Página personal del poeta
Sergio Borao Llop


ARAÑAS

Arriba, en el rincón formado por el techo, la pared que da al norte y la oriental, justo encima del catre, hay desde hace unos días una telaraña, en la que habitan, según he podido comprobar, dos arañas. Por romper un poco la monotonía de las infinitas horas, en ocasiones les hablo, pero nunca se molestan en responderme. Esto resulta comprensible, si tenemos en cuenta su posición y la mía. Ellas están ahí arriba, en lo más alto, en el lugar que, por naturaleza, les corresponde. En cambio, yo estoy aquí, aferrado al suelo, del que, por más que lo intente, no me es posible despegarme. Así pues, existe entre ellas y yo una distancia que, aun imperceptible, es mayor que los tres o cuatro palmos que nos separan físicamente. Por otra parte, aunque no existe seguridad alguna al respecto, ellas están ahí por decisión propia, del mismo modo que podrían haber elegido otra celda o incluso, si hacemos caso de ciertos rumores, cualquier lugar en el exterior (sea lo que sea lo que se pretenda definir con esa palabra).

Sin embargo, y a pesar de habitar planos diferentes, en rigor puede decirse que convivimos. Esa convivencia tiene sus curiosidades: Una noche, entre sueños, sentí sobre mi cuerpo el minúsculo peso de sus patitas, cuyo contacto, por inesperado (y acaso también por ese efecto algo onírico que suele provocar el duermevela), me pareció delicioso. A la mañana siguiente, al despertar, pude notar sobre mi epidermis dos puntitos rojizos, que no me fue difícil identificar como picaduras. De nuevo intenté hablar con las arañas, pero ellas, ahora que los vapores de la noche se habían disipado, seguían obstinándose en su silencio arrogante. No obstante, su aparente indiferencia ya no me importa, pues ha nacido, entre ellas y yo, un vínculo secreto que me llena de una incomprensible alegría. Y su compañía me consuela en las noches insomnes en las que finjo dormir.

          

Celda

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