La Edad Media en la Corona de Aragón. Parte Segunda: Las instituciones
La vida material
División del territorio
La concepción medieval del Estado, consecuencia del modo de comprender la propiedad y la autoridad, no
consentía más divisiones del territorio que aquellas unidas por una propiedad común y, por consiguiente,
una autoridad común; los municipios y las baronías eran entidades independientes en lo práctico, en
lo económico y en lo social; no conoció la Edad Media ni provincias ni distritos, ni circunscripciones;
la organización aquella rechazaba todas las divisiones y todas las magistraturas cuyo fin sea
unificar el mando, por no existir una autoridad única en que éste residiera.
A su vez, y por lo común, un término municipal o una baronía era un territorio con límites fijados
por la Naturaleza, generalmente vertientes, y con gran frecuencia límites tradicionales.
Es interesantísimo comparar la geografía primitiva, la de los tiempos ibéricos, con la pura medieval.
Zaragoza era centro de un territorio llamado como ahora el llano de Zaragoza, y corresponde a una
primitiva Edetania; otra Edetania era el territorio de Valencia, y la voz fué traducida por los
medievales en la plana o llanura de Valencia. Jaca y Lérida son centros de los territorios
de los jacetanos e ilergetes; Barcelona lo es de los laietanos; hay una correspondencia
sobresaliente entre ambas geografías y no es menos admirable la correspondencia entre cada una
de estas unidades políticas y las comarcas naturales.
Las cuestiones por términos eran muy frecuentes entre municipios antiguos y tan importantes
para los hombres de la Edad Media, que su resolución tomábala casi siempre el mismo rey
trasladándose al término en litigio para dirimir el conflicto y ordenar por si mismo la fijación
de los mojones; por límite natural entendiase la divisoria.
Juntas y veguerías
Un intento de división territorial para el mando fueron en Aragón las Juntas, especie de hermandades
creadas en 1260 por los Jurados de Zaragoza y los procuradores de Barbastro, Huesca, Jaca, Tarazona,
Calatayud, Daroca y Teruel, para perseguir malhechores; dividíase el territorio en cinco Juntas:
Zaragoza-Tarazona-Huesca, Ejea-Jaca y Sobrarbe-Ribagorza. El territorio de las comunidades quedó
excluido por encargarse ellas mismas de su defensa. Al frente de cada Junta debía haber un
sobrejuntero o jefe.
Para el gobierno de los aljamas de judios y moros dividiase el territorio de Aragón en cinco
merindades; Zaragoza, Tarazona, Jaca, Barbastro o Ejea y Huesca; los de las comunidades dependían
del Baile general de Aragón; los judios catalanes estaban bajo la autoridad de bailes locales.
En Cataluña, a principios del siglo XIV, eran las veguerías: Barcelona, Gerona, Vich-Ausona y
Bagá, Cervera y Tárrega, Lérida, Tortosa, Tarragona, Montblanch y Villafranca. Un siglo después
eran: Barcelona, Gerona, Vich, Urgel, Lérida, Tarragona, Cervera, Balaguer, Tortosa, Berga, Agramunt,
Panadés Maresa y Montblanch.
El veguer era magistrado de más importancia que el sobrejuntero; juzgaba civil y criminalmente,
mandaba tropas, debía procurar la observancia de la paz y tregua y perseguir a los malhechores.
Defensa del territorio
Los territorios de todas las naciones y nacionalidades de la Edad Media eran un inmenso campo
fortificado por la costumbre de levantar castillos en cada localidad y de rodearse de murallas
toda ciudad o villa de importancia.
Mas estas fortificaciones fortificaciones no procuraban, como las actuales en las fronteras,
la defensa contra un invasor sino seguridad contra un vecino; los castillos en frontera contra
Francia, Navarra, Castilla o los moros, no eran más fuertes ni estaban mejor aprovisionados que
los situados en el interior; la mayyor o menor fortaleza, así como el mejor avituallamiento
dependía de la mayor o menor riqueza del municipio y del mayor o menor riesgo que corría.
La defensa de las ciudades, villas y aldeas era de cargo de los habitantes, los cuales si
llegaba el caso de una guerra reconstruían a toda prisa lo derruído y se distribuían en decenas
o centenas para guardar los muros.
En las comunidades cada una de las aldeas tenía el deber de mantener en buen estado de
conservación un trozo de muralla y de defenderlo en tiempo de guerra; en las ciudades (Zaragoza)
cada parroquia tenía también asignada una parte del muro, tanto para su mantenimiento como para
su guarda. Esto confirma que el origen del municipio es un lugar fortificado, de munire, y
que communis significa lugar fortificado propio de varios, aplicado luego a todo el
territorio habitado por los que tenían como refugio la misma fortaleza; significación que luego
se extendió a cuanto fue propio de varios o era muy abundante.
La fortaleza de los castillos estribaba en la inaccesibilidad de su asiento ante todo;
la robustez de sus muros y la extensión y disposición de sus edificios, responde a la potencialidad
de las armas ofensivas. Consérvanse algunos desde el punto de vista arqueológico-artístico de muy
escaso mérito, pero desde el histórico-militar, muy notables. Como tales pueden indicarse el de
Rueda de Jalón y el de María, a orillas del río Huerva, cerca de Zaragoza, en el que se ve un
abrigo primitivo convertido en habitación por ahondamiento en la roca y luego en castillo por
perforación del techo para subir a la meseta que corona la roca, imposible de alcanzar escalando
sus paredes.
Castillos señoriales se conservan muy pocos y éstos abandonados y medio derruidos; las casas
nobles que los poseyeron huyeron de la tierra en tiempo de los Austrias, y el poco apego a la
tradición les hizo olvidar su abolengo.
En tierras interiores es raro encontrar casas fortificadas; en cambio, es frecuente hallarlas
en la costa; es notable en este aspecto el pueblo de Castelldefels de casas aisladas, guarnecidas
casi todas de una torre con comunicaxción interior, donde se refugian los habitantes; a lo largo
de todo el Mediterráneo catalán y valenciano se dan tipos de casas fortificadas contra los
corsarios.
Los domicilios
La Edad Media siguió viviendo como la Edad Antigua en pequeños núcleos y en lugares cuya
característica era la defensa, fundada principalmente en la aspereza del sitio. Ni en Cataluña
ni en Aragón la repoblación del territorio después de la Reconquista dió nacimiento a nuevas
poblaciones; es muy posible que algunas de las antiguas quedara desierta y en ruinas y que sus
nuevos pobladores la reedificaran en otro lugar, pero próximo al primitivo y muy probablemente
con su mismo nombre, dejando al emplazamiento antiguo un nombre despectivo: villicula, velilla,
villarium, villar, etc., mas en general debe admitirse que ni la invasión de los bárbaros ni
la de los musulmanes desolaron el país; los poblados existentes continuaron, aunque sus habitantes
sufrieran las calamidades de la guerra.
Los lugares reconquistados a los moros muchos de ellos quedaron desiertos; como la lucha era de
conquista, sabían los vencidos que la derrota les privaba de sus bienes y les hacía entrar en
servidumbre además; por esto abandonaban sus casas y sus pueblos que los vencedores encontraban
vacíos y habían de llenarlos; la sustitución de unos pobladores por otros no involucraba el cambio
de nombre ni siquiera su traducción a la lengua de los nuevos habitantes, suponiendo que conocieran
su significado, como conocían el de los vocablos árabes que son traducciones de vocablos iberos.
La nomenclatura geográfica medieval es en su mayor parte ibérica; sigue en importancia la de las
lenguas vulgares de entonces y es muy pobre la procedente de la lengua de Mahoma, y lo poco que
hay no es seguro represente una nueva colonización.
Los estragos causados en el interior de los domicilios a fin de adaptarlos a las nuevas
necesidades no consienten hoy describirlos como eran ni sirven para dar idea de la vida doméstica
medieval. Algunos castillos señoriales mejor conservados que los palacios de las ciudades, permiten
hacer algunas afirmaciones.
En casi todos ellos falta la cocina y en todos el retrete; hay algunos en donde existe un local
para fuego cuya chimenea tiene la forma de alcoba o alcobilla (castillo de Mesones, catedral de
Pamplona), es decir, en forma de bóveda con las trompas abiertas para despedir el humo.
No hay en ninguno dormitorios, esto es, habitaciones adecuadas por su capacidad y abrigo para
el descanso del cuerpo, sino salas anchurosas y destartaladas, de paredes de piedra, lóbregas por
sus escasas aberturas, que además por la necesidad de la defensa estaban en alto y eran pequeñas.
De aquí que las camas tuviesen palos o columnas en los ángulos, las cuales sostenían un paño o
guadamacil horizontal y cortinas laterales semejando una caja cuadrilonga para guarecerse del frío.
Los vestidos eran lujosos pero incómodos y sobre todo carísimos; su alto precio influyó en la
moda sobre todo femenina; se aprovechaban las mangas de los vestidos cuyos cuerpos se habían
deteriorado y utilizadas con otro, aunque de distinto color, parecía un vestido nuevo.
La gente pobre vivía, como es natural, mucho peor; casas pequeñas distribuídas muy arbitrariamente,
la mayor parte de los departamentos lóbregos y sin ventilación, sin retretes, con cocinas de quita
y pon o para leña, las gentes vivían hacinadas, contribuyendo no poco esta disposición de los
domicilios a la inmoralidad y mucho a las epidemias.
Las comidas eran sobre la base del pan; de éste hacían un gran consumo, así como de aceite y
vino, frutas secas, uvas, nueces, higos y en general lo que daba el país; carne muy poca.
El alumbrado de los palacios era, en las grandes solemnidades, de cera; ordinariamente aceite,
pero éste, por constituir un lujo, sustituíase por velas de sebo de oveja o caballo.
Explotación del territorio
Ningún pueblo tiene más riqueza que la que le da su suelo; las condiciones de éste determinan
la producción y ésta las costumbres, de donde pueblos que habitan territorios de análogas condiciones
de clima, relieve y constitución geológica, sean análogos por sus vidas.
La Corona de Aragón estaba constituida por regiones muy disimilares: una hoya tectónica, cuenca
del Ebro medio; un bloque montañoso inclinado hacia el Mediterráneo y cuyo reborde occidental forma
la serie de alturas que limitan la orilla izquierda del Segre, y otra región costera llana separada
de la cuenca del Ebro por un espinazo que separa las aguas que vienen a este río de las que van
directamente al Mediterráneo. De las tres regiones la más aislada es la última, rodeada de montes
que caen casi verticales sobre la tierra marítima y casi sin comunicaciones terrestres por esta causa.
El clima de las tres es también diferente: el de las región interior, continental, pero influído
por el Mediterráneo que le envía sus nubes; el de las dos marítimas es absoluto mediterráneo.
A estas condiciones de sus respectiva región se acomodó la vida de cada uno de esos pueblos;
siendo la primera necesidad de los hombres la de comer, a la tierra pidieron alimentos, y siendo
el agua el elemento mínimo de la producción, utilizaron los ríos para llevarla donde la tierra
la necesitaba.
ganadería y agricultura fueron las ocupaciones favoritas de los aragoneses medievales por
necesidad y no por gusto; las inmensas extensiones de terreno inculto e incapaz de cultivo por
escasez de agua fueron dedicadas a pastos; las tierras bajas surcadas por ríos, a la agricultura.
Es de rechazar la opinión que atribuye a los árabes, aunque por éstos se entienda los moros
bereberes, la invención de los riegos artificiales; éstos son anteriores a ellos en el Mediterráneo;
es de rechazar igualmente que fueran los constructores de obras de riego en España; el Fuero Juzgo
nombra canales de irrigación derivados de ríos. Los riegos artificiales son antiquímos y la Edad
Media los amplió y perfeccionó lo mismo en Aragón que en Valencia. En la Cataluña geográfica de la
Sierra de Cadí al mar, no fueron necesarios.
Comunicaciones
La Edad Media no construyó caminos y se sirvió de los romanos; afortunadamente éstos se dieron
cuenta del valor de esta tierra como nexo entre el Continente y las partes central y extremos de
la Península, y trazaron sobre ella una red de comunicaciones tan adaptada al suelo, que las bien
trazadas modernas siguen las construidas por aquéllos.
Como guía de todas esas comunicaciones estuvo el Ebro que atraviesa el istmo en toda su longitud
y al cual vienen por ambas orillas otras corrientes secundarias que por sus cabeceras se enlazan
con nuevos ríos que asu vez conducen al mar o al interior de la península.
Por ley de geografía política la vida se concentró sobre esa ancha vía, y zaragoza, la mejor situada
sobre ella, asumió la mayor importancia política de la Corona, dejando la mayor riqueza mercantil
a las ciudades marítimas de Barcelona y Valencia. A Zaragoza concurrían las comunicaciones pirenaicas
más importantes: la de Cerdaña que seguía el Segre; la de Somport que no abandonaba el Gállego, y
la de Roncesvalles, que no perdiendo de vista el arga llegaba al Aragón y al ebro. De Zaragoza
salían caminos hacia el interior de la península; uno que iba a encontrar el Duero por Tarazona
y Soria; otro que se dirigía al tajo remontando el jalón y encontrando el Henares; desde Calatayud
partía una vía a Sagunto siguiendo el Jiloca y saltando la divisoria entre éste y el Guadalaviar.
La comunicación desde Zaragoza al mar siguiendo el Ebro estaba interrumpida por ese gran desierto
que el río cruza en largo zigzag hasta llegar al Delta, y esta obstrucción inclino el comercio hacia
Barcelona, aprovechando el fácil paso desde el Cinca al segre, de éste al Noya u al Llobregat.
Por este camino construido por los romanos se hizo todo el tráfico entre Zaragoza y Barcelona
durante la Edad Media, camino el más fácil y el más corto que los tiempos modernos tienen desaprovechado.
Si la Edad Media no construyó caminos, reedificó puentes; en todos los lugares de importancia
mercantil los construyeron los romanos y de ellos se sirvió la Antiguedad y las épocas visigodas y
musulmana; los cristianos los hallaron o arruinados del todo o inservibles, y la necesidad les
obligó a su reconstrucción no obstante el esfuerzo que representaba una semejante empresa en
aquellos tiempos. El esfuerzo más colosal lo hizo Zaragoza con su empeño de reconstruir el puente
de piedra sobre el Ebro, al que debía la ciudad su origen, pues Cesaraugusta fué un campamento de
piedra levantado para defensa de este paso sobre el Ebro.
Industria y Comercio
La vida industrial se redujo en todas partes a la fabricación de aquello que necesitaba la vida
regional; las industrias textiles de lana casi llegaron en algunas comarcas a la exportación.
El comercio, reducido a primeras materias, se ejerció por mar y por tierra con bastante actividad.
Todos los puertos del Pirineo fueron muy transitados por comerciantes que venían con objetos
manufacturados a llevarse de aquí miel, cera, lana, azafrán, lino, cáñamo o manufactureras de estas
materías textiles.
Especialmente hay que mencionar la seda, de la cual había una fuerte producción en las cuencas
de Ebro y del Jalón y en toda la región valenciana.
Por mar el comercio lo monopolizaba Barcelona hasta la segunda mitad del siglo XV en que se le
alzó Valencia como rival.
Los súbditos del rey de Aragón tenían <<alhóndigas>> (alfóndigas, fondacos) en todos
los puertos mercantiles de Berbería y Egipto, casas a la vez almacenes y posadas, con extraterritorialidad
en cuanto a los residentes y zonas francas en cuanto a las mercancias.
Sobre las alhóndigas ondeaba el pabellón de Aragón y dentro de ellas había taberna, horno, carnicería
e iglesia. La autoridad residía en un cónsul de nombramiento real, el cual en un principio salía
con la escuadra mercantil y volvía con ella; después se estabilizó en cada una de las alhóndigas,
haciéndose permanente en el puerto, así como los comerciantes.
Las costumbres y las prácticas de la navegación y del comercio marítimo se compilaron en un
libro llamado << Libro del Consulado del mar>>, probablemente catalán en su primera redacción.
La vida del comercio era sumamente azarosa en aquellos tiempos.
Los corsarios infestaban el mar y toda nave debía de serlo a la vez de comercio y de guerra;
de aquí el nombre de armadores que se perpetuado, de cuantos equipaban barcos con fines mercantiles;
A la vez eran todos comerciantes y piratas. Si naufragaban y tenían la suerte de salvarse
arribando a una playa, si ésta era de país mahometano o extraño eran declarados cautivos, y si la
nave daba en tierra se declaraba bien mostrenco y era de los primeros ocupantes. En los puertos
tratábaseles con desconfianza extremada; regía en todos los puertos el sistema de zona franca, es
decir, que sólo pagaban impuestos los géneros que se vendían; mas como se temía el fraude, si no
había fondaco donde desembarcar las mercancias, se quitaban de las naves timones, velas y remos
para evitar una fuga; si lo había se les obligaba a desembarcarlas, a un escrupuloso inventario
y a no vender sino con intervención del trujamán o intérprete.
Estas gabelas no eran aún todas; el derecho de represalias ponía los comerciantes en condiciones
de ser robados en todo momento; como todo navegante era simultáneamente mercader, marino de guerra
y pirata, si en el camino se le ofrecía una buena presa no vacilaba en tomarla si podía; y si el
saqueado conocía la nación del pirata reclamaba a su rey o república del robo, y a falta de medios
internacionales de indemnización y castigar al ladrón, se le autorizaba para secuestrar y hacer
suya otra nave u otras de la nación del pirata que arribasen a puerto nacional, y era caso
frecuente salir una nave de Barcelona o valencia con rumbo a Génova o Bugia o Tunez y al fondear
presentarse un genovés o un moro haciendo suya la nave en represalias de la que perdió.
Este derecho aplicábase también al dominio terrestre y llamábase de marca.
Las naves eran de poco calado y de escaso tonelaje: eran unas de vela, otras de remo y otras
mixtas de vela y remo; estas últimas llamadas galeras eran las preferidas por el comercio y la
guerra; las primeras, que denominaban leños, por la piratería, a causa de su mayor ligereza y
de poder marchar contra el viento sin largas maniobras. A mediados del siglo XV se inventaron
los bergantines, barco de dos palos con mástiles en el trinquete y vela de goleta (galeota) en
el mayor; con ellos se estableció un servicio rápido de correos entre Valencia y Nápoles; cada
mes se recibía correspondencia y túvose por un adelanto extraordinario. El progreso en la
arquitectura naval lo trajo la navegación atlántica.
Un puerto en la Edad Media era muy distinto de los puertos modernos; una playa de fácil
acceso, es decir, no acantilada y de suave declive era un puerto inmejorable, porque las naves
se sacaban del agua y se varaban en tierra para su carga y descarga.
La ruina del comercio en el Mediterraneo no vino del descubrimiento de América ni de la conquista
de Constantinopla por los turcos, sino del recrudecimiento del corso que con motivo de la guerra
permanente entre cristianos y musulmanes, tuvo el turco afianzado en Túnez y Argél contra la cuenca
occidental del Mediterráneo, y en las islas del Egeo contral el oriental. Las ciudades marítimas
todas del Norte de ese mar quedaron bloqueadas y privadas de su medio de vida; no les fué posible ni
seguir las rutas tradicionales ni salir al Atlántico en busca de una nueva. Esta fué la causa
de la decadencia de Venecia, Génova, Nápoles, Barcelona y Valencia; la política de Fernando el
Católico tendió a dominar el paso entre Sicilia y Túnez y a quitar los puertos a los piratas
berberiscos para dejar libre esa parte del Mediterráneo comprendidad entre aquel paso y el
Estrecho. Su nieto Carlos V hizo la expedición a Túnez y su biznieto cooperó a la victoria
de Lepanto; pero Madrid ya no sintió el mar a partir de aquel combate (el único fructífero del
reinado del segundo de los Felipes), y menos el Mediterráneo.
Las monedas
Aragón, Cataluña y Vlencia tenían cada una su moneda su propia moneda y cada una sistema
monetario distinto.
La más antigua era la de Aragón, llamada jaquesa, por acuñarse en Jaca; su antiguedad es igual
a la del Reino y tal vez fuese acuñada ya en la época de los condes.
La unidad monetaria era la libra, moneda imaginaria de cuento, que constaba de doce sueldos,
éstos se subdividían en doce dineros y el dinero en doce miajas u óbolos.
El área de difusión de esta moneda era muy grande; comprendía en el reinado de don Jaime el
Conquistador todo el territorio de Aragón, más Navarra, toda la región del Segre y Tortosa.
Era de plata con dos tercios de metal fino, uno de aleación.
Los aragoneses la mantuvieron con tan extraordinaria energía que resistió toda la Edad Media
y llegó a la contemporánea; en los últimos años del siglo XVIII aún se contaba en Aragón por libras
y sueldos jaqueses.
La costumbre de los reyes de alterar el valor de la moneda disminuyendo el metal fino quiso
introducirla en Aragón Pedro II, pero ante la oposición de sus vasallos hubo de desistir,
transigiendo éstos con darle cada siete años un maravedí por familia, creando así un impuesto
que se llamó de maravedí o monedaje.
En Cataluña corrieron monedas carlovingias, condales y señoriales; con el modelo de la libra
carlovingia se creó un sistema monetario de nomenclatura parecida a la de Aragón, pero con distintos
pesos y aleaciones; la libra tenía diez y seis sueldos y el sueldo diez y seis dineros.
La moneda valenciana se fundaba en sistemas análogos.
Hasta el siglo XIV no se acuñó moneda de oro; como caso raro debe citarse una emisión de morabatines
de dicho metal acuñada por Ramón Berenguer IV a semejanza de otros musulmanes. Todas las monedas
de oro tenían curso.
Pedro IV es el primero que acuñó florines, moneda que llegó a ser el tipo monetario español al
cual se refería el valor de todas las españolas en tiempo de los Reyes Católicos.
El verdadero problema histórico con relación a las monedas, es el de determinar su valor
adquisitivo, es decir, su comparación con las de hoy en cuanto signo de cambio: ¿las cosas iban
más baratas o más caras en la Edad Media? Es creencia general que mucho más baratas, por compararse
el número de piezas que costaba una unidad de mercancia, un carnero, una vaca, un caballo, un cahíz
de trigo y lo que cuesta hoy; pero no se tiene en cuenta la dificultad de hallar la cantidad de
moneda necesaria para la compra de tal unidad. Valían las cosas mucho menos porque la moneda valía
mucho más; era más difícil ganar entonces un florín que hoy mil pesetas; poseer entonces una renta
de mil pesetas anuales equivalía a poseer hoy una de quinientas mil; de entonces a hoy el precio
de las cosas no ha variado, ha variado el valor adquisitivo de la moneda.
Al encarecimiento de la vida contribuyó la introducción de la moneda de oro; el cambio lo
fijaron los cambiadores, banqueros, al tipo más alto, depreciándose la moneda de plata o de
vellón y haciéndose en ésta las transacciones; como los precios efectivos se fijaban en oro,
fué necesario dar más monedas por cada unidad de mercancía. La equivalencia del florín en el
siglo XIV era de siete sueldos, sueldos jaqueses; a fines del siglo XV de diez y seis; los
precios de las cosas subieron en igual proporción.
Esto explica la ruina económica de todos los señores, de cuantos cobraban derechos dominicales
fijados en épocas anteriores; de hecho, sus rentas disminiyuron tanto como había subido la relación
del oro con la plata, más de la mitad, y explica también la creación del propietario de tierras
que no cultiva y exige renta. El señor útil de una gran extensión de terreno, que lo tenía a censo
fijo y pagaba una cantidad irrisoria, lo cedió a otros cultivadores a plazo corto y por una renta
superior en mucho a la que él pagaba: de este modo fueron explotados por el poseedor de numerario
los de arriba y los de abajo, los señores y los vasallos.
Multitud de paisajes marcan un territorio variado.
Todo el mundo está en las fotografías de Jesús Antoñanza.
Internet y las modernas comunicaciones ayudan a buscar pareja en estas tierras despobladas
La información no estará completa sin un paseo por sus tres provincias:
Zaragoza,
Teruel
y Huesca y sus
variadas Comarcas,
con parada en alguno de sus espectaculares paisajes como el valle pirenaico de
Ordesa
o el Moncayo
o por oposición en el valle el Ebro.