San Isidoro
declara que ciertas voces clásicas tienen una equivalencia en vulgar, y cuando las cita da la
circunstancia de ser voces de las que llamamos hoy españolas.
En tiempo de San Isidoro se sabe, por tanto, que el pueblo no hablaba latín, y aunque se conoce
poco de ese modo de hablar, lo que se conoce revela ser ya castellano. Mas como los datos de este
tiempo son pocos y los de los anteriores menos aún, por un raciocinio muy frecuente, pero falso,
colócase el momento de nacer el idioma en el momento de conocerlo; porque ahora se ven abundantes
las voces castellanas, ahora se dice que nace el castellano; de igual manera se afirma respecto
del catalán.
El latín gozó de dos privilegios que lo perpetuaron como lengua escrita: el ser la lengua de los
romanos, la de los conquistadores y la de la capital del Imperio; el haberla adoptado la Iglesia;
el mismo fenómeno que hoy se da de rechazar los llamados vulgarismos, se dió entonces; túvose el
habla popular por bárbara y malsonante y no se escribió; por otra parte las dificultades de la
escritura, la escasez de materia escriptoria, el poco número de los que sabían leer y la confianza
en la simple palabra eran obstáculos a la conservación de la lengua popular.
Pero vino una época en que estas dificultades se mitigaron, la escritura se propagó y los
documentos se hicieron frecuentes y surgieron dos causas de que apareciese el idioma del pueblo:
una el desconocimiento del vocabulario clásico equivalente al del vulgo; otra el deseo de los
contratantes de entender lo que el documento decía.
Por la primera aparecieron esas voces que forman el glossarium infi nae et mediae latinitatis,
por la segunda esas bárbaras construcciones gramaticales incomprensibles en un clérigo por mal que
hubiera aprendido latín.
Es imposible desconocer ni negar la causa primera; en cuanto a la segunda, la monstruosidad
sintáctica de ciertos documentos particulares sólo tiene explicación en aquella causa: un comprador
y un vendedor acuden a un notario a finalizar un contrato; el notario redacta la escritura en el
mejor latín que sabe, pero ni el comprador ni el vendedor lo entienden; más claro, le dicen,
y el notario modifica la redacción; más claro, vuelven a decirle, y repugnándole con repugnancia
invencible escribir en vulgar, transige deformando el latín, en la confianza de que no a él, sino
a los otros achacarán la deformación.
Cuándo, pues, empezaron a ser hablados los romances es cuestión muy distinta de esta otra: cuándo
empezaron a ser escritos los romances. La primera es insoluble; la transformación que les dió vida
comenzó con la primera sociedad española que habitó en España; por propio desgaste y por contacto
con otros idiomas se fué modificando y sólo al cabo de muy largo plazo, un larguísimo plazo, se
separó del tronco primitivo por la fonética y por el léxico; la descendencia del habla del siglo
XIII de la del siglo primero, aunque la historia no la compruebe, la razón la establece y afirma.
La segunda es más sencilla: algún documento del siglo XII aparece ya escrito en vulgar; en el
siglo XIII se hace constante; la tradición se impone, sin embargo, en Cataluña, donde los
documentos oficiales procedentes de la cancilleria real se escribieron en latín hasta el siglo XVI.
La Enseñanza
Reducido el saber a las ciencias eclesiásticas en su más amplio sentido y recluído el saber en
las iglesias y monasterios, también la enseñanza tuvo su refugio en estos centros. La costumbre
convertida en ley hizo de la enseñanza un derecho de la Iglesia, por lo cual los centros difusores
de cultura extraños a ella necesitaban su autorización para ser creados.
En todas las poblaciones de algún vecindario había escuelas de artes, donde se enseñaba a leer,
escribir y la lengua latina, como conocimientos previos para entrar en una escuela de filosofía
y teología, en una catedral o un monasterio.
A mediados del siglo XII se fundaron algunas universidades europeas, Bolonia y París, y a su
imagen y con su modelo fuéronse fundando otras en distintos países. El espíritu de universalidad
característico de la Edad Media que no veía motivo para rechazar el saber por que se hubiera
adquirido fuera del territorio de un Estado, atrajo gran número de estudiantes extranjeros a esas
universidades de fuera de España; los de la Corona de Aragón sintieron preferencias por la de
París y Montpeller.
En 1300 unas Cortes aragonesas reunidas en Zaragoza acordaron a propuesta de Jaime II la
creación de una Universidad en Lérida, para la cual concedió el Sumo Pontífice las gracias de que
disfrutaba la de Tolosa.
Indudablemente movió a los aragoneses y al rey a la fundación el deseo de apartar los estudiantes
de acá de las influencias francesas, una vez consumada la separación definitiva de aquellas tierras
meridionales de Francia de estas cispirenaicas españolas. Eligieron Lérida como punto el más
céntrico en los tres Estados, prescindiendo de la división hecha por don Jaime I y no comprendiendo
el nacionalismo que más tarde había de surgir a consecuencia de aquel infausto hecho de aquel
nefasto rey.
Esta Universidad fué organizada sobre el modelo de la de Bolonia. Más tarde Pedro IV fundó el
estudio de Perpiñán, enfrente del de Montpeller.
No obstante estas creaciones y no obstante su vida próspera, las universidades de fuera de la
Corona de Aragón continuaron siendo muy frecuentadas.
La vida artística
El Arte, como la literatura y la ciencia, y con más razón que éstas se regufió en las iglesias
y monasterios. L religión lo inspiraba todo y el arte que es expresión de sentimientos no sintió
otro que el religioso.
La compleja vida civil de los romanos desapareció del todo con la destrucción del Imperio:
todos aquellos edificios de teatros, circos, foros en donde se desarrollaba la vida exterior de
los conquistadores del mundo, carecieron ya de finalidad al cambiar las costumbres; las guerras
y los desastres y las necesidades ciudadanas los dejaron destruirse y los hombres completaron su
ruina a fin de aprovecahar sus materiales.
A una nueva vida correspondía una nueva manifestación artística y sobre todo en la arquitectura,
que como ninguno se adapta a la realidad y es por esto a la vez que arte bello, arte útil.
En la arquitectura civil, entendiendo por civil no lo público laico en relación con las
ceremonias o servicios oficiales, sino el aspecto externo de los domicilios y su distribución en
calles y agrupamientos de casas, la alta Edad Media es una continuación de la época romana; las
necesidades humanas así privadas, familiares, como colectivas no varían.
En primer lugar las ciudades y villas se ven obligadas a encerrarse dentro de muros altos y
fortísimos, en los cuales se abren puertas defendidas por altas torres y matacanes en su parte
superior. El Muro se presenta descubierto, es decir, sin habitaciones adosadas en la parte de
fuera por miedo siempre a un asalto o aun ataque. Esto comunicaba a las ciudades medievales
contempladas a poca distancia un conjunto pintoresco y grandioso, aumentado con la multitud de
torres y campanarios que se alzaban de entre los grupos de casas.
Como los muros procedían casi todos de los tiempos romanos, de la época del Imperio, en los
que la costumbre imponía la construcción de murallas y a la vez la suntuosidad de éstas, se tenía
por los ciudadanos directores como gala y prueba de su interés por el bien público, ya que no era
posible dar belleza arquitectónica a los lienzos de muralla y éstos sólo podían ser monumentales
por la simplicidad de su línea y su grandiosidad, dársela a las puertas que solían ser arquitectónicas
y monumentales a la vez.
Muchas de estas puertas de origen romano conservadas por la edad Media con fines militares y por
la costumbre, han llegado a la Edad Moderna, pero las ha barrido la contemporánea para dar espacio
a nuevas construcciones.
Las murallas influían en el aspecto interior de las ciudades; era menester reducirse al espacio
limitado por aquéllas, aun cuando la población creciera y era preciso estrechar las calles, reducir
plazas, apoñarse los hombres en aquel cascarón rígido y firme.
Por esta razón eran las calles estrechas no rectas, angulosas y ofrecen con las modernas tan
fortísimo contraste.
Las fachadas de las casas eran todas lisas sin voladizos ni salientes; los huecos para iluminar
los interiores y asomarse los de dentro al exterior eran rasgaduras en el muro de fachada en forma
de ventana, casi siempre partida por columnas y coronada por adornos, aun en las casas más humildes,
pues se practicava esto en las aldeas y en los domicilios rurales aislados; adquirían así las calles
una vistosidad de que carecen las monótonas calles modernas con sus líneas continuas de balcones,
su altura uniforme y su falta de toda belleza.
La Edad Media no comprendía nada exclusivamente útil; un hombre medieval que contemplara ciertos
edificios actuales de los cuales se ha hecho alarde de desterrar todo carácter artístico, todo
cuanto hable al espíritu, se mostraría lleno de asombro y crrería que la humanidad se había
mutilado perdiendo su carácter más distintivo: su espiritualidad. ¡Qué contraste tan profundo
entre esas aldeas pobrísimas que aún subsisten desde los siglos medios y los barrios de obreros
de las fábricas levantadas en sus inmediaciones! Mientras en éstos se ha prescindido de toda
manifestación artística y hasta de toda comodidad, las casas de la aldea no más ricas, son mucho
ma´s bellas y tienen adornos sencillísimos en armonía con los recursos de sus constructores, pero
que recrean la vista y satisfacen el ánimo comunicando a las calles un ambiente de poesía y agrado
que atrae, mientras rechazan los ojos y el alma los barrios de las fábricas.
La casa rural aislada fué la tradicional romana, mediterránea, constituída por un cuerpo
central flanqueado de dos torres poco elevadas: es tipo que ha subsistido hasta la Edad Moderna
y no enteramente desaparecido
La arquitectura militar en lo referente a castillos y palacios señoriales caracterízase por su
falta de plan regular, puesto que el plan de la construcción lo impone el terreno con sus accidentes;
a la defensa lo subordinan todo: los muros corren por donde pueden, los edificios se agolpan en las
partes llanas o se desparraman buscándoles; su atracción dáseles la monumentalidad y el atrevimiento
de construir donde parece que los hombres no pueden habitar; en el exterior suelen acusarse
algunos rasgos arquitectónicos.
No suele abundar la Corona de Aragón en obras de carácter señorial y militar a la vez; los de
la pura Edad Media se han arruinado por la desidia de sus poseedores, que en cuanto se fijó la
corte en Madrid huyeron a ella a entroncar con segundones de otras familias, perdiendo su rango
de primera nobleza; pero consérvanse algunos en Aragón que permiten vislumbrar los tesoros de
arte perdidos por el abandono de los más obligados, y reconstruir la vida de los grandes señores
del siglo XIV.
Entre estos castillos son dignos de mención, aun en un manual, los de Loarre y Mesones, el
primero por la grandiosidad de su arte y el segundo por su enseñanza.
Los monumentos de arquitectura doméstica no es extraño que hayan desaparecido; lo útil fué
sobreponiéndose a lo bello; cada cambio de la vida trajo como consecuencia forzosa un cambio en
la arquitectura de los domicilios. Igualmente en lo militar, el progreso de las armas fué haciendo
menos defensivas las fortificaciones permanentes y las unas se abandonaron las otras se reformaron.
Arquitectura religiosa
En la arquitectura religiosa las innovaciones y destrucciones no han tenido tanta razón de ser;
como la religión no ha variado, contra sus monumentos sólo ha trabajado el tiempo, y la piedad ha
procurado destruir su acción y contrarestarla. Por esto la arquitectura religiosa y todas las
manifestaciones artísticas relacionadas con la religión son las mejor cpnocidas.
El nacimiento de esa arquitectura es un problema sin resolver; desde luego no cabe derivarla de
la clásica, y aunque se admite que el templo cristiano procede de edificios no dedicados a la
religión sino a usos civiles, es muy problemática la procedencia.
Dado que en la antigüedad las creencias religiosas no fueron universales, es decir, que toda
la humanidad no creyó en los mismos dioses, y que de pueblo a pueblo variaban; que la religión de
Roma se extendió como uno de tantos medios de llegar a la unidad política de que consciente o
inconscientemente se valieron los conquistadores, pero sin conseguir que la mitología penetrara
en la conciencia social, lo más verosímil es suponer un entronque directo entre las ideas respecto
a lo que debía ser un templo en época aun no cristiana con lo que entendieron los cristianos que
debería ser. El arte cristiano es, con toda seguridad, creación del pueblo y las fuentes de
inspiración han de buscarse en el pueblo mismo.
Es seguro que existen por esas montañas tipos de iglesias, no iglesias, aunque tal vez existan
también de arquitectura remotísima, que por no estar datadas y haberse perpetuado el tipo, se
atribuyen a tiempos más recientes por la costumbre de los arqueólogos de asignar ciertas formas
arquitectónicas a siglos determinados, cuando lo común y corriente parece haber sido asignar a
determinados edificios o sus partes formas determinadas.
Esos tipos se designan con voces en realidad concencionales: bizantino, mozárabe o románico,
sin que en realidad procedan de Bizancio, de los mozárabes o del romano. Admitiendo estas voces
como genuinas en cuanto expresión de tipos o formas, al historiador no le toca describirlos, sino
marcar su carácter social.
En general, por su pequeñez los más antiguos participan del crácter de los templos primitivos,
anteriores al Cristianismo, de ser casas del dios, albergue de una divinidad y no casa de oración,
lugar cerrado en el que se congrega el pueblo para orar y adorar. Se ve bien este carácter en las
iglesias eremitanas de devoción común a varios pueblos, que por su capacidad es imposible puedan
contener la muchedumbre ante ellas congregada. Una romería a uno de estos santuarios debe parecerse
grandemente a una festividad religiosa dedicada a un dios local antes de la cristianización del
pueblo, no diferenciándose más que en la divinidad adorada y en las ceremonias litúrgicas. La
arquitectura del templo tampoco debe disentir mucho de la primitiva, puesto que los fines con que
se levantó no disienten mucho de los que se propusieron los más remotos.
Sin variar los tipos fueron evolucionando las iglesias hacia una mayor suntuosidad y una mayor
amplitud a medidad que la Iglesia fué ensanchando su acción unificadora e introducciendo la
liturgia; entonces si el pueblo había de asistir a los oficios divinos fué menester darle espacio
y las iglesias se ensancharon y para ello fué menester adoptar tipos nuevos, que caen ya dentro
de lo que se llama arte románico, cuyos origenes van a buscarse a Bizancio por la funesta manía
de negar al pueblo español toda capacidad inventora.
Modernamente y gracias a un extranjero (Porter) se ha sentado la teoría de ser esta forma
artística de origen netamente español y desde España trasplantada a Francia y Europa. A las
razones alegadas por este autor norteamericano hay que agregar el aislamiento geográfico de los
españoles que les obliga a evolucionar en su propia patria lejos de influencias extrañas, que
aunque obren, obran sobre individuos y no sobre muchedumbres. Los arqueólogos atentos al monumento
y desconocedores de la fragmentación de la vida en el tiempo en que aquél se levantó, discurren
con el pensamiento puesto en el hoy en que dos escuelas de arquitectura, en fuerte contacto con
otras extranjeras dan la norma para las construcciones de todo género.
Es el arte románico, indudablemente, el más adaptado a la arquitectura religiosa. Es robusto,
sin artificios, préstase al adorno interior sin refinamientos ni amazacotamientos y en cuanto a
las fachadas no hay otro que tanto se preste a la ornamentación ni sea tan sonriente y agradable.
De notar es que muchas iglesias románicas, sobre todo en Aragón, tienen cripta, sobre la cual
se levanta un presbiterio que abarca la mitad de la iglesia. En la cripta suele estar la pila
bautismal; semejante disposición revela que cuando esas iglesias se construyeron, la disciplina
eclesiástica era muy antigua, que el presbiterio se reservaba a los bautizados y el resto de la
iglesia a los catecúmenos, y que a fin de que éstos pudieran ver a los sacerdotes, se levantaba el
altar sobre la cripta, y ésta, lugar del bautismo, se colocaba por bajo y con entrada independiente
para que los catecúmenos bajaran a ella sin profanar, como quien dice, el sitio de los admitidos
ya en el gremio de la iglesia.
Existen criptas donde aun por la disposición de las columnas que sostienen el presbiterio se
observa que fueron baptisterios para inmersión, tal es la de Santa Engracia en Zaragoza; baptisterios
adjuntos a iglesias hay en otras villas aragonesas, de relativa modernidad en la Reconquista; los
documentos de Monzón hablan en el siglo XII de una pila bautismal común a varios pueblos de las
inmediaciones, y un ritual de Alquézar, del siglo XII, habla del bautismo por inmersión como
existente al tiempo de su redacción.
La arquitectura románica ha dejado en Aragón y Cataluña modelos suntuosísimos, entre los cuales
descuellan Loarre, el más puro y sin mezcla; Veruela, contaminado ya por influencias góticas,
Ripoll y algunos restos de Poblet; como catedral, en su planta, Tarragona; la Seo de Zaragoza
conserva vestigios de un ábside suntuosísimo.
El arte gótico es un arte importado, introducido en Castilla antes que en Aragón; las catedrales
de Burgos, León y Toledo son anteriores a las de Barcelona, la catedral gótica más severa de todas
las de la Corona, construída en el siglo XIV. Al mismo siglo pertenecen los claustros de Poblet y
Santas Creus, tan suntuosos como bellos, en los cuales se abren las salas capitulares joyas del
arte románico, posteriores en algunos años al claustro.
El arte gótico no fué popular en Aragón; lo que de él queda es obra de individuos, de potentados
y no obra del pueblo; es que en rigor no es arte religioso el gótico, aunque sus entusiastas
defensores hablen de las flechas que al levantarse hacia el cielo eleven las almas y de las
ojivas que también levantan los espíritus; una catedral gótica desorienta, ninguna línea conduce
al altar; hizo posible el arco apuntado la mayor elevación de la bóvedas, hizo posibles los
grandes ventanales con vidrieras pintadas, pero fué a expensas de otros efectos más dignos de
atención en un edificio de carácter religioso. Y hay que decir que en la Corona de Aragón, por la
tardía introducción del gótico, la mayor parte de las iglesias de este orden son reconstrucciones
de otras románicas, cuya planta se conservó por el respeto guardado a un elemento existente ya, la
cripta o el retablo, y que esta conservación deformó el plan típico de las iglesias góticas
conservándoles una mayor adecuación a su carácter.
El plateresco se introdujo en la Corona de Aragón ya en el siglo XV, en su primera mitad, y desde
su introducción fué popularísimo; empleóse lo mismo en edificios civiles que religiosos, alternando
con el gótico famígero. Ejemplos de construcciones civiles de este último estilo son las Lonjas de
Palma y Valencia, bellísimas las dos; existiendo muchas casas particulares de estilo plateresco,
desgraciadamente derribadas muchas, pero quedan restos de patios y escalinatas que son verdaderos
modelos de gracia y belleza.
¿Hay relación entre esta nueva arquitectura, más sonriente aún que la románica, más alegre y
recargada de adornos, que tanto servía para decorar salones como interiores de iglesias, fachadas
de palacios como de templos y una nueva manera de sentir la religión?
La historia señala en el tiempo en que aparece el plateresco una piedad menos sencilla y más
artificiosa que en los propios del románico; de éste se deriva aquél, pero entre ambos media ese
abismo de la ornamentación sentida del más antiguo, que dando belleza a puertas y fachadas no
desdice del interior ni del fin del edificio; una puerta y una fachada románicas avisan siempre
que allí hay un templo; una puerta y una fachada plateresca, no; las primeras carecen por lo
común de signos exteriores que denoten el carácter religioso de la construcción; las segundas
lo tienen siempre, santos, ángeles, etc.; la piedad ha variado, ya no sale del fondo del corazón,
necesita exteriorizarse; la humanidad necesita convencerse a sí misma de que es cristiana y para
convencerse lo pregona.
Arte típico y privativo de Aragón y de una parte de su población es el mudéjar.
He aquí en esa manifestación artística una prueba más de que la sociedad para evolucionar hacia
el progreso necesita ser libre y que en cuanto las manifestaciones de la actividad social se
reglamentan y centralizan, todo decae y se atrofia. Cuando la inteligencia de uno o unos pocos se
impone cesan de actuar otras inteligencias y esta pérdida influye necesariamente en el progreso
humano.
Los musulmanes, así españoles como africanos, eran descendientes de aquellos bereberes más o
menos romanizados que grabaron las inscripciones que llenan los tres tomos del Corpus inscriptionum
latinarum dedicados a las regiones berberiscas. La musulmanización surtió en ellos los efectos
que la venida de los bárbaros produjo en las comarcas europeas sometidas al Imperio romano: quitar
la losa que los oprimía y sacarlos como pueblo a la luz y a la vida política. Continuaron siendo
lo que eran y habían sido, construyendo a su modo y utilizando los materiales que la tierra les
ofrecia; el ladrillo era el material más barato, más a su alcance y más en su mano, y careciendo de
otro, de él se sirvieron.
El arte mudéjar es el esfuerzo de un pueblo que no dispone más que de un elemento de
construcción para revelarse artista; es el sentimiento de lo bello realizado de la manera más simple
con un material al parecer impropio para toda manifestación de arte.
Este arte mudéjar es todo de ladrillo y se caracteriza por sus adornos geométricos formados con
salientes de aquel material; los monumentos más numerosos y notables son torres de iglesias, de los
cuales son torres de iglesia, de las cuales son ajemplares notabilísimos la de Santa María de calatayud,
la de Ricla, la de Mainar; pero se conservan algunas fachadas aunque son poco conocidas: hay una
en la villa de Herrera, tras de la cual está una iglesia del siglo XVIII. El arte mudéjar desapareció
con el pueblo, no el morisco, sino el pueblo cuando vino la centralización de la época de los austrias.
En la actualidad algunos arquitectos hacen tímidos ensayos de restauración de este estilo típico y tan
castizamente español, pero con gran timidez.
la pintura, la escultura y el azulejo
No vivieron como artes independientes en la Edad Media ni la pintura ni la escultura, sino subordinadas
a la arquitectura, como elementos decorativos de los edificios o partes de los mismos.
En los primeros tiempos medievales la escultura es incorrecta y escasa y se reduce a relieves
decorados con entrelazos formas geométricas o estrellas, algunas pilas bautismales y algún que
otro sarcófago. En el arte románico la escultura es casi parte esencial de la arquitectura por ser
imprescindible adornar con figuras o de otra manera los capiteles de las columnas de los claustros
los canecillos y en general toda parte saliente de los edificios.
Poco a poco la escultura, siguiendo la corriente progresiva del arte, va tomando bríos y sin
emanciparse del todo de la arquitectura, constituye un arte propio que se manifiesta en estatuas
para sepulturas, para decoración de fachadas y puertas de iglesias y cabecitas para adornos de
ventanas.
La pintura, reducidad en los primeros tiempos a frontales y altares de visible imitación bizantina,
con la figura del Salvador encerrada en un óvalo y a los lados, en una o dos filas, escenas del
Evangelio, continúa en los siglos posteriores confinada en las iglesias, pero emancipándose cada
vez más; en el siglo XIV el pintor es libre en le elección de asunto, por lo menos en el desarrollo
del que se le propone, y pinta retablos, que son un conjunto de cuadros independientes, aunque se
relacionan como los episodios de la vida del Santo que todos juntos representan. Esta libertad es
causa de gran progreso en la pintura, al cual colaboraron los de la Corona de Aragón tanto como
italianos y franceses.
Arte propio de Aragón y Valencia es el azulejo y la cerámica de reflejos metálicos, con la
circunstancia de ser además arte popular por excelencia. Es el adorno único del arte mudéjar y es
trabajado casi exclusivamente por moriscos. Es antiquísimo el azulejo: en las inscripciones romanas
de Africa se le designa con el nombre de opus albare, en oposición a opus musivum,
el mosaico; de albare deriva seguramente la voz barroco.
La orfebrería fué un arte acreditadísimo en toda la Corona de Aragón, así como el esmalte con
que se adornaban las obras de los orfebres.
Extraido de:
La Edad Media en la Corona de Aragón de Andrés Giménez Soler
Editorial Labor, S.A., Madrid. 1930
El país
La población
Límites de la Edad Media.
Antecedentes de la invasión musulmana.
Ruina de la monarquia goda. Batalla del Guadalete.
Las causas de la ruina del Reino godo.
Las costumbres.
El estado social.
El ejército.
La decadencia de las ciudades.
La conquista musulmana y su carácter
Las expediciones musulmanas a la Galia gótica
Las tierras de la Corona de Aragón bajo el poder musulmán
La pretendida influencia musulmana
La Reconquista
Sus origenes
Constitución de los núcleos cristianos del Pirineo. Su historia hasta su independencia.
Condado de Aragón
Ribagorza
Urgel, Cerdaña, Marca hispánica
Proceso de la Reconquista
Navarra y Sobrarbe
Alfonso I el Batallador
Casamiento de Alfonso el Batallador con doña Urraca de Castilla
Los condes de Barcelona anteriores a Ramón Berenguer IV
Las conquistas de Alfonso el Batallador
La Campana de Huesca
Ramón Berenguer IV y sus dos inmediatos sucesores
Reinado de don Jaime I el Conquistador
El hombre
Los primeros años del reinado
Adquisiciones territoriales a expensas de los moros
El Tratado de Almizra
La cruzada a Tierra Santa
El tratado de Corbeil
La política peninsular e interior
La expansión marítima aragonesa
El siglo XIV
Reinado de Jaime II
El hombre
España según Jaime II
La Reconquista, idea nacional de Jaime II
La empresa de Tarifa
Ruptura entre Jaime II y Sancho IV de Castilla
La cuestión de Murcia
Relaciones con Marruecos
Nuevamente la Reconquista. Negociaciones que precedieron al sitio de Almería.
El sitio de Almeria.
Política peninsular de Jaime II.
Incorporación de Córcega y Cerdeña a la Corona de Aragón.
Extinción de la Orden del Temple.
Expedición de los almogávares a Oriente.
Los cuatro reyes sucesores de Jaime II en el siglo XIV.
La Reconquista.
Reintegración de las Baleares a la Corona de Aragón.
El problema de Cerdeña.
La política peninsular de Aragón en los cuatro reinados del siglo XIV.
Causas de la guerra entre Aragón y Castilla.
Guerra entre Castilla y Aragón.
El siglo XV.
Compromiso de Caspe.
Política peninsular de Aragón.
Cuestiones interiores de Aragón, Cataluña y el principe de Viana.
Expansión aragonesa por el Mediterraneo.
Relaciones de Aragón con Francia en el siglo XV.
El cisma de Occidente.
Retrato de Benedicto XIII.
El problema de la frontera catalana.
Reinado de Fernando el Católico. Fin de la Edad Media.
El hombre.
La unidad nacional. Los pretendientes de Isabel la Católica.
Cómo fué la unión de los reinos.
El fin de la Reconquista. Conquista de Granada.
Descubrimiento de América.
Política mediterránea de Fernando el Católico.
Conquista de Nápoles.
Conquita de Berbería.
Política internacional de Fernando el Católico.
Política de unidad Peninsular.
PARTE SEGUNDA
Las Instituciones
El Estado medieval.
Carácter social de la Edad Media.
Orígenes de la Edad Media.
El Rey y la realeza en Aragón durante la Edad Media.
Lugarteniente y gobernador.
Los nobles.
Origen y evolución de los señorios.
Municipios.
Evolución de los municipios.
El capitalismo, causa de la decadencia municipal
Organización interna de los municipios
Judíos y moros
Los vasallos y hombres de condición.
La servidumbre de la gleba : remensas.
Administración de justicia.
La curia real y el Justicia de Aragón.
Jurisdición de judíos y moros.
Estado de la Administración de justicia y responsabilidad judicial.
Las Cortes.
Las Diputaciones.
La concepción medieval del Estado.
La Legislación.
La vida material.
División del territorio.
Juntas y veguerías.
Defensa del territorio.
Los domicilios.
Explotación del territorio.
Comunicaciones.
Industria y comercio.
Las monedas.
La vida espiritual
La Religión
Organización eclesiástica
Monasterios y órdenes religiosas
La Beneficiencia
La vida intelectual
Las Lenguas habladas en la Corona de Aragón
La enseñanza
La Vida Artística
Arquitectura religiosa
La pintura, la escultura y el azulejo
Conclusión
Bibliografía
Indice alfabético
Ilustraciones
Mapa I: Mapa físico de la región íbero-mediterranea (101 Kb)
Mapa II: Conquistas de la Corona de Aragón (447 Kb)
Mapa III: El mediodia de Francia en tiempos de Pedro II (119 Kb)
Mapa IV: Expansión catalano-aragonesa por el Mediterraneo (107 Kb)
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