Página personal del poeta
Sergio Borao Llop



CONFIANZA

Un hecho increíble ha tenido lugar: El carcelero me ha ofrecido, sin pedírselo, un vaso de agua. Tal comportamiento me hace sospechar que acaso esté tratando de ganarse mi confianza, aunque se me antoja imposible adivinar sus motivos. En circunstancias normales suele ser, como corresponde a su rango, áspero, impasible, autoritario y a veces incluso ligeramente hostil. Hoy, en cambio, su boca dibuja una leve sonrisa que me hace recelar.

Es cierto que tengo la boca seca y que la sed me incita a beber el precioso líquido, pero una voz de alarma en mí interior me empuja a no aceptar tan insólita amabilidad. Con un seco movimiento de cabeza rechazo su ofrecimiento. Por segunda vez lo intenta, sin desalentarse, sonriente, seguro de sí mismo; y aunque mi fiebre aumenta por momentos, obedezco al instinto y vuelvo a negar con un ademán. Ante mis ojos, el tamaño del carcelero parece haberse reducido: Probablemente, un efecto visual provocado por mi estado febril. No obstante, cuando una vez más su mano acerca el agua a mis ávidos labios, de nuevo declino su invitación.

No son imaginaciones: A cada nuevo rechazo, el carcelero disminuye. Así, cuanto mayor es su insistencia, mayor es mi empeño en ignorarle. En poco rato, su tamaño se ha reducido a la mitad y sigue menguando cada vez que me niego a probar el contenido de ese vaso que su mano sujeta, obstinada, frente a mí boca cerrada. Finalmente, tras varias horas, el carcelero es un ser diminuto, quizá menor que una lagartija. Entonces, cuando apenas puedo ya escuchar su insoportable voz, haciendo un pequeño esfuerzo le atrapo entre mis dedos y le arrojo en el interior del vaso, que ahora descansa sobre el suelo, a mi lado. El agua, al recibir su menudo cuerpecillo, se derrama hasta inundar la celda. Es justamente cuando el mezquino carcelero recupera su tamaño normal y se aleja nadando hacía la puerta, nadando y riendo como un demente y mirándome con algo de odio y un oscuro sentimiento de derrota en el fondo de sus pequeños ojos envilecidos por la servidumbre.

          

Celda

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