Página personal del poeta
Sergio Borao Llop


HORMIGA

Desde el catre, creo ver un cuerpo diminuto arrastrándose por el suelo. Sin saber con certeza si estoy despierto, trato de fijar la imagen. Me incorporo y miro con mayor detenimiento. En efecto, a pesar de la oscuridad reinante, puedo constatar que algo se mueve a ras de suelo con gran lentitud. Tras un buen rato de atenta observación, identifico la naturaleza del objeto: Es una miga de pan que avanza poco a poco hacia uno de los rincones de la celda. Asombrado, me agacho para distinguir este prodigio con nitidez. Entonces lo comprendo. Bajo la rugosa superficie de la miga viajera, queda disimulada una hormiguita que lucha denodadamente para llevar su preciosa carga hasta el hormiguero, en el angulo formado por la pared occidental y la septentrional. Conmovido por su esfuerzo, le pregunto:

- Hormiguita, ¿quieres que te ayude a transportar tu carga?

- No, gracias - contesta ella, jadeante - Por cierto que es pesada mi carga, pero es la que me ha tocado en suerte, y a ella me debo.

- No obstante - insisto - Para mí apenas supondría molestia alguna cargar esa miguita que a ti te cuesta un enorme sacrificio.

- Tal vez por eso mismo - replica - tu ayuda no es, en este momento, necesaria. Si ayudarme te costase un esfuerzo; si hubieses de apostar algo valioso o renunciar a cualquier cosa fervientemente deseada, entonces sí tendría sentido. Si tal cosa llega a ocurrir, seré yo quien solicite tu auxilio, no lo dudes. Por otra parte, a juzgar por lo que te rodea, tú estás más necesitado de ayuda que nadie. Tu condición de prisionero así lo atestigua. Sin embargo, nadie te ofrece una mano que te acerque, siquiera un poco, a la libertad que añoras.

Durante un rato, guardo silencio. No sabría que contestar. Por fin, lleno de angustia por lo infructuoso de su tarea (y acaso también por el poso que sus palabras han dejado en mi ánimo) cojo entre mis dedos pulgar e índice el diminuto pedazo de pan y lo deposito junto a la semioculta boca del hormiguero. La hormiguita, desfallecida, me mira con lástima, mueve la cabeza a uno y otro lado, como apesadumbrada, y se aleja renqueante hacia el catre, en busca de otra miga.

          


Celda

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