El Ebro Aragones: Las Tierras del Bajo Aragón.<br /> De Zaragoza a Escatrón.
Aragón es así

El Ebro Aragones: Las Tierras del Bajo Aragón.
De Zaragoza a Escatrón. Aragón.

Autor: José Manuel Marcuello Calvin Fecha: 7 de junio de 2021 última revisión

A partir de Zaragoza, el ebro va a ir acusando progresivamente la aridez que caracteriza a lo que fue la zona más oriental del antiquísimo mar interior de agua salada. Los afluentes se hacen más débiles y escasos, el clima se va haciendo paulatinamente mediterráneo y los suelos, en última instancia, más resecos e improductivos.

Podra observar el viajero cómo, a medida que avanza hacia el Bajo Aragón, la fertilidad del suelo queda prácticamente relegada a las cada vez más estrechas riberas del Ebro y a las menguadas vegas de sus afluentes por la derecha. Decimos por la derecha porque por la izquierda del Ebro no recibe ni un sólo río afluente hasta Mequinenza, donde avenan las aguas conjuntadas del Cinca y el Segre. Y entre el Gállego y el Cinca/Segre, el dilatado desierto de los Monegros, con su escasísima pluviometría anual, sus numerosas lagunillas saladas y sus casi constantes afloraciones de yesos y calizas.
Los últimos afluentes ibéricos de la margen derecha, aunque relativamente frecuentes, son de muy escaso caudal (Aguas Vivas, Martín, Guadalope y Matarraña) y sus vegas, excepción hecha acaso del Guadalope, de menguado y trabajoso cultivo. Ello no obstó, sin embargo, para que los pueblos prerromanos -sobre todo, los iberos- se sintieran fuertemente atraídos por esta zona, ni para que los romanos se dedicaran aquí, como en las Cinco Villas, al cultivo de grandes extensiones cerealistas.

Aunque el itinerario hasta los alrededores de Mequinenza puede cubrirse por ambas márgenes del Ebro, el camino recomendado es el que discurre por la derecha, tanto por correr más próximo al río como por estar jalonado de lugares de mayor interés. Para emprender esta ruta, el viajero debe tomar desde Zaragoza la nacional 232 con destino a Alcañiz y Castellón, conocida por los zaragozanos como carretera del Bajo Aragón. Es esta una carretera fácil y bonita, que cruza por pueblos de profunda tradición agrícola -son famosas entre los gastrónomos las cebollas de Fuentes de Ebro- y no muy lejos de lugares que alcanzaron merecido renombre histórico durante la Guerra Civil española, com Belchite.
El Burgo, Fuentes y Quinto ofrecen hoy a los arqueólogos la evidencia de la comentada preferencia de los pueblos prerromanos y, sobre todo, de los romanos, por estas tierras ribereñas del Ebro. También los árabes, mudéjares y moriscos cultivaron con esmero las huertas de ribera y dejaron su huella en el arte mudéjar de la zona, muy castigado durante la Guerra Civil española al ser esta la línea de fuego del trágico frente del Ebro.

A 42 kilometros de Zaragoza se halla Quinto de Ebro, donde la carretera nacional se separa notablemente del río y deberá tomarse la carretera local que corre junto al curso fluvial. No obstante, antes de acometer esta ruta, el viajero debe plantearse la oportunidad de continuar por la carretera nacional hasta la siguiente localidad, Azaila, para visitar el magnífico poblado prerromano-romano del Cabezo de Alcalá.
Al lugar se accede por la carretera que parte, a mano derecha, a la salida de la localidad (esta señalizado). A escasa distancia de la población, también a mano derecha, se yergue el cabezo o altozano donde se halla el yacimiento, hoy excavado en su práctica totalidad. Se trata, en realidad, de tres ciudades distintas en función de las épocas y las culturas diferentes de las que sus piedras fueron testigos. La vida de la ciudad abarca desde la Edad de Hierro (siglo XII antes de Cristo), con un tramo intermedio en el que el enclave fue un importantísimo baluarte estratégico y cultural del pueblo ibero.

Los análisis arqueológicos permiten concluir que los primeros pobladores del cabezo eran de origen indoeuropeo, con hábitos agrícolas y pastoriles y con el dominio de la técnica del hierro, aunque no de la cerámica de torno. El primitivo poblado no es bien conocido, aunque se supone giraría en torno a la disposición de las viviendas alrededor de una única calle central. Este poblado primitivo fue violentamente destruído en el transcurso de la segunda guerra púnica, hacia el año 218 a.C. No debió de tardar en reanudarse la vida, sin embargo, en el poblado a juzgar por los materiales arqueológicos encontrados, que demuestran una rápida restauración y mejora, con fortificación, de la ciudad por parte de un pueblo que presenta todas las características específicas de la cultura ibera. De esta época son los mejores y más interesantes materiales cerámicos que se conservan en el Museo de Zaragoza y que denotan el magnífico esplendor económico y cultural de la ciudad, que acuñó moneda de plata y bronce. En la última fase de vida de esta segunda ciudad se encuentran ya huellas de una progresiva romanización y que se interrumpen bruscamente con una nueva destrucción del poblado en el transcurso de las guerras entre Pompeyo y Sertorio (entre el 76 y el 72 antes de Cristo). Por último, la tercera ciudad fue de nuevo reedificada y notablemente fortificada, remodelándose el trazado de las calles tal y como hoy aparecen. Fue el momento álgido del asentamiento, desde el punto de vista económico, y los arqueólogos han podido determinar para esta época una rica vida social, industrial y artesanal. La gran cisterna, el monumental túmulo funerario, las dependencias públicas y, sobre todo, la pulcra urbanización del poblado -con calles jalonadas por amplias aceras- denotan la profunda romanización de la ciudad, que fue de nuevo y definitivamente arrasada tras la célebre batalla de Lérida, entre César y las tropas de Pompeyo, librada en el 49 antes de Cristo.

Concluida la visita al Cabezo de Alcalá, es preciso retornar de nuevo hasta Quinto para, sin llegar a la población, tomar la carretera local que parte, a mano derecha, en dirección a Gelsa y La Zaida. En esta ruta, el viajero debe estar atento, porque a unos dos kilómetros de marcha se halla el puente que, cruzando sobre el Ebro, conduce hasta Gelsa, distante otros 2 kilómetros del desvío. Una vez en Gelsa, se debe acometer el desvío que, a mano derecha, conduce, tras unos 5 kilómetros de ruta, hasta Velilla de Ebro.
En Velilla, en la parte dominante de la población, se hallan las ruinas -o si se prefiere, el yacimiento arqueológico- de la que fue, hasta la fundación de Zaragoza, la más importante colonia romana del Valle medio del Ebro: Iulia Victrix Lepida, fundada sobre la población íbera de Celse o Celsa (y de ahí el nombre de la próxima localidad actual de Gelsa).
Celse, fue un importante enclave íbero enmarcado en el amplio territorio de los ilergetes. Estrabón señala la existencia de un sólido puente de piedra sobre el Ebro, que los arqueólogos no han podido aún certificar, y debió constituir un importante puerto fluvial para los navegantes por el Ebro. Asimismo, debió de ser un notable nudo de comunicaciones terrestres, toda vez que allí confluía la calzada que unía Ilerda (Lérida) con el Valle del Ebro. Dados estos indudables atractivos del anclave, el triunviro Lepido fundó allí una importante colonia en el momento de romanización, en sentido ascendente, de las tierras del Ebro. Cuando Lépido cae en desgracia, la colonia pasa a ser denominada Colonia Iulia Victrix Celsa, languideciendo su antiguo esplendor vertiginosamente en favor de la recién fundada colonia Caesaraugusta (Zaragoza), en la segunda década antes de Cristo. Aun en fase parcial de excavación, el poblado ha mostrado a la luz importantes mosaicos romanos y algunos materiales cerámicos y muebles, que se hallan actualmente en fase de interpretación.

A la hora de reemprender la marcha siguiendo el curso del Ebro, el viajero debe armarse, a partir de aquí, de una cierta dosis de paciencia al tiempo que afina notablemente su sentido de la orientación. Hasta Caspe, la carretera no es precisamente ni fácil ni buena, si bien el atractivo del paisaje compensa con creces los inconvenientes del periplo. Aquí el Ebro inicia el curso más divagante de todo su recorrido al tiempo que el cauce comienza a encajonarse progresivamente en los materiales blandos de lo que fue un día el fondo del mar interior. El paisaje se hace notablemente contradictorio, con estrechas y feraces riberas jalonando las aguas del río mientras, unos metros más allá, por ambas orillas, el desierto monegrino enmarca, como queriendo asfisiarlo, el paso del Ebro. Es este, sin duda, un paisaje duro y exótico en el que cristaliza la paradójica grandeza del paso silencioso y casi estéril del río más caudaloso de España por la bisectriz de uno de los más desoladora de sus desiertos.
Y decimos casi y no totalmente estéril porque el sabio y paciente esfuerzo de los ribereños de la zona -herederos, a ciencia cierta, del tesón agrícola de árabes y moriscos- ha conseguido mantener viva la feraz huerta ribereña aun después de dejarse perder el ingente beneficio del increíble ingenio hidráulico de las norias o ruedas de Cinco Olivas o del Monasterio de Rueda. Cinco Olivas -que aún conserva en el Ebro el magnífico azud de derivación hacia la desaparecida noria-, Alborge y Alforque (de indudables resonancias árabes los dos últimos), adheridas a los amplios meandros que aquí comienza a dibujar el Ebro, son poblaciones eminentemente agrícolas en las que perviven los hábitos productivos de los moriscos.

De Velilla de Ebro, la carretera conduce directamente hacia Sástago, un enclave medieval que en su día fue señorío de don Blasco de Alagón en permuta obligada por Morella, villa que él había reconquistado personalmente. En el siglo XVI, la población pasó bajo el dominio de los Condes de Sástago, una de las siete Casas de Aragón. Durante la dominación árabe, Sástago fue un importante centro de fabricación de vidrio y, hasta épocas recientes, mantuvo viva la producción tradicional de cuchillos y navajas cuyas cachas eran fabricadas con el nácar extraido de los numerosos moluscos del Ebro. Asimismo, la localidad era conocida en todo el territorio circundante por la excelente factura del típico sombrero aragonés -hoy relegado a los valles altoaragoneses de Ansó y Echo- conocido también por el sobrenombre de gorro de medio queso.

Próxima a sástago se halla la localidad de Escatrón, otro importantísimo enclave medieval cuya vida social y económica se muestra profundamente alterada por la central termoelectrica instalada en la década de los 50 y que se abastece de los lignitos turolenses para la combustión y de las aguas del Ebro para su refrigeración. El poblado medieval ha quedado relegado a un segundo plano desde la construcción del nuevo poblado, elevado sobre el cauce del Ebro. Sin embargo, la vida económica y la historia del primitivo Scatro conoció una vida esplendorosa a lo largo de casi siete siglos, tiempo en el que la localidad ejerció el señorio sobre el influyente Monasterio de Rueda, situado frente a la localidad al otro lado del Ebro.

También puedes realizar la navegación del Ebro en de Novillas a Utebo y por Zaragoza capital del valle del Ebro o desde el Monasterio de Rueda hasta Fayón.

Extraido del libro: Guía para viajar por el Ebro.
© José Manuel Marcuello Calvin.



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Alrededores de la Ciudad de Huesca

PASEOS DE HUESCA.- La frondosidad y belleza de la tierra oscense, con sus huertas feraces envolviendo la ciudad, la anchura y majestad de sus horizontes y el bello perfil de las sierras cercanas dan plácido encanto a los alrededores y paseos que Huesca posee. En primer lugar, todas sus carreteras son bellas pistas, bajo las frondas de corpulentos árboles frecuentadas con verdaderas alamedas urbanas; las márgenes del río Isuela, con sus sotos y remansos y las frondas de la vega, proporcionan rincones de belleza y de paz. Circundado la ciudad por su lado Norte desde el puente de «las Miguelas» a la carretera de Barbastro, se encuentra el Paseo de Lucas Mallada: en su iniciación en el arranque de la carretera de Arguis, en plácida plazoleta, se levanta el monumento titular, el sabio geólogo, hijo ilustre de la ciudad, monumento sencillo pero simbólico, obra del artista oscense Ramón Acín. El paseo bordea el Isuela, dejando el viejo casco de la ciudad en la otra orilla con los restos desgastados de la muralla. Entre «torres» y casas de hortelanos, la frondosa alameda deja a la izquierda el «Pueyo de D. Sancho», lugar tenido falsamente por el sitio en que el rey sitiador de Huesca recibió el saetazo que le ocasionó la muerte; deja los altozanos de los Mártires, y el gran y moderno hospital provincial con varios pabellones, para enlazar con la carretera de Barbastro y penetrar en la ciudad por Santo Domingo.

Otra hermosa alameda es el Paseo de la Estación, perfectamente urbanizado y convertido en jardín.

Desde la estación ferroviaria hacia el S (carretera de Grañén) se ha transformado es hermosa alameda llena de flores paralela a la calzada para terminar frente al cuartel «del Batallador» en los viveros municipales. Pero la más acertada reforma moderna de la ciudad, la constituye su Parque moderno (de Miguel Servet), uno de los más bellos jardines urbanos de España, con notable variedad de arbolado y flores, avenidas de sauces, rosaledas, parterres, estanques, sotos y pinares y dando frente a la bella barriada de «chalets», arranque acertadísimo del ensanche moderno de la ciudad. (Avenida del General Franco). No lejos de él (por la carretera de Zaragoza) se encuentra el llamado «Parque de Deportes», con piscinas, tennis, pista, frontón, etc., y cerca el campo de futbol de Villa Isabel. Pero dejando estos paseos, propiamente urbanos de la ciudad, los puntos más interesantes de los alrededores de Huesca por su interés histórico y artístico y por la belleza de los lugares, lo constituyen el cinturón de ermitas cercanas:

ERMITA DE SAN JORGE

. - Saliendo de la ciudad por la carretera de Zaragoza, después de cruzar el paso a nivel de la vía de Ayerbe (y Canfranc), a la derecha, sobre un empinado cerro cubierto de frondosa pinarada.

HISTORIA. - Ermita dedicada al santo Patrón de Aragón, en gratitud a su milagrera intervención en la famosa batalla de Alcoraz, en la que las huestes de Pedro I, sitiadoras de la ciudad de Huesca durante mas de 20 meses, tuvieron que salir al encuentro de las fuerzas enviadas por el reyezuelo de la taifa de Zaragoza que venía en ayuda de los sitiados con huestes de algunos condes castellanos. La sangrienta batalla terminó con el triunfo del aragonés y la leyenda cuenta que se debió en gran parte a la intervención de un caballero de resplandeciente armadura que impuso el terror de su espada entre las filas islámicas y que tras el triunfo que llevaba consigo la rendición de la ciudad, desapareció, y un acompañante dio cuenta de ser San Jorge; desde entonces se le tuvo como Patrón del reino y el mismo escudo lo formó en adelante las cuatro cabezas de jefes moros que cortara su espada milagrosa (véase: Historia de Huesca, Alcoraz).

Dedicado a este recuerdo se levantó la ermita. Todo el campo que rodea el cerro se llama «del Alcoraz», pero la ermita primitiva estuvo en distinto lugar, en el llano mas alejado de la ciudad que se llama Cuarte.

EXTERIOR: Debe ser visitada por el espléndido panorama que desde la ermita se contempla, con la ciudad de Huesca al frente, teniendo a sus pies el parque y el caserío moderno y escalonado en gradería casco antiguo hasta terminar en los viejos monumentos de la ciudad con la torrecilla del Instituto, las torres del Ayuntamiento y del Colegio de Santiago y la mole catedralicia, todo entre las feraces huertas del Isuela y teniendo por fondo, en primer término, las terrazas aluviales de la hoya, dominadas por las románticas ruinas de Montearagón, y en la lejanía los pichados de la sierra desde el pico de Guara, el famosos «Salto de Roldán» y el pico de Gratal, hasta perderse al occidente por las sierras de Loarre. Lugar muy ameno de paseo y frecuentadísimo en la romería del día de San Jorge (23 Abril)

IGLESIA. - De tres naves, en su parte exterior con arbotantes y pequeño campanario. Un pequeño atrio del S. XVIII, da paso al interior. Este es muy interesante por parecer pequeño ejemplo de la Catedral de Barbastro (gótico florido) con sus haces de columnas y sus cupulillas de crucería con florones y claves de buen gusto. Fue obra por 1555 de un maestro Domingo Almanzor, como reza la larga inscripción que corre por la cornisa del arquitrabe y que recuerda también la aparición milagrosa en lo más duro del combate. El retablo es obra mediana de la épica (estilo plateresco) de Juan Miguel de Urliens (por 1595) con policromía de Nicolás Jalón en 1603.

ERMITA DE Nº Sº DE SALAS. - Al sur de la ciudad: desde el Coso, descendiendo por la calle del Padre Huesca se llega a la plaza de D.ª Sancha, que recuerda a la hija de Alfonso VII el Emperador (de Castilla y León) que casó con el rey aragonés Alfonso II (hijo de D.ª Petronila y Ramón Berenguer IV) y por tanto el primer soberano común de Aragón y Cataluña. Dª Sancha que gran parte de su vida vivió en Huesca, reedificó el cercano Santuario de Salas, y en su vejez se retiró al Real Monasterio de Sigena, donde en olor de Santidad, murió en 1208, monasterio que había fundado y donde fue sepultada.

El fondo de la plaza lo ocupa el amplio caserón de Santa Clara, viejo convento de Clarisas o franciscanas.

Fue fundación, en 1262, de la reina D.ª Constanza, esposa del Rey Pedro III, y madre de tres reyes y dos reinas, entre ellas la gloriosa aragonesa santa Isabel de Portugal. Con las leyes desamortizadas de la época liberal, fue arruinado el edificio, y comprado al Estado por la Duquesa de Villahermosa, que volvió a cederlo a la comunidad de Clarisas.

Su templo no responde a la gloria de su pasado: es pobre, es de una sola nave y el interior con arcos fajones y cúpula en el presbiterio, plana con ornamentación geométrica; sin duda reformado todo en sucesivas restauraciones. Todos los retablos son del barroco amanerado: mayor, con lienzo de la muerte de María e imágenes de santos franciscanos. Los tres Laterales del mismo gusto (San Francisco, Ecce Homo y San Pascual Bailón).

En el interior del convento se guarda una interesante imagen gótica de la Virgen (s XVI), con curioso pedestal recubierto de cobre con dibujos.

Al salir de la ciudad por la carretera de Sariñena, se toma a la derecha un camino entre huertas regadas por las acequias del Isuela y a un kilómetro se encuentra el famoso santuario de la Virgen de Salas, uno de los más antiguos y de mayor veneración del antiguo reino de Aragón.

LEYENDA. - La tiene como todos los santuarios marinos de España; es fama que en este lugar de la vega de Huesca, hubo desde tiempos primitivos una ermita dedicada a Nª Sª de la Huerta. Según la leyenda en un incendio en la parroquia del pueblo de Salas Altas, la imagen milagrosa titular salió entre las llamas, viniéndose a postrar a este santuario oscense desde las márgenes del Vero en tierra de Barbastro, colocándose a la vera de la Virgen de la Huerta. Mediaron largos litigios entre el pueblo de procedencia y el ob. De Huesca, así como entre este y el prior de San Pedro el viejo, por creer estar comprendido el santuario dentro de heredades del famoso monasterio: al fin todo quedó dependiente de la mitra oscense.

HISTORIA. - Debió existir un antiguo santuario, pues en los últimos años del S. XII, la reina de Aragón Dª Sancha, mujer de Alfonso II, reedificaba la iglesia románica, ancha y majestuosa de tres naves, de la que solo resta la portada. Ya desde entonces aparece el nombre de Salas en las crónicas y en multitud de documentos demostrándose la veneración que se sentía en todo Aragón; las donaciones y privilegios de Pedro II, de Don Jaime y de la reina Doña Leonor, son testimonio de ello hasta llegar a Pedro IV que la declaró protectora y defensora de todos sus reinos peninsulares y mediterráneos, y quizá a esa predilección a la ciudad de Huesca la llevase a crear la Universidad Sertoriana. A pesar de lo cual en situación apurada tuvo que incautarse del tesoro del famoso santuario, pero una vez eliminado el peligro lo donó en compensación un retablo de plata (véase archivo de la Catedral. Así mismo algunos pontífices (Inocencio III, Inocencio IV, Nicolás III y clemente IX) concedieron gran número de indulgencias y los obispos oscenses también rivalizaron en la devoción a la virgen de Salas, tales como D. Juan de Aragón y de Navarra que reedificó la iglesia y levantó una hospedería para peregrinos (principio s. XVI) que terminó su sucesor Martín de Gurrea, algunos de cuyos mudéjares restan todavía. El Obispo Padilla (1730) levantó la iglesia actual. Finalmente muestra de la gran devoción de los reyes y de la popularidad en todo el ámbito peninsular del santuario de la Virgen de Salas, lo muestra las famosas Cantigas del Rey Sabio Alfonso X de Castilla y León. Que en 17 de ellas narra hechos portentosos de la Virgen milagrosa.

PORTADA. - Toda la fachada occidental es magnífico conjunto del románico Santuario, levantando por la reina Dª Sancha (por 1200). Formada la portada (interesante como tipo de románico-exuberante que anuncia la transición al gótico) por seis archivoltas semicirculares, cada una con adornos festeadas y dibujos geométricos y vegetales distintos, descansando sobre capiteles de flora tallada sin fustes de Columnas. Sobre ellas un mango rosetón con círculos adornados con puntas de diamante. El resto de la construcción es obra moderna (fines del s. XVIII) excepto la maciza torre románica, una curiosa ventana y una puerta cegada, que son restos de la edificación primitiva.

INTERIOR. - De una sola nave, espaciosa y crucero con bóveda esbelta con suntuoso gusto severo de su época (estilo neoclásico de fines del S. XVIII). Fue obra del arquitecto oscense José Sofí (véase: compañía. En el retablo mayor, la famosa imagen de la Virgen de Salas, grande escultura románica de primera mitad del Siglo XII, sentada llevando al Niño en la rodilla izquierda, bendiciendo y con el globo en la mano, toda ella dorada y policromada, con interesante pintura geométrica en el escabel. Es notable pieza y debió ser la imagen donada por la reina Dª Sancha. Junto a ella, la Virgen de la Huerta, de tamaño natural, de pie con el Niño; la cubre un manto de plata, de talla más rica (s. XIV).

ERMITA DE LOS MARTIRES.- Llamado así este lugar en recuerdo de las santas mártires mozárabes Nunila y Alodio, en lo alto de un cerro escarpado cubierto de esteparia vegetación; al otro lado del Río Isuela, cercano al llamado también «Pueyo de D. Sancho» por haber muerto allí el Rey Sancho Ramírez durante el sitio de la ciudad.

HISTORIA. - La Historia de estas dos santas nos las cuentan los éxitos de Eulogio y Alvaro, los santos mozárabes cordobeses de la España musulmana del s. IX: «bellezas rosas que florecen entre espinas» dice el primero respecto a ellas. Son figuras excelsas entre las que sufrieron el martirio bajo el gobierno de Abderramán II por 851. Hijas de matrimonio mixto, de musulmán y cristiana, tenían que seguir bajo pena de muerta la religión del padre. Nacidas en el cercano pueblo de Adahuesca, su madre las lleva en secreto al seno del cristianismo. Muerto el padre, disimularon cuanto pudieron su religión, pero llegó el momento en que tuvieron que comparecer ante el Cadí para aclarar sus creencias. Con firmeza confesaron su fe y a pesar de los suplicios no apostataron y al fin fueron decapitadas tras el cautiverio en las mazmorras de Alquézar. Sus cadáveres fueron expuestos en este alcor de Huesca para ser devorados por las aves de rapiña, pero ni los buitres se acercaron, mientras que, por el contrario, vagos resplandores iluminaban misteriosamente el lugar. El walí como mandó meterlas en un pozo cercano (véase calle del salvador página 75) donde los siglos más tarde fueron extraídas y llevados sus restos al monasterio de San Salvador de Leyre cuna y corte del primitivo reino pirenaico de Navarra y Aragón. Desde entonces entre los fieles de Huesca, fue venerado en este lugar, que algunos siglos después había de recoger el último suspiro de Sancho Ramírez al morir en su campamento mientras sitiaba la ciudad en 1095.
El Santuario. - Poco tiene de interés, salvo la evocación de estos dos hechos tan vinculados en la historia de Huesca. Sin embargo, en su retablo dedicado a las mártires, existe un bello Calvario con el crucificado, La Dolorosa, San Juan Evangelista, la Magdalena y Santa Catalina, de bella talla gótica por 1400. y algunos lienzos de escaso interés.
Cercano a la ermita un pequeño cementerio, recuerdo a los rebeldes republicanos fusilados en aquel lugar por su levantamiento de 1848.

En la hermosa vega del Isuela, aguas arriba de Huesca, yendo por la carretera de Arguis, en lugar amenísimo por sus hermosas huertas y alamedas y fuentes, y donde parece ser que en la alta Edad Media se extendía parte de la más vieja ciudad, se encuentran dos ermitas, la de Santa Lucía y la de Nuestra Señora de la Jara. Se llega a ella por la carretera dicha (en construcción los últimos tramos hasta la estación férrea de Sabiñánigo) y tras cruzar el puente de las Miguelas» (moderno en situación del antiguo romano, cuyos arranques de arco aún se conservan) y dejando a la izquierda las huertas y «torres» que ocupan el lugar del antiguo convento de capuchinos (en una de las «torres» se conserva el aljibe Conventual); a 1 kilómetro, entre frondas, se halla Santa Lucía, pequeña ermita, objeto de veneración de una antigua cofradía, de estilo románico de una sola nave y con una imagen interesante de la Virgen con el Niño, talla del s. XII. La de la Virgen de la jara, está más lejana, sobre un pequeño otero a cuyos pies brotan fuentes de agua cristalina a la sombra de grandes álamos, objeto también de devoción de una cofradía, antiguamente llamada de los «Ballesteros» que dedicaban su culto a San Juan Bautista y a los mártires Juan, Paulo y Santa Eulalia de la Jara. No ofrece más interés artístico, excepto la imagen de la titular, la Virgen, talla de fines del s. XIV.

NUESTRA SEÑORA DE CILLAS. - Saliendo de la ciudad por la carretera de Francia, al coronar la cuesta del borde de la Hoya, como a tres kilómetros de la ciudad, se encuentra el Santuario de la virgen de Cillas.
En lugar risueño de hermosas fuentes (de efectos milagrosos, según fama en la comarca), donde parece que hubo granja romana y que más tarde existió poblado que algunos cronistas llaman Ciellas y de entonces data el Santuario que tendría su origen en antigua iglesia parroquial como parece demostrarlo las primicias que gozaba, la pila bautismal y el Sagrario que se conservan. Cercana a ella, entre chopera agradable, se encuentra la «fuentesanta», donde se bañan los fieles el día de la víspera de San Juan en busca de curación de enfermedades, hoy higiénicamente instalado por obras recientes de la Cofradía. Esta fue fundada en tiempos del rey Juan I, el desventurado monarca que en los pocos años de su reinado buscó afanosamente su curación en las aguas milagrosas de Cillas. La cofradía tenía por costumbre el ir en procesión al famosos Santuario, todos descalzos, los últimos domingos de abril y octubre, pasando por la Catedral y por el arco pegado entonces al antiguo torreón del Alcázar, ahora Instituto. Hoy, la cofradía de cillas, tiene a su cargo el Santuario y el culto que en ella se celebra.
En este sitio tuvo lugar el encuentro en diciembre de 1930, de las tropas sublevadas en Jaca por los capitanes Galán y García Hernández, contra las que se mantuvieron fieles al Gobierno (guarnición de Huesca y columna de Zaragoza), que terminó con la desbandada de los rebeldes.
El edificio de tres naves, con vestíbulo, es obra del arquitecto oscense José Sofi, en 1774, del estilo neoclásico. Los retablos de la época carecen de valor, no así el primitivo (gótico del s. XV), conservando hoy en la cercana iglesia del pueblo de Chimillas y procedente de la derruida de San Martín de la capital. La titular (oculta por los mantos y joyas dentro de su camarín), es talla gótica del s. XIII, de mano ruda, pero expresiva.

NUESTRA SEÑORA DE LORETO (a 5 kilómetros). Saliendo de la ciudad por la carretera de Zaragoza, tras pasar ante el cementerio, a la izquierda, camino Vecinal de Cuarte, en cuyas proximidades se encuentra Loreto (hoy casa de labranza), junto a una gran laguna.

Historia. - Fue tradicionalmente considerado como el lugar donde los santos padres Orencio y Paciencia (padres de San Lorenzo mártir, y de San Orencio, ob. De Aux, poseían una quinta o casa de campo, donde nacieron y pasaron su infancia los famosos santos oscenses. Parece que desde la reconquista fue lugar ya venerado. Felipe II gran devoto del santo, pensó engrandecer aquel lugar y fundar un convento de agustinos calzados para lo que dedicó rentas donaciones en 1575. estando en las Cortes de Monzón mandó hacer un gran proyecto del futuro convento obra del arquitecto Jerónimo Segura Bocanegra, según diseño de J. Herrera, el famoso arquitecto de El Escorial, pero este proyecto no llegó a realizarse del todo y pasó más tarde al P. Malón de Chaide (el ilustre escritor místico). Más adelante el rey Prudente entregó a la casa los bienes confiscados a D. Martín de Lanuza, el último Justicia de Aragón, procesado por su defensa de las llamadas libertades aragonesas y por haber facilitado la fuga del exsecretario real Antonio Pérez. La Comunidad se trasladó a Loreto en 1583 y abandonó aquel lugar cuando al ser expulsados los Jesuitas ocuparon la «compañía».

Interior. - Toda la parte del convento esta hoy transformada en casa de labor. Conservase bien la iglesia (1594-1777) cuya fachada es de estilo neoclásico con frontón y pequeño campanario. El interior es de tres naves con gran cúpula en el crucero separadas por pilastras. Los retablos y pinturas murales, como propias de una época de mal gusto, son muy medianos. El gran altar mayor es barroco con imágenes de los santos y hornacinas con reliquias. Lo más interesante es el coro, en lo alto, con sillería de talla con medallones de ángeles de buen cincel (fines del s. XVIII).

CASTILLO- ABADIA DE MONTEARAGON. - En la carretera de Huesca a Monzón (y Lérida y Barcelona) a 6 kilómetros de la ciudad, al remontar los bordes de la hoya oscense («estrecho de Quinto»), tras cruzar el río Flumen, se toma a la izquierda el camino que conduce a las románticas ruinas del famoso Castillo- Monasterio de Montearagón.

Historia. - Enorme fortaleza levantada después de algaradas constantes por las huestes cristianas de Sancho Ramírez en las comarcas del Somontano como preludio a la toma de Huesca, la ciudad famosa que tanto añoraba y que representaba la llave de su reino y de las llanuras hacia el Ebro, que para Aragón era salir de la cuna pirenaica. Pensado en un apoyo necesario para el sitio y saqueo de la comarca (conforme el uso táctico de la época) el monarca aragonés en 1085 levantó este castillo- abadía de Montearagón, que había de ser un nuevo pilar en la cadena de grandes fortalezas que circundaban a Huesca (Alquézar, Loarre, Marcuello), siendo desde el principio centro de abastecimiento de sus huestes y a la par lugar de oración al Dios de los ejércitos. Dedicado a Jesús Nazareno y dado el carácter de fortaleza guerrera forma el mejor monumento a la constancia, valor y piedad del rey, verdadero paladín de la reconquista Aragonesa. Luego fundó un monasterio de canónigos- regulares de San Agustín, quizá trayendo algunos miembros del castillo- abadía de Loarre. Pronto el número de donaciones y privilegios fueron extraordinarios contándose hasta 96 las iglesias que sus derechos y rentas dependían el abad de Montearagón, que desde el fundador fueron aumentando hasta tiempos de Felipe III, con otros muchos privilegios concedidos por Bulas pontificias. Recuerdo de esta grandeza fue, como en siglos más tarde con parte de estas rentas desglosadas pudieron resucitarse los obispados de Barbastro y Jaca.

Y si en riqueza y esplendor fue ilustre la Real Casa de Montearagón, no lo fue menos en la serie de sus abades que ocupaban lugar preminente en las Cortes del Reino, poseían huestes propias y eran personas de las más allegadas al monarca. Abades de Montearagón fueron Berengario (hijo del I conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV). El infante D. Fernando (hijo de los reyes Alfonso II y Dª Sancha), el tercer hijo del rey Jaime, llamado por el gran número de dignidades que ostentaba «el patriarca D. Juan de Aragón»: también hijo bastardo del rey católico y otro infante. D. Alfonso, nieto de los Reyes Católicos. A estas glorias se unieron haber sido Montearagón lugar de reposo de los últimos reyes aragoneses de la dinastía navarra cuando fueron insensiblemente dejando la cuna y panteón del primitivo reino en San Juan de la Peña para venir a enterrarse en este famoso monasterio oscense. Así Sancho Ramírez, aunque más adelante fue llevado al monasterio pinatense. Así Alfonso el Batallador, donde durante siglos estuvo enterrado en este cenobio en sepulcro sostenido por seis columnas. Hoy desgraciadamente de todas estas grandezas históricas y artísticas no resta más que un montón de ruinas: las leyes desamortizadoras dejaron abandonados sus claustros, convirtiendo aquellos lugares santos en guaridas de maleantes. Pocos años después un voraz incendio acabó de consumir el abandono de los hombres. Al fin, tras casi un siglo de olvidos los restos gloriosos del rey Batallador fueron llevados a San Pedro el Viejo, algunos restos arqueológicos al museo provincial y el magnífico retablo de su iglesia (la dedicada obra de Gil Morlanes), se salvó pasando a la parroquia de la catedral.
Las ruinas. - Dignas aún de visitarse por el turista amante de la evocación histórica. Hoy forman una ingente mole de torreones medio desmoronados, murallas carcomidas, claustros derruidos y restos de una iglesia churrigueresca, en la que aún se conservan algunas lápidas abaciales. Lo más interesante sobre los fuertes muros es una curiosa puerta de tipo románico de principios del s. XII. La muralla es de sillería guarnecida con torres y dentro del recinto la gran torre del homenaje de planta cuadrada, con saeteras a sus lados, sirvió de campanario, aunque desmochada. La defensa de la fortaleza era con doble muralla una exterior, a modo de barbacana, y otra, la subsistente, entre las que se encontraba el paso de ronda. De la iglesia primitiva tan solo se conserva la cripta y parte de los muros que en el siglo XV fueron rehechos y adornados.- dice Quadrado- las generaciones venideras no se podrán imaginar que aquella fue una de las gloriosas casas de oración de España, levantada como de paso, durante los meses heroicos del sitio de una ciudad.


Tal día como hoy 03 de octubre



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