Página personal del poeta
Sergio Borao Llop


GRIETA

Esta mañana, mientras examinaba con detenimiento el muro occidental, he descubierto una rendija muy pequeña, casi imperceptible. Al principio pensé que acaso había estado siempre ahí, y de no ser por la minuciosa inspección que, quizá por puro aburrimiento, se me había ocurrido llevar a cabo, jamás la hubiese descubierto.

Sin embargo, a medida que avanzaba la mañana, la grieta fue creciendo poco a poco, hasta que un mínimo rayo de luz se abrió paso tímidamente entre las tinieblas de la celda, dejándome confuso y también, por qué no confesarlo, algo maravillado. La abertura siguió creciendo; así, no tardó mucho en tener el tamaño suficiente para permitirme vislumbrar lo que existía allende los impenetrables muros: Primero fue el pasillo, en el que se alineaban, una tras otra, las innumerables celdas. Después, pude asomarme al patio, y también se veían con claridad, a pesar de la lejanía, las murallas, toscas y grisáceas, que delimitan la prisión, y a los funcionarios que custodian la entrada (Aunque lo lógico sería suponer que lo que tan celosamente guardan es la posible salida, puesto que nunca se oyó que impidiesen la entrada a nadie en este lugar).

Pero la grieta no cesaba de crecer, y ya podían verse a través de ella las calles cercanas, y los coches patrulla que constantemente rondan por los alrededores. Más allá, hacia el norte, levemente alejadas del gigantesco edificio, se veían las modernas casas de dos plantas que delatan la presencia de la Ciudad. En algunas ventanas, la ropa pendía de los tendedores secándose al sol. En otras, había rostros asomados, mujeres aún jóvenes conversando despreocupadamente, niños entregados a juegos inconcebibles desde este lado del muro, hombres silenciosos contemplando el horizonte, formando el centro de un decorado multicolor que se extendía hacia el centro... Todavía más lejos, nacían otros barrios, igualmente animados y bulliciosos; la Ciudad entera se estaba abriendo a mis ojos mientras la grieta seguía creciendo y creciendo. Ya no era sólo la Ciudad, sino toda la comarca, lo que se extendía allá afuera; todo el valle con sus numerosos pueblecitos, y también las sierras, y más allá de todo la gran cordillera, siempre flanqueada por vaporosas nubes y coronada por un destello blanco. No tardé mucho en abarcar, por la creciente rendija, todas las provincias, los ríos, los innumerables prados, los campos repletos de espigas; un poco más y otros países cercanos fueron mostrándome sin pausa sus vastas maravillas. Muy pronto, hasta las más remotas regiones del planeta habían desfilado ante mis ojos.

Creí entonces que la rendija ya se había ensanchado lo bastante como para poder deslizarme por ella hacia la tan ansiada libertad y corrí hacia la luz que lo inundaba todo. En ese preciso instante se cerró por completo, de forma tan brusca como silenciosa, y mi cuerpo lanzado chocó contra la frialdad del muro. No sé si fue por la impresión del violento impacto, pero en medio de la recién restaurada oscuridad me pareció escuchar una voz que decía:

- Esta rendija era sólo para tus ojos. Ahora conoces el mundo exterior. Acceder a él no ha de ser, sin embargo, tan simple.

- Pero ¿qué debo hacer? - pregunté en un gemido - ¿Cuál es mi delito?¿Cuál la pena que debo cumplir?¿Cuándo podré ser libre si es que la libertad no es sólo un sueño...? - preguntas infinita e inútilmente formuladas, que ahora tampoco iban a tener respuesta. La pared volvía a ser un enemigo pétreo e insondable. Tan sólo podía escucharse el eco de mi voz angustiada multiplicándose por todas las esquinas como una burla cruel, como un mal estribillo.

          

Celda

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