Página personal del poeta
Sergio Borao Llop

 

POEMAS A CUATRO MANOS

 Con Mariela

 Con Dana

 Con Daniel

 Con Pato

Con Mariela

Amor, amor, amor... ¿por qué no estás cuando te busco?
¿Por qué no puedo convocar tus labios
y amarrarme a su dulce sortilegio
en un beso interminable que me incendie?

Amor, ¿por qué las noches son tan largas en tu ausencia?
¿Por qué no amanece en mi alma cuando sale el sol?

¿Por qué el crepúsculo se tiñe de agonía
cada vez que el silencio me responde
cuando ausculto las mareas en busca de tu voz?

¿En qué ignoto rincón de tus días
quedó sumergida la tarde?

Hoy llueve y la noche me sabe a hiel.
El tiempo es sólo un aletear de párpados
buscando el horizonte en el que no estás.

Hoy llueve y la noche es un desierto
sin tus huellas marcadas en la arena.

Amor ¿dónde se esconde el tiempo azul de la ternura?
¿Cuál será la lluvia que despinte de adioses la luna?



Ausencia

Gotas que humedecen los silencios
y surcan los cristales tristes
de las habitaciones que te nombran
invocando el recuerdo de otras horas.

Tiempo fugaz, rescatado de la lluvia,
canciones de otras voces
                                que en el pasado esperan
la llamada febril de la memoria
                                              que las salve del ayer.

En las tardes de lluvia perenne
escucho tu voz,
                      tus latidos,
                                      tus pasos
que habitan el corazón desnudo de la casa
                                                        hiriéndome de ausencias.



De ese rostro que me mira en silencio
sólo veo los ojos que me duelen,
los párpados que pesan como un velo,
las pupilas brillantes de amargura
y la sombra cetrina que lo envuelve.

¡Ay, mirada de sueños consumidos!
¡Ay, centellas yacentes, apagadas!
No clavéis en mi pecho los puñales
de las horas insomnes sucedidas.
Que es imposible desandar caminos
y los trenes no vuelven, no regresan.

¡Ay, ojos, tristes ojos que me hieren,
me matan desde el fondo del espejo!


Duelo

Sus negras manos ensombrecen mis sueños
y la luna se hace fría entre sus labios.
Ya sus heraldos vistieron de tiniebla
el rostro de la luz que atardecía
cuando sus pasos alcanzaron mi silencio...

Pero mi cuerpo pálido ya la estaba esperando
sumergido en el blanco de las sábanas.
Mi piel no se ocultaba a sus caricias,
mis inmóviles mejillas recibían
la cruel escarcha de su beso helado.

Y en la noche profunda y clara
mis pupilas se encontraron con sus ojos pétreos
y un instante tan sólo
                                nos miramos.



Olas dormidas

Las olas duermen su sueño de otoño.
Dicen que el mar las condenó al silencio
cuando el viento partió hacia otros destinos...

Detenidas en la calma de su exilio,
se ondulan tristemente
y mueren sin murmullo en las orillas.

Mas una voz repite que la primavera ha de llegar
con aromas de nostálgicos amores
a devolver el canto de sirena
a las olas verdes rumorosas
que han de estallar de nuevo entre los riscos
en un jolgorio de música y espuma.

Entonces, escucharemos juntos su risa suave
mientras se consume la tarde dorada.



Con Dana


La lluvia melancólica que cae
sobre el verde tapiz de los jardines,
infecta la dermis de esta tierra
que se planta inerte sobre el valle.

Va rodando ante los ojos asombrados
una suave cortina de metálicas gotas,
lentas, indiferentes, monocordes.
Como detenidas en el tiempo.

Y nada
                sucede.

 


Con Daniel


Llegué con los hábitos
de habitar en ti
con los tributos de la noche
en los brazos, y los ojos
sembrados en las esquinas
de mis lamentaciones y fracasos.

Llegué sin condiciones,
con las manos sedientas
y el pecho enfebrecido de vigilias,
con el mar por sandalias
y una turba de pájaros por alma.

Comencé a sembrar con retratos
tu indiferencia en las rocas
y edifique imágenes de arena
en tu lengua hasta alcanzar tus pupilas.
Con imaginación una letra
detenida en tus calles exóticas.

Se deslizó la sangre de mi pluma
emborronando el cielo blanquecino.
Cayeron entre opacos estertores
todas las máscaras de antaño.
En esa hora, se abría el horizonte...

Y sentí que se tragaba mis lágrimas
dejando inmutables caminos
con huellas verticales
entre cadenas fosforescentes de buitres
que aúnan sus cantos secos
con claves al viento
y con baba perros lloran cenizas.

 


Con Pato


Galopando esperas

En la cornisa de la soledad
llueve un rostro,
                          silencio...
Uno emite un graznido
que se parezca a una sonrisa.

Y se queda esperando una respuesta,
un mínimo sonido que confirme
la realidad de esa presencia,
un simple gesto...

Como arrugar un papel,
agitar las manos,
jugar con la cucharita de café,
parpadear la emoción...

O simplemente encender una cerilla
que disipe este encantamiento,
y percibir la imagen reflejada
en la cortina de los sueños.

Y saberse uno entre herraduras
galopando esperas,
agitando en la memoria
los riesgos de un beso.