El Ebro Aragones: Las Tierras del Bajo Aragon. Del Monasterio de Rueda a Mequinenza y Fayón. Aragon  
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El Ebro Aragones: Las Tierras del Bajo Aragon. Del Monasterio de Rueda a Mequinenza y Fayón. Aragón.



El Monasterio de Rueda


El Monasterio benedictino de Nuestra Señora de Rueda de Ebro -o mejor dicho, lo que de él queda en pie- es uno de los lugares más tristemente hermosos, o hermosamente tristes, de cuantos pueden visitarse a lo largo del largo curso de nuestro río. La desamortización de 1835 arruinó de un plumazo casi siete siglos de vida monacal, desperdigándose entonces su rico patrimonio mueble y ornamental, al tiempo que el edificio y todas sus dependencias entraban en un progresivo proceso de deterioro y abandono, sólo en parte paliado por una menguada restauración, más bienintencionada que eficaz y suficiente.
Este monasterio cisterciense, que debe su nombre a la gran noria o rueda de la que se servía el amplio territorio agrícola de la comunidad religiosa y que se arruinó, por increíble abandono, hace tan solo unos años, fue fundado en el año 1202 y tubo desde sus inicios un amplísimo predicamento patrimonial sobre unas 35 localidades de la comarca y aun de otros lugares de Aragón. Fundamentada su economía sobre el sistema típicamente cisterciense de explotación de granjas, el monasterio -cuyo templo fue iniciado en el año 1226- alcanzó pronto gran notoriedad económica, siendo uno de los primeros monasterios en importancia para la casa matriz de la orden en el condado de Toulouse.
En la fábrica actual del monasterio se da una superposición de épocas y estilos, correspondiendo la parte más antigua al refectorio, el calefactorio, la cocina y las dependencias dedicadas al noviciado, situado todo ello en el ala sur del edificio. Allí existió una primera capilla monacal, puesta bajo la advocación de San Pedro, y que desapareció en el transcurso de unas obras posteriores. La iglesia del monasterio se concluyó alrededor del año 1238 tras unos trece años de obras. Las obras del claustro debieron de ser más lentas, puesto que, iniciadas -junto a las de otras dependencias, como la biblioteca o la sala capitular- hacia 1256, no se concluyeron hasta la primera mitad del siglo siguiente (año 1340), fecha en la que se debió construir la fachada del templo que da a la gran plaza de acceso, en la que se hallaba la hospedería y el plalacio de los abades. A lo largo del siglo XVI se realizaron obras de ampliación y mejora del monasterio, siendo precisamente estas las que se hallan, en general, en peor estado de conservación. La torre, de estilo mudéjar y en precario estado, se levantó en el siglo XVII.
La parte mejor conservada, como decimos, y la más interesante, es la más primitiva del recinto. Muy hermoso, curioso y recoleto es el refectorio, situado en el ala meridional del monasterio y al que se accede a través de una bella puerta moldurada. Bajo la bóveda de medio cañón, y encaramado en el muro de la pieza, se conserva aún el púlpito, con una curiosa escalera abierta en el muro y apoyado sobre una gran ménsula. La escalerilla está jalonada por arquería apoyada sobre columnas rematadas por sencillos pero bonitos capiteles. Abierta también al bello y espacioso claustro se halla, asimismo, la sala capitular, con una hermosa entrada y espaciosos vanos para ganar luz, decorados con arcos dentados con puntas de diamante. En el centro del claustro permanece aún el pozo y junto a él, la gran cisterna de la comunidad, bastante numerosa a juzgar por los moradores del monasterio en el momento de la exclaustración: 30 monjes y unos cuarenta servidores, entre legos y criados. La otra pieza de interés es la zona destinada al noviciado, del gótico primitivo, con curiosos y robustos pilares sobre los que descansa la bóveda de crucería.
El conjunto se cierra al norte por la iglesia abacial, de tres naves de cinco tramos, sin crucero y con el ábside plano. La única capilla abierta a las naves albergó, entre otras, la tumba del que fuera Justicia de Aragón Juan Gil de Tarín, fallecido en 1290. En la fachada que da a la plazuela de acceso se labró, durante la reforma del siglo XV, un bonito rosetón. Poco es lo que queda como decimos, de la ornamentación interior del templo. El magnífico retablo mayor, una excelente obra plateresca tallada en alabastro por los maestros de la escuela de Damian Forment, se trasladó tras la exclaustración a la iglesia parroquial de Escatrón, donde, por razones de espacio, se sacrifico parte del majestuoso basamento.
Antes de abandonar el Monasterio de Nuestra Señora de Rueda de Ebro merece la pena acercarse un momento hasta las orillas del río para comprobar el titánico esfuerzo de los monjes-granjeros para construir el azud, la caja de la rueda y el acueducto (todo ello hoy prácticamente arruinado) para llevar el agua hasta el último rincón de aquel terreno, ayer cultivado con primor y hoy reseco y abandonado al silencio y a la profunda tristeza.

Las riberas del Mar de Aragón: Chiprana y Caspe


A partir de Escatrón y ya en la carretera comarcal que conduce a Caspe, observará el viajero que el Ebro, cuyo cauce se encajona aún más en el fondo de los amplios y bellísimos meandros, comienza a remansar paulatinamente sus aguas. Y es que aquí comienza la cola del embalse de Mequinenza, también llamado, de un modo ciertamente enfático, el Mar de Aragón -sabida es la preocupación constante de los reyes aragoneses por conseguir una siempre frustrada salida al Mediterraneo-. Es este, con sus 1.530 millos de metros cúbicos, uno de los mayores embalses de España y fue construído, en el año 1966, para la producción de hidroelectricidad. Desde la presa -levantada aguas arriba de la localidad zaragozana de Mequinenza (sobre la que más adelante volveremos)- a la cola tiene más de 100 kilómetros de longitud y las aguas embalsadas anegaron buena parte de la rica huerta de Chiprana y Caspe.
A unos 20 kilometros de Escatrón, recortando su añeja silueta sobre las tranquilas aguas del Ebro, se levanta la villa de chiprana, lugar en el que los arqueólogos han sacado a la luz parte de lo que debió ser un importante centro agrícola para los romanos y un estratégico puerto fluvial para los navegantes por el Ebro. Las huellas de todo ello son hoy rastreables en el yacimiento arqueólogico de la Dehesa de Baños y, sobre todo, en lo que queda del Mausoleo romano que, en curiosa disposición, es visible incrustado en el muro de la ermita de la Virgen de la Consolación. Por su parte, la iglesia parroquial, de corte barroco-neoclásica, debio de construirse sobre una primitiva fábrica del siglo XIII, aunque los elementos góticos no son hoy practicamente rastreables.
A siete kilómetros de Chiprana, en la conjunción del Guadalope con el Ebro, se halla la histórica ciudad de Caspe, centro capital, junto a Alcañiz, de las tierras del Bajo Aragón. En el transcurso del primer milenio antes de cristo, la zona fue intensamente poblada, a juzgar por las numerosas huellas de humanización rastreables en casi todos los cabezos o altozanos de la comarca, con un primer estadio cultural indoeuropeo y el posterior asentamiento, hacia la mitad del milenio, de pueblos con una cultura netamente mediterranea. Hacia el siglo II a.C., se inició la romanización en profundidad de la comarca, fundamentada, esencialmente, en la explotación agrícola de sus bien irrigadas tierras. Del dilatado paso de Roma por estas tierras del Ebro sobrevive hoy el majestuoso mausoleo de Miralpeix, trasladado al centro urbano cuando se construyó el embalse de Mequinenza. Aunque bastante deteriorado en su estructura, el mausoleo presenta más o menos bien definidos sus dos cuerpos, el inferior dedicado a cripta y el superior reservado a las ofrendas.
Desde los inicios de su reconquista para los cristianos por Alfonso II de Aragón, en el año 1169, Caspe pasó a ser una importante encomienda de la orden militar del Hospital de Jerusalem, quien construyó una solida acrópolis en el entorno del hoy llamado barrio de La Muela, donde se levanta la Colegiata de Santa María y lo que resta del castillo de la orden, entre el templo y el fuerte extraplomo que cae sobre el antiguo cauce del Guadalope. Pero cuando el nombre de la ciudad traspasó holgadamente los límites locales fue en el año 1412, fecha en la que tuvo lugar el célebre Compromiso de Caspe. Por él, y tras la muerte sin sucesión del Rey Martín I el humano, los compromisarios de los cuatro reinos que componían la Corona de Aragón, eligieron -con fuertes influencias del papa aragonés Benedicto XIII y del valenciano San Vicente Ferrer- al pretendiente castellano, Fernando de Trastámara, como monarca de la Corona.
A su privilegiada situación geográfica unió Caspe el beneficio de una importante comunidad morisca, responsable, hasta su expulsión a principios de siglo XVII, de los antiquísimos y sólidos sistemas locales de irrigación, en buena parte arruinados con motivo de la construcción del pantano de Mequinenza. Situada en las proximidades del Maestrazgo, la comarca sufrió notablemente los efectos de las guerras carlistas, y durante la Guerra Civil fue sede de una curiosa experiencia colectivista -que llego a emitir papel moneda propio-, además de residencia efímera del Gobierno de Aragón, órgano local ejecutivo del bando republicano. En marzo de 1936, en Caspe se redactó y aprobó el Estatuto de Autonomía de Aragón que, a diferencia de lo que ocurrio en otras comunidades, no llegó a entrar en vigor estable al estallar, poco después, la contienda civil.
Restaurada con aceptable fidelidad, la colegiata ofrece al visitante su bella portada occidental, de la que en 1936 desaparecieron las esculturas que bajo dosel estaban adosadas a las jambas, conservando, sin embargo, sus elementos primitivos fundamentales. El interior es de tres naves de cinco tramos, con un curioso crucero de dos tramos. A ellos se abren las capillas de la Veracruz -que custodió un rico relicario de amplia devoción por parte de los caspolinos- y la del Rosario. Los ricos retablos y la imaginería desaparecieron en el transcurso de la Guerra Civil. El templo custodia también -hoy está depositado fuera de la iglesia- el llamado cáliz del Compromiso, con el que, según la tradición, se celebró misa el día de la proclamación de Fernando de Trastámara como rey de Aragón.
En el exterior, en la cabecera de la colegiata se levantan las piedras supervivientes del que fue castillo de la baylía, construido en el siglo XIV y que fuera testigo de las sesiones del histórico Compromiso. Es este el verdadero castillo de Caspe y no, como puede creerse a primera vista, el edificio que se levanta en el altozano de Monteagudo, que no es otra cosa que un fuerte decimonónico - denominado Fuerte de Salamanca, en honor del general que ordenó su construcción en 1873-, erigido en el transcurso de la segunda guerra carlista.
El resto de los lugares de interesante visita son la ermita románica de Nuestra Señora de Horta que en 1973 fue trasladada de su primitiva ubicación junto a las orillas del Ebro al casco de la ciudad- la Plaza Mayor (con dos notables edificios en su entorno: la Casa Consistorial y, sobre todo, la casa/palacio de Barberán, del siglo XVII), la primitiva Casa del Concejo -en la que se supone nació el santo local San Indalecio- y el mencionado Fuerte de Salamanca, así como las recoletas calles del barrio antiguo de la localidad.

Mequinenza y Fayón


A partir de Caspe, el Ebro comienza a adentrarse ya por las primeras estribaciones de la Cordillera Costero-Catalana, con lo cual la ruta, tanto la fluvial como la terrestre, comienzan a complicarse notablemente. Existe una carretera que, partiendo de Caspe, enlazará en su día con Mequinenza a través de la Sierra de los Rincones, pero que hoy se halla totalmente impracticable. Así es que, para seguir el curso del Ebro, lo único que puede y debe hacerse es continuar por la comarcal 221 hasta Maella y, allí, tomar la local que, por el Alto de los Autos, conduce hasta Fayón, aún en territorio aragonés.
No es esta ruta una autopista, precisamente y a un endemoniado trazado y mediano estado del pavimento une la carencia de núcleos importantes de población, por lo que la recomendación especial para este tramo es que el automovilista se provea de carburante necesario, o al menos el necesario para no tener problemas en un territorio en el que, por otra parte, la circulación es muy escasa.
Por Maella -cuna del insigne escultor aragonés Pablo Gargallo- se toma, a mano izquierda, la carretera que, por encima del valle del Matarraña, enlaza con la comarcal que une Fraga con Mequinenza. A escasos kilómetros de Maella el viajero se topará, a mano derecha, con el desvío a Fabara, desvío que aconsejamos tomar para acercarse el viajero hasta el bellísimo mausoleo romano, que se halla al borde de un camino de tierra que parte, a mano izquierda, antes de entrar en la localidad.
De nuevo en la ruta, y a través de un paisaje ya típicamente mediterraneo -el almendro y el olivo son ya aquí los cultivos dominantes, así como algo de vid- la carretera conduce hasta Fayón, última localidad aragonesa del curso del Ebro. Unos diez kilómetros antes de Fayón verá el viajero, a mano izquierda la carretera que lleva a Mequinenza, un pueblo de nueva construcción pero que guarda, al pie de su imponente castillo, el recuerdo imperecedero del viejo caserío, hoy convertido en un patético amasijo de ruinas. Se se decide hacer un pequeño esfuerzo complementario -diez kilómetros de una carretera algo dura y complicada- se beneficiará el viajero de la vista a un lugar ciertamente interesante por varias razones.
Si media un cierto interés por los temas hidráulicos, tendrá el visitante ocasión de ver la imponente presa del embalse, erigida prácticamente en la cola del embalse de Ribarroja, que fue, contra lo que comúnmente se cree, el causante del anegamiento de las poblaciones de Mequinenza y Fayón. También tendrá el visitante la ocasión de contemplar, desde la imponente altura del castillo, la magnífica vista de la fusión del Cinca/Segre con las aguas del Ebro, las tierras que fueron escenario de la decisiva batalla entre Julio Cesar y las tropas de los lugartenientes de Pompeyo.
Aunque hoy el magnifico castillo de Mequinenza es propiedad de la empresa hidroeléctrica que construyo la presa -y que, obligado es decirlo, restauró a su costa y con notable acierto la imponente obra fuerte- debe quizá hacer el viajero la tentativa de que le sean mostradas sus dependencias, hoy reconvertidas en confortables estancias. Fue el castillo de Mequinenza un importante enclave defensivo del Ebro, en su tránsito entre la Depresión y su bajo curso. Es tradición que los cartagineses tuvieran aquí una de sus más importantes factorías de fabricación de vidrio y los árabes -a quienes se atribuyen los más esplendorosos siglos de vida de la localidad- fortificaron el enclave conscientes del valor estratégico del lugar.
Pero quien mejor vislumbro esta componente estratégica de la zona fue, sin duda, Julio César que, precisamente aquí, en el amplio triángulo que forman la confluencia del Cinca y el Segre por Granja de Escarpe y las llanuras de Lérida, libró su decisiva batalla contra Afranio y Petreyo, lugartenientes de Pompeyo y de cuyas vicisitudes da cumplida y pormenorizada cuenta el propio César en su interesantisima Guerra Civil.
El nuevo poblado de Mequinenza carece de todo interés artístico, si bien el lugar se halla muy frecuentado por los piragüistas atraídos por las excelentes condiciones de su campo de regatas. Aunque seriamente afectadas por la construcción del embalse, permanecen en explotación algunas de las numerosas y fértiles minas de carbón, que en su día fueron el soporte económico esencial de esta comarca hoy en franca y progresiva regresión.
Si el viajero ha visitado Mequinenza, lo que debe hacer es regresar de nuevo a la comarcal que enlaza Maella con Fayón. Unos 11 kilometros de ruta le llevará a Fayón, una localidad que, como Mequinenza, ha perdido todo su tipismo y sus señas de identidad al tener que asentarse sus habitaciones sobre un impersonal poblado nuevo de nulo o muy escaso interés. Sí lo tiene, en cambio, encaramarse hasta la próxima ermita de El Pilar, desde la que se divisa la panorámica, a la vez imponente y sobrecogedora, del enorme embalse de Ribarroja que, un poco más abajo de la patética imagen de la torre de la iglesia parroquial emergiendo de las aguas sin resignarse a morir, recibe el caudal del último afluente del Ebro digno de consideración, el Matarraña.

Puedes realizar la navegación del Ebro en de Novillas a Utebo y por Zaragoza capital del valle del Ebro o desde Zaragoza a Escatrón.

Extraido del libro: Guía para viajar por el Ebro.
© José Manuel Marcuello Calvin



Municipios y otros conceptos en orden alfabético sobre Aragón

El Monasterio de Rueda ha restaurado su explendor te mostrarán un Aragón antiguo , base y cimiento de la realidad actual.

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Alrededores de la Ciudad de Huesca

PASEOS DE HUESCA.- La frondosidad y belleza de la tierra oscense, con sus huertas feraces envolviendo la ciudad, la anchura y majestad de sus horizontes y el bello perfil de las sierras cercanas dan plácido encanto a los alrededores y paseos que Huesca posee. En primer lugar, todas sus carreteras son bellas pistas, bajo las frondas de corpulentos árboles frecuentadas con verdaderas alamedas urbanas; las márgenes del río Isuela, con sus sotos y remansos y las frondas de la vega, proporcionan rincones de belleza y de paz. Circundado la ciudad por su lado Norte desde el puente de <<las Miguelas>> a la carretera de Barbastro, se encuentra el Paseo de Lucas Mallada: en su iniciación en el arranque de la carretera de Arguis, en plácida plazoleta, se levanta el monumento titular, el sabio geólogo, hijo ilustre de la ciudad, monumento sencillo pero simbólico, obra del artista oscense Ramón Acín. El paseo bordea el Isuela, dejando el viejo casco de la ciudad en la otra orilla con los restos desgastados de la muralla. Entre <<torres>> y casas de hortelanos, la frondosa alameda deja a la izquierda el <<Pueyo de D. Sancho>>, lugar tenido falsamente por el sitio en que el rey sitiador de Huesca recibió el saetazo que le ocasionó la muerte; deja los altozanos de los Mártires, y el gran y moderno hospital provincial con varios pabellones, para enlazar con la carretera de Barbastro y penetrar en la ciudad por Santo Domingo.

Otra hermosa alameda es el Paseo de la Estación, perfectamente urbanizado y convertido en jardín.

Desde la estación ferroviaria hacia el S (carretera de Grañén) se ha transformado es hermosa alameda llena de flores paralela a la calzada para terminar frente al cuartel <<del Batallador>> en los viveros municipales. Pero la más acertada reforma moderna de la ciudad, la constituye su Parque moderno (de Miguel Servet), uno de los más bellos jardines urbanos de España, con notable variedad de arbolado y flores, avenidas de sauces, rosaledas, parterres, estanques, sotos y pinares y dando frente a la bella barriada de <<chalets>>, arranque acertadísimo del ensanche moderno de la ciudad. (Avenida del General Franco). No lejos de él (por la carretera de Zaragoza) se encuentra el llamado << Parque de Deportes>>, con piscinas, tennis, pista, frontón, etc., y cerca el campo de futbol de Villa Isabel. Pero dejando estos paseos, propiamente urbanos de la ciudad, los puntos más interesantes de los alrededores de Huesca por su interés histórico y artístico y por la belleza de los lugares, lo constituyen el cinturón de ermitas cercanas:

ERMITA DE SAN JORGE

. - Saliendo de la ciudad por la carretera de Zaragoza, después de cruzar el paso a nivel de la vía de Ayerbe (y Canfranc), a la derecha, sobre un empinado cerro cubierto de frondosa pinarada.

HISTORIA. - Ermita dedicada al santo Patrón de Aragón, en gratitud a su milagrera intervención en la famosa batalla de Alcoraz, en la que las huestes de Pedro I, sitiadoras de la ciudad de Huesca durante mas de 20 meses, tuvieron que salir al encuentro de las fuerzas enviadas por el reyezuelo de la taifa de Zaragoza que venía en ayuda de los sitiados con huestes de algunos condes castellanos. La sangrienta batalla terminó con el triunfo del aragonés y la leyenda cuenta que se debió en gran parte a la intervención de un caballero de resplandeciente armadura que impuso el terror de su espada entre las filas islámicas y que tras el triunfo que llevaba consigo la rendición de la ciudad, desapareció, y un acompañante dio cuenta de ser San Jorge; desde entonces se le tuvo como Patrón del reino y el mismo escudo lo formó en adelante las cuatro cabezas de jefes moros que cortara su espada milagrosa (véase: Historia de Huesca, Alcoraz).

Dedicado a este recuerdo se levantó la ermita. Todo el campo que rodea el cerro se llama <<del Alcoraz>>, pero la ermita primitiva estuvo en distinto lugar, en el llano mas alejado de la ciudad que se llama Cuarte.

EXTERIOR: Debe ser visitada por el espléndido panorama que desde la ermita se contempla, con la ciudad de Huesca al frente, teniendo a sus pies el parque y el caserío moderno y escalonado en gradería casco antiguo hasta terminar en los viejos monumentos de la ciudad con la torrecilla del Instituto, las torres del Ayuntamiento y del Colegio de Santiago y la mole catedralicia, todo entre las feraces huertas del Isuela y teniendo por fondo, en primer término, las terrazas aluviales de la hoya, dominadas por las románticas ruinas de Montearagón, y en la lejanía los pichados de la sierra desde el pico de Guara, el famosos <<Salto de Roldán>> y el pico de Gratal, hasta perderse al occidente por las sierras de Loarre. Lugar muy ameno de paseo y frecuentadísimo en la romería del día de San Jorge (23 Abril)

IGLESIA. - De tres naves, en su parte exterior con arbotantes y pequeño campanario. Un pequeño atrio del S. XVIII, da paso al interior. Este es muy interesante por parecer pequeño ejemplo de la Catedral de Barbastro (gótico florido) con sus haces de columnas y sus cupulillas de crucería con florones y claves de buen gusto. Fue obra por 1555 de un maestro Domingo Almanzor, como reza la larga inscripción que corre por la cornisa del arquitrabe y que recuerda también la aparición milagrosa en lo más duro del combate. El retablo es obra mediana de la épica (estilo plateresco) de Juan Miguel de Urliens (por 1595) con policromía de Nicolás Jalón en 1603.

ERMITA DE Nº Sº DE SALAS. - Al sur de la ciudad: desde el Coso, descendiendo por la calle del Padre Huesca se llega a la plaza de D.ª Sancha, que recuerda a la hija de Alfonso VII el Emperador (de Castilla y León) que casó con el rey aragonés Alfonso II (hijo de D.ª Petronila y Ramón Berenguer IV) y por tanto el primer soberano común de Aragón y Cataluña. Dª Sancha que gran parte de su vida vivió en Huesca, reedificó el cercano Santuario de Salas, y en su vejez se retiró al Real Monasterio de Sigena, donde en olor de Santidad, murió en 1208, monasterio que había fundado y donde fue sepultada.

El fondo de la plaza lo ocupa el amplio caserón de Santa Clara, viejo convento de Clarisas o franciscanas.

Fue fundación, en 1262, de la reina D.ª Constanza, esposa del Rey Pedro III, y madre de tres reyes y dos reinas, entre ellas la gloriosa aragonesa santa Isabel de Portugal. Con las leyes desamortizadas de la época liberal, fue arruinado el edificio, y comprado al Estado por la Duquesa de Villahermosa, que volvió a cederlo a la comunidad de Clarisas.

Su templo no responde a la gloria de su pasado: es pobre, es de una sola nave y el interior con arcos fajones y cúpula en el presbiterio, plana con ornamentación geométrica; sin duda reformado todo en sucesivas restauraciones. Todos los retablos son del barroco amanerado: mayor, con lienzo de la muerte de María e imágenes de santos franciscanos. Los tres Laterales del mismo gusto (San Francisco, Ecce Homo y San Pascual Bailón).

En el interior del convento se guarda una interesante imagen gótica de la Virgen (s XVI), con curioso pedestal recubierto de cobre con dibujos.

Al salir de la ciudad por la carretera de Sariñena, se toma a la derecha un camino entre huertas regadas por las acequias del Isuela y a un kilómetro se encuentra el famoso santuario de la Virgen de Salas, uno de los más antiguos y de mayor veneración del antiguo reino de Aragón.

LEYENDA. - La tiene como todos los santuarios marinos de España; es fama que en este lugar de la vega de Huesca, hubo desde tiempos primitivos una ermita dedicada a Nª Sª de la Huerta. Según la leyenda en un incendio en la parroquia del pueblo de Salas Altas, la imagen milagrosa titular salió entre las llamas, viniéndose a postrar a este santuario oscense desde las márgenes del Vero en tierra de Barbastro, colocándose a la vera de la Virgen de la Huerta. Mediaron largos litigios entre el pueblo de procedencia y el ob. De Huesca, así como entre este y el prior de San Pedro el viejo, por creer estar comprendido el santuario dentro de heredades del famoso monasterio: al fin todo quedó dependiente de la mitra oscense.

HISTORIA. - Debió existir un antiguo santuario, pues en los últimos años del S. XII, la reina de Aragón Dª Sancha, mujer de Alfonso II, reedificaba la iglesia románica, ancha y majestuosa de tres naves, de la que solo resta la portada. Ya desde entonces aparece el nombre de Salas en las crónicas y en multitud de documentos demostrándose la veneración que se sentía en todo Aragón; las donaciones y privilegios de Pedro II, de Don Jaime y de la reina Doña Leonor, son testimonio de ello hasta llegar a Pedro IV que la declaró protectora y defensora de todos sus reinos peninsulares y mediterráneos, y quizá a esa predilección a la ciudad de Huesca la llevase a crear la Universidad Sertoriana. A pesar de lo cual en situación apurada tuvo que incautarse del tesoro del famoso santuario, pero una vez eliminado el peligro lo donó en compensación un retablo de plata (véase archivo de la Catedral. Así mismo algunos pontífices (Inocencio III, Inocencio IV, Nicolás III y clemente IX) concedieron gran número de indulgencias y los obispos oscenses también rivalizaron en la devoción a la virgen de Salas, tales como D. Juan de Aragón y de Navarra que reedificó la iglesia y levantó una hospedería para peregrinos (principio s. XVI) que terminó su sucesor Martín de Gurrea, algunos de cuyos mudéjares restan todavía. El Obispo Padilla (1730) levantó la iglesia actual. Finalmente muestra de la gran devoción de los reyes y de la popularidad en todo el ámbito peninsular del santuario de la Virgen de Salas, lo muestra las famosas Cantigas del Rey Sabio Alfonso X de Castilla y León. Que en 17 de ellas narra hechos portentosos de la Virgen milagrosa.

PORTADA. - Toda la fachada occidental es magnífico conjunto del románico Santuario, levantando por la reina Dª Sancha (por 1200). Formada la portada (interesante como tipo de románico-exuberante que anuncia la transición al gótico) por seis archivoltas semicirculares, cada una con adornos festeadas y dibujos geométricos y vegetales distintos, descansando sobre capiteles de flora tallada sin fustes de Columnas. Sobre ellas un mango rosetón con círculos adornados con puntas de diamante. El resto de la construcción es obra moderna (fines del s. XVIII) excepto la maciza torre románica, una curiosa ventana y una puerta cegada, que son restos de la edificación primitiva.

INTERIOR. - De una sola nave, espaciosa y crucero con bóveda esbelta con suntuoso gusto severo de su época (estilo neoclásico de fines del S. XVIII). Fue obra del arquitecto oscense José Sofí (véase: compañía. En el retablo mayor, la famosa imagen de la Virgen de Salas, grande escultura románica de primera mitad del Siglo XII, sentada llevando al Niño en la rodilla izquierda, bendiciendo y con el globo en la mano, toda ella dorada y policromada, con interesante pintura geométrica en el escabel. Es notable pieza y debió ser la imagen donada por la reina Dª Sancha. Junto a ella, la Virgen de la Huerta, de tamaño natural, de pie con el Niño; la cubre un manto de plata, de talla más rica (s. XIV).

ERMITA DE LOS MARTIRES.- Llamado así este lugar en recuerdo de las santas mártires mozárabes Nunila y Alodio, en lo alto de un cerro escarpado cubierto de esteparia vegetación; al otro lado del Río Isuela, cercano al llamado también <<Pueyo de D. Sancho>> por haber muerto allí el Rey Sancho Ramírez durante el sitio de la ciudad.

HISTORIA. - La Historia de estas dos santas nos las cuentan los éxitos de Eulogio y Alvaro, los santos mozárabes cordobeses de la España musulmana del s. IX: <<bellezas rosas que florecen entre espinas>> dice el primero respecto a ellas. Son figuras excelsas entre las que sufrieron el martirio bajo el gobierno de Abderramán II por 851. Hijas de matrimonio mixto, de musulmán y cristiana, tenían que seguir bajo pena de muerta la religión del padre. Nacidas en el cercano pueblo de Adahuesca, su madre las lleva en secreto al seno del cristianismo. Muerto el padre, disimularon cuanto pudieron su religión, pero llegó el momento en que tuvieron que comparecer ante el Cadí para aclarar sus creencias. Con firmeza confesaron su fe y a pesar de los suplicios no apostataron y al fin fueron decapitadas tras el cautiverio en las mazmorras de Alquézar. Sus cadáveres fueron expuestos en este alcor de Huesca para ser devorados por las aves de rapiña, pero ni los buitres se acercaron, mientras que, por el contrario, vagos resplandores iluminaban misteriosamente el lugar. El walí como mandó meterlas en un pozo cercano (véase calle del salvador página 75) donde los siglos más tarde fueron extraídas y llevados sus restos al monasterio de San Salvador de Leyre cuna y corte del primitivo reino pirenaico de Navarra y Aragón. Desde entonces entre los fieles de Huesca, fue venerado en este lugar, que algunos siglos después había de recoger el último suspiro de Sancho Ramírez al morir en su campamento mientras sitiaba la ciudad en 1095.
El Santuario. - Poco tiene de interés, salvo la evocación de estos dos hechos tan vinculados en la historia de Huesca. Sin embargo, en su retablo dedicado a las mártires, existe un bello Calvario con el crucificado, La Dolorosa, San Juan Evangelista, la Magdalena y Santa Catalina, de bella talla gótica por 1400. y algunos lienzos de escaso interés.
Cercano a la ermita un pequeño cementerio, recuerdo a los rebeldes republicanos fusilados en aquel lugar por su levantamiento de 1848.

En la hermosa vega del Isuela, aguas arriba de Huesca, yendo por la carretera de Arguis, en lugar amenísimo por sus hermosas huertas y alamedas y fuentes, y donde parece ser que en la alta Edad Media se extendía parte de la más vieja ciudad, se encuentran dos ermitas, la de Santa Lucía y la de Nuestra Señora de la Jara. Se llega a ella por la carretera dicha (en construcción los últimos tramos hasta la estación férrea de Sabiñánigo) y tras cruzar el puente de las Miguelas>> (moderno en situación del antiguo romano, cuyos arranques de arco aún se conservan) y dejando a la izquierda las huertas y <<torres>> que ocupan el lugar del antiguo convento de capuchinos (en una de las <<torres>> se conserva el aljibe Conventual); a 1 kilómetro, entre frondas, se halla Santa Lucía, pequeña ermita, objeto de veneración de una antigua cofradía, de estilo románico de una sola nave y con una imagen interesante de la Virgen con el Niño, talla del s. XII. La de la Virgen de la jara, está más lejana, sobre un pequeño otero a cuyos pies brotan fuentes de agua cristalina a la sombra de grandes álamos, objeto también de devoción de una cofradía, antiguamente llamada de los <<Ballesteros>> que dedicaban su culto a San Juan Bautista y a los mártires Juan, Paulo y Santa Eulalia de la Jara. No ofrece más interés artístico, excepto la imagen de la titular, la Virgen, talla de fines del s. XIV.

NUESTRA SEÑORA DE CILLAS. - Saliendo de la ciudad por la carretera de Francia, al coronar la cuesta del borde de la Hoya, como a tres kilómetros de la ciudad, se encuentra el Santuario de la virgen de Cillas.
En lugar risueño de hermosas fuentes (de efectos milagrosos, según fama en la comarca), donde parece que hubo granja romana y que más tarde existió poblado que algunos cronistas llaman Ciellas y de entonces data el Santuario que tendría su origen en antigua iglesia parroquial como parece demostrarlo las primicias que gozaba, la pila bautismal y el Sagrario que se conservan. Cercana a ella, entre chopera agradable, se encuentra la <<fuentesanta>>, donde se bañan los fieles el día de la víspera de San Juan en busca de curación de enfermedades, hoy higiénicamente instalado por obras recientes de la Cofradía. Esta fue fundada en tiempos del rey Juan I, el desventurado monarca que en los pocos años de su reinado buscó afanosamente su curación en las aguas milagrosas de Cillas. La cofradía tenía por costumbre el ir en procesión al famosos Santuario, todos descalzos, los últimos domingos de abril y octubre, pasando por la Catedral y por el arco pegado entonces al antiguo torreón del Alcázar, ahora Instituto. Hoy, la cofradía de cillas, tiene a su cargo el Santuario y el culto que en ella se celebra.
En este sitio tuvo lugar el encuentro en diciembre de 1930, de las tropas sublevadas en Jaca por los capitanes Galán y García Hernández, contra las que se mantuvieron fieles al Gobierno (guarnición de Huesca y columna de Zaragoza), que terminó con la desbandada de los rebeldes.
El edificio de tres naves, con vestíbulo, es obra del arquitecto oscense José Sofi, en 1774, del estilo neoclásico. Los retablos de la época carecen de valor, no así el primitivo (gótico del s. XV), conservando hoy en la cercana iglesia del pueblo de Chimillas y procedente de la derruida de San Martín de la capital. La titular (oculta por los mantos y joyas dentro de su camarín), es talla gótica del s. XIII, de mano ruda, pero expresiva.

NUESTRA SEÑORA DE LORETO (a 5 kilómetros). Saliendo de la ciudad por la carretera de Zaragoza, tras pasar ante el cementerio, a la izquierda, camino Vecinal de Cuarte, en cuyas proximidades se encuentra Loreto (hoy casa de labranza), junto a una gran laguna.

Historia. - Fue tradicionalmente considerado como el lugar donde los santos padres Orencio y Paciencia (padres de San Lorenzo mártir, y de San Orencio, ob. De Aux, poseían una quinta o casa de campo, donde nacieron y pasaron su infancia los famosos santos oscenses. Parece que desde la reconquista fue lugar ya venerado. Felipe II gran devoto del santo, pensó engrandecer aquel lugar y fundar un convento de agustinos calzados para lo que dedicó rentas donaciones en 1575. estando en las Cortes de Monzón mandó hacer un gran proyecto del futuro convento obra del arquitecto Jerónimo Segura Bocanegra, según diseño de J. Herrera, el famoso arquitecto de El Escorial, pero este proyecto no llegó a realizarse del todo y pasó más tarde al P. Malón de Chaide (el ilustre escritor místico). Más adelante el rey Prudente entregó a la casa los bienes confiscados a D. Martín de Lanuza, el último Justicia de Aragón, procesado por su defensa de las llamadas libertades aragonesas y por haber facilitado la fuga del exsecretario real Antonio Pérez. La Comunidad se trasladó a Loreto en 1583 y abandonó aquel lugar cuando al ser expulsados los Jesuitas ocuparon la <<compañía>>.

Interior. - Toda la parte del convento esta hoy transformada en casa de labor. Conservase bien la iglesia (1594-1777) cuya fachada es de estilo neoclásico con frontón y pequeño campanario. El interior es de tres naves con gran cúpula en el crucero separadas por pilastras. Los retablos y pinturas murales, como propias de una época de mal gusto, son muy medianos. El gran altar mayor es barroco con imágenes de los santos y hornacinas con reliquias. Lo más interesante es el coro, en lo alto, con sillería de talla con medallones de ángeles de buen cincel (fines del s. XVIII).

CASTILLO- ABADIA DE MONTEARAGON. - En la carretera de Huesca a Monzón (y Lérida y Barcelona) a 6 kilómetros de la ciudad, al remontar los bordes de la hoya oscense (<<estrecho de Quinto>>), tras cruzar el río Flumen, se toma a la izquierda el camino que conduce a las románticas ruinas del famoso Castillo- Monasterio de Montearagón.

Historia. - Enorme fortaleza levantada después de algaradas constantes por las huestes cristianas de Sancho Ramírez en las comarcas del Somontano como preludio a la toma de Huesca, la ciudad famosa que tanto añoraba y que representaba la llave de su reino y de las llanuras hacia el Ebro, que para Aragón era salir de la cuna pirenaica. Pensado en un apoyo necesario para el sitio y saqueo de la comarca (conforme el uso táctico de la época) el monarca aragonés en 1085 levantó este castillo- abadía de Montearagón, que había de ser un nuevo pilar en la cadena de grandes fortalezas que circundaban a Huesca (Alquézar, Loarre, Marcuello), siendo desde el principio centro de abastecimiento de sus huestes y a la par lugar de oración al Dios de los ejércitos. Dedicado a Jesús Nazareno y dado el carácter de fortaleza guerrera forma el mejor monumento a la constancia, valor y piedad del rey, verdadero paladín de la reconquista Aragonesa. Luego fundó un monasterio de canónigos- regulares de San Agustín, quizá trayendo algunos miembros del castillo- abadía de Loarre. Pronto el número de donaciones y privilegios fueron extraordinarios contándose hasta 96 las iglesias que sus derechos y rentas dependían el abad de Montearagón, que desde el fundador fueron aumentando hasta tiempos de Felipe III, con otros muchos privilegios concedidos por Bulas pontificias. Recuerdo de esta grandeza fue, como en siglos más tarde con parte de estas rentas desglosadas pudieron resucitarse los obispados de Barbastro y Jaca.

Y si en riqueza y esplendor fue ilustre la Real Casa de Montearagón, no lo fue menos en la serie de sus abades que ocupaban lugar preminente en las Cortes del Reino, poseían huestes propias y eran personas de las más allegadas al monarca. Abades de Montearagón fueron Berengario (hijo del I conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV). El infante D. Fernando (hijo de los reyes Alfonso II y Dª Sancha), el tercer hijo del rey Jaime, llamado por el gran número de dignidades que ostentaba <<el patriarca D. Juan de Aragón>>: también hijo bastardo del rey católico y otro infante. D. Alfonso, nieto de los Reyes Católicos. A estas glorias se unieron haber sido Montearagón lugar de reposo de los últimos reyes aragoneses de la dinastía navarra cuando fueron insensiblemente dejando la cuna y panteón del primitivo reino en San Juan de la Peña para venir a enterrarse en este famoso monasterio oscense. Así Sancho Ramírez, aunque más adelante fue llevado al monasterio pinatense. Así Alfonso el Batallador, donde durante siglos estuvo enterrado en este cenobio en sepulcro sostenido por seis columnas. Hoy desgraciadamente de todas estas grandezas históricas y artísticas no resta más que un montón de ruinas: las leyes desamortizadoras dejaron abandonados sus claustros, convirtiendo aquellos lugares santos en guaridas de maleantes. Pocos años después un voraz incendio acabó de consumir el abandono de los hombres. Al fin, tras casi un siglo de olvidos los restos gloriosos del rey Batallador fueron llevados a San Pedro el Viejo, algunos restos arqueológicos al museo provincial y el magnífico retablo de su iglesia (la dedicada obra de Gil Morlanes), se salvó pasando a la parroquia de la catedral.
Las ruinas. - Dignas aún de visitarse por el turista amante de la evocación histórica. Hoy forman una ingente mole de torreones medio desmoronados, murallas carcomidas, claustros derruidos y restos de una iglesia churrigueresca, en la que aún se conservan algunas lápidas abaciales. Lo más interesante sobre los fuertes muros es una curiosa puerta de tipo románico de principios del s. XII. La muralla es de sillería guarnecida con torres y dentro del recinto la gran torre del homenaje de planta cuadrada, con saeteras a sus lados, sirvió de campanario, aunque desmochada. La defensa de la fortaleza era con doble muralla una exterior, a modo de barbacana, y otra, la subsistente, entre las que se encontraba el paso de ronda. De la iglesia primitiva tan solo se conserva la cripta y parte de los muros que en el siglo XV fueron rehechos y adornados.- dice Quadrado- las generaciones venideras no se podrán imaginar que aquella fue una de las gloriosas casas de oración de España, levantada como de paso, durante los meses heroicos del sitio de una ciudad.


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