El Ebro Aragones: Las Tierras del Bajo Aragón.<br /> De Zaragoza a Escatrón.
Aragón es así

El Ebro Aragones: Las Tierras del Bajo Aragón.
De Zaragoza a Escatrón. Aragón.

Autor: José Manuel Marcuello Calvin Fecha: 7 de junio de 2021 última revisión

A partir de Zaragoza, el ebro va a ir acusando progresivamente la aridez que caracteriza a lo que fue la zona más oriental del antiquísimo mar interior de agua salada. Los afluentes se hacen más débiles y escasos, el clima se va haciendo paulatinamente mediterráneo y los suelos, en última instancia, más resecos e improductivos.

Podra observar el viajero cómo, a medida que avanza hacia el Bajo Aragón, la fertilidad del suelo queda prácticamente relegada a las cada vez más estrechas riberas del Ebro y a las menguadas vegas de sus afluentes por la derecha. Decimos por la derecha porque por la izquierda del Ebro no recibe ni un sólo río afluente hasta Mequinenza, donde avenan las aguas conjuntadas del Cinca y el Segre. Y entre el Gállego y el Cinca/Segre, el dilatado desierto de los Monegros, con su escasísima pluviometría anual, sus numerosas lagunillas saladas y sus casi constantes afloraciones de yesos y calizas.
Los últimos afluentes ibéricos de la margen derecha, aunque relativamente frecuentes, son de muy escaso caudal (Aguas Vivas, Martín, Guadalope y Matarraña) y sus vegas, excepción hecha acaso del Guadalope, de menguado y trabajoso cultivo. Ello no obstó, sin embargo, para que los pueblos prerromanos -sobre todo, los iberos- se sintieran fuertemente atraídos por esta zona, ni para que los romanos se dedicaran aquí, como en las Cinco Villas, al cultivo de grandes extensiones cerealistas.

Aunque el itinerario hasta los alrededores de Mequinenza puede cubrirse por ambas márgenes del Ebro, el camino recomendado es el que discurre por la derecha, tanto por correr más próximo al río como por estar jalonado de lugares de mayor interés. Para emprender esta ruta, el viajero debe tomar desde Zaragoza la nacional 232 con destino a Alcañiz y Castellón, conocida por los zaragozanos como carretera del Bajo Aragón. Es esta una carretera fácil y bonita, que cruza por pueblos de profunda tradición agrícola -son famosas entre los gastrónomos las cebollas de Fuentes de Ebro- y no muy lejos de lugares que alcanzaron merecido renombre histórico durante la Guerra Civil española, com Belchite.
El Burgo, Fuentes y Quinto ofrecen hoy a los arqueólogos la evidencia de la comentada preferencia de los pueblos prerromanos y, sobre todo, de los romanos, por estas tierras ribereñas del Ebro. También los árabes, mudéjares y moriscos cultivaron con esmero las huertas de ribera y dejaron su huella en el arte mudéjar de la zona, muy castigado durante la Guerra Civil española al ser esta la línea de fuego del trágico frente del Ebro.

A 42 kilometros de Zaragoza se halla Quinto de Ebro, donde la carretera nacional se separa notablemente del río y deberá tomarse la carretera local que corre junto al curso fluvial. No obstante, antes de acometer esta ruta, el viajero debe plantearse la oportunidad de continuar por la carretera nacional hasta la siguiente localidad, Azaila, para visitar el magnífico poblado prerromano-romano del Cabezo de Alcalá.
Al lugar se accede por la carretera que parte, a mano derecha, a la salida de la localidad (esta señalizado). A escasa distancia de la población, también a mano derecha, se yergue el cabezo o altozano donde se halla el yacimiento, hoy excavado en su práctica totalidad. Se trata, en realidad, de tres ciudades distintas en función de las épocas y las culturas diferentes de las que sus piedras fueron testigos. La vida de la ciudad abarca desde la Edad de Hierro (siglo XII antes de Cristo), con un tramo intermedio en el que el enclave fue un importantísimo baluarte estratégico y cultural del pueblo ibero.

Los análisis arqueológicos permiten concluir que los primeros pobladores del cabezo eran de origen indoeuropeo, con hábitos agrícolas y pastoriles y con el dominio de la técnica del hierro, aunque no de la cerámica de torno. El primitivo poblado no es bien conocido, aunque se supone giraría en torno a la disposición de las viviendas alrededor de una única calle central. Este poblado primitivo fue violentamente destruído en el transcurso de la segunda guerra púnica, hacia el año 218 a.C. No debió de tardar en reanudarse la vida, sin embargo, en el poblado a juzgar por los materiales arqueológicos encontrados, que demuestran una rápida restauración y mejora, con fortificación, de la ciudad por parte de un pueblo que presenta todas las características específicas de la cultura ibera. De esta época son los mejores y más interesantes materiales cerámicos que se conservan en el Museo de Zaragoza y que denotan el magnífico esplendor económico y cultural de la ciudad, que acuñó moneda de plata y bronce. En la última fase de vida de esta segunda ciudad se encuentran ya huellas de una progresiva romanización y que se interrumpen bruscamente con una nueva destrucción del poblado en el transcurso de las guerras entre Pompeyo y Sertorio (entre el 76 y el 72 antes de Cristo). Por último, la tercera ciudad fue de nuevo reedificada y notablemente fortificada, remodelándose el trazado de las calles tal y como hoy aparecen. Fue el momento álgido del asentamiento, desde el punto de vista económico, y los arqueólogos han podido determinar para esta época una rica vida social, industrial y artesanal. La gran cisterna, el monumental túmulo funerario, las dependencias públicas y, sobre todo, la pulcra urbanización del poblado -con calles jalonadas por amplias aceras- denotan la profunda romanización de la ciudad, que fue de nuevo y definitivamente arrasada tras la célebre batalla de Lérida, entre César y las tropas de Pompeyo, librada en el 49 antes de Cristo.

Concluida la visita al Cabezo de Alcalá, es preciso retornar de nuevo hasta Quinto para, sin llegar a la población, tomar la carretera local que parte, a mano derecha, en dirección a Gelsa y La Zaida. En esta ruta, el viajero debe estar atento, porque a unos dos kilómetros de marcha se halla el puente que, cruzando sobre el Ebro, conduce hasta Gelsa, distante otros 2 kilómetros del desvío. Una vez en Gelsa, se debe acometer el desvío que, a mano derecha, conduce, tras unos 5 kilómetros de ruta, hasta Velilla de Ebro.
En Velilla, en la parte dominante de la población, se hallan las ruinas -o si se prefiere, el yacimiento arqueológico- de la que fue, hasta la fundación de Zaragoza, la más importante colonia romana del Valle medio del Ebro: Iulia Victrix Lepida, fundada sobre la población íbera de Celse o Celsa (y de ahí el nombre de la próxima localidad actual de Gelsa).
Celse, fue un importante enclave íbero enmarcado en el amplio territorio de los ilergetes. Estrabón señala la existencia de un sólido puente de piedra sobre el Ebro, que los arqueólogos no han podido aún certificar, y debió constituir un importante puerto fluvial para los navegantes por el Ebro. Asimismo, debió de ser un notable nudo de comunicaciones terrestres, toda vez que allí confluía la calzada que unía Ilerda (Lérida) con el Valle del Ebro. Dados estos indudables atractivos del anclave, el triunviro Lepido fundó allí una importante colonia en el momento de romanización, en sentido ascendente, de las tierras del Ebro. Cuando Lépido cae en desgracia, la colonia pasa a ser denominada Colonia Iulia Victrix Celsa, languideciendo su antiguo esplendor vertiginosamente en favor de la recién fundada colonia Caesaraugusta (Zaragoza), en la segunda década antes de Cristo. Aun en fase parcial de excavación, el poblado ha mostrado a la luz importantes mosaicos romanos y algunos materiales cerámicos y muebles, que se hallan actualmente en fase de interpretación.

A la hora de reemprender la marcha siguiendo el curso del Ebro, el viajero debe armarse, a partir de aquí, de una cierta dosis de paciencia al tiempo que afina notablemente su sentido de la orientación. Hasta Caspe, la carretera no es precisamente ni fácil ni buena, si bien el atractivo del paisaje compensa con creces los inconvenientes del periplo. Aquí el Ebro inicia el curso más divagante de todo su recorrido al tiempo que el cauce comienza a encajonarse progresivamente en los materiales blandos de lo que fue un día el fondo del mar interior. El paisaje se hace notablemente contradictorio, con estrechas y feraces riberas jalonando las aguas del río mientras, unos metros más allá, por ambas orillas, el desierto monegrino enmarca, como queriendo asfisiarlo, el paso del Ebro. Es este, sin duda, un paisaje duro y exótico en el que cristaliza la paradójica grandeza del paso silencioso y casi estéril del río más caudaloso de España por la bisectriz de uno de los más desoladora de sus desiertos.
Y decimos casi y no totalmente estéril porque el sabio y paciente esfuerzo de los ribereños de la zona -herederos, a ciencia cierta, del tesón agrícola de árabes y moriscos- ha conseguido mantener viva la feraz huerta ribereña aun después de dejarse perder el ingente beneficio del increíble ingenio hidráulico de las norias o ruedas de Cinco Olivas o del Monasterio de Rueda. Cinco Olivas -que aún conserva en el Ebro el magnífico azud de derivación hacia la desaparecida noria-, Alborge y Alforque (de indudables resonancias árabes los dos últimos), adheridas a los amplios meandros que aquí comienza a dibujar el Ebro, son poblaciones eminentemente agrícolas en las que perviven los hábitos productivos de los moriscos.

De Velilla de Ebro, la carretera conduce directamente hacia Sástago, un enclave medieval que en su día fue señorío de don Blasco de Alagón en permuta obligada por Morella, villa que él había reconquistado personalmente. En el siglo XVI, la población pasó bajo el dominio de los Condes de Sástago, una de las siete Casas de Aragón. Durante la dominación árabe, Sástago fue un importante centro de fabricación de vidrio y, hasta épocas recientes, mantuvo viva la producción tradicional de cuchillos y navajas cuyas cachas eran fabricadas con el nácar extraido de los numerosos moluscos del Ebro. Asimismo, la localidad era conocida en todo el territorio circundante por la excelente factura del típico sombrero aragonés -hoy relegado a los valles altoaragoneses de Ansó y Echo- conocido también por el sobrenombre de gorro de medio queso.

Próxima a sástago se halla la localidad de Escatrón, otro importantísimo enclave medieval cuya vida social y económica se muestra profundamente alterada por la central termoelectrica instalada en la década de los 50 y que se abastece de los lignitos turolenses para la combustión y de las aguas del Ebro para su refrigeración. El poblado medieval ha quedado relegado a un segundo plano desde la construcción del nuevo poblado, elevado sobre el cauce del Ebro. Sin embargo, la vida económica y la historia del primitivo Scatro conoció una vida esplendorosa a lo largo de casi siete siglos, tiempo en el que la localidad ejerció el señorio sobre el influyente Monasterio de Rueda, situado frente a la localidad al otro lado del Ebro.

También puedes realizar la navegación del Ebro en de Novillas a Utebo y por Zaragoza capital del valle del Ebro o desde el Monasterio de Rueda hasta Fayón.

Extraido del libro: Guía para viajar por el Ebro.
© José Manuel Marcuello Calvin.



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MORA DE RUBIELOS
LA RUTA DE LA NIEVE

La zona del Maestrazgo es pródiga en parajes pintorescos y pueblos de rancia historia, diseminados entre densos pinares y abruptas barrancadas. Los hay situados en suaves laderas y en altivas cimas. En cada recodo del camino esperamos hallar un nuevo programa, una grata sorpresa para deleite del espíritu, ávido de emociones plácidos.

Entre estos pueblos de acusada fisonomía, destaca Mora de Rubielos, por su alcurnia y abolengo.

Se halla situado a 42 kilómetros de la capital (Teruel) y a 1.035 metros de altitud. El número actual de habitantes de esta villa es de 2.400 aproximadamente. A finales del siglo XVI tenía unos 150 vecinos, que fueron aumentando hasta 700 a finales del XVIII.

Hoy, esta importante villa va adquiriendo un sereno afianzamiento bajo la importancia del turismo de verano y de invierno. Recientemente se inauguró el amplio hotel «Mora de Aragón», en las inmediaciones de la villa, en el declive de un montículo poblado de pinos. Dentro del pueblo hay también otras fondas y restaurantes para atender, cumplidamente, las crecientes necesidades turísticas.

Además de esto, la industria se ve afianzando con sus dos industrias de la madera y la nueva fábrica «Mora Industrial» de confecciones.

Esta es, actualmente, la villa de Mora, que tiene las siguientes vías de acceso; por la Tierra Baja y en las inmediaciones del pueblo de Gargallo, un desvío de la carretera general nos lleva a Aliaga, y desde allí, por Camarillas y Alcalá de Mora. Desde Castellón, siguiendo la carretera que pasa por Cortes de Arenoso y Rubielos, se llega a nuestra villa. Otra ruta mas corriente es la carretera de Valencia a Teruel, por un desvío que hay cerca de la estación de Mora. Y, finalmente, por la misma carretera en el recorrido de Teruel a Valencia, pasada la Puebla de Valverde, se toma otro desvío que nos llevará a

LA VILLA DE MORA.

Dejamos atrás una serie pintoresca de modernos chalets, entre pinos y accidentes del terreno.

La pequeña ermita de la Virgen de la Soledad, con atrio porticado, nos da la bienvenida. Desde el contemplamos el caserío que se extiende adaptándose al accidentado terreno y dominado todo él por la robusta silueta pétrea del castillo.

Al fondo, cerros y montes. Y allá lejos, como colgada del cielo, la crestería de los altos de San Rafael, sierra de Gudar altiva y bravía, con bellos matices de azul y violeta, que provocan la lejanía inalcanzable.

Es como un fondo velazqueño de retratos reales ecuestres.

Entrando en la villa atravesaremos un puente. Bajo é discurren breves, silenciosas, las aguas de un pequeño río, del río Mora, afluente del Mijares, que contornea el poblado regando sus pequeños hurtos, que tienden su alfombra esmeralda a los pies del caserío.

La rígida y voluminosa silueta del castillo nos atrae. La calle principal, calle de José Antonio y antigua de las Parras, conduce a la plaza de la iglesia. Antes encontramos, a la derecha, unos viejos soportales, vestigios de lo que debió ser toda la calle. Hoy, a su izquierda, se alzan los viejos caserones de Pilón y Marín.
La plaza de la iglesia es sencillamente encantadora. Toda ella en cuesta hacia el castillo, nos muestra, el fondo, la bella casa del cuarto, de piedra de sillería, con sus arcadas rebajadas bajo el saliente alero y su acrisolado sello renacentista. Junto a ella otra casona de viejos tiempos, hoy disfrazada estúpidamente su fachada y en la que queda, como un agudo grito de protesta, el antiguo portalón apuntado, vestigio del esplendor gótico de la villa.

En esta plaza, frente a la iglesia, otra fachada de sillería, sobria y sin personalidad, recuerda a los del lugar que fue una fachada gótica con ventanas de este estilo y con parteluz, igual que las de la iglesia. Eran como un espejo de aquellas. Desde sus ventanas predicó San Vicente Ferrer. Y en medio de la plaza una cantarina fuente, de cuatro caños, alegre y bulliciosa, ofrece reposo y espera. Su graciosa silueta produce un alocado contraste con la austeridad mística de

LA IGLESIA COLEGIAL.

Desde 1944 es Monumento Nacional.
¿Cómo fue esta iglesia? Habiendo reconquistada la villa en el año 1171, su primitiva iglesia sería de una sencilla estructura románica, como sucedió con las primitivas iglesias de Teruel. Habría al frente de ella un rector o plebano, según nombre que se daba en la época al sacerdote que se hallaba al frente de la parroquia. Y, como todos los demás, se sostendría con los diezmos de tierras y ganados de su término.

Pero surgieron los señores de Mora, pujantes y opulentos. El pueblo se había enriquecido y aumentado su población. Quizá esto y la misma Ambición familiar, hicieron pensar a don Juan Fernández de Heredia el aumentar el número de sacerdotes para su servicio religioso. Así se consiguió, por algunos años, que se estableciera una vicaria y seis raciones.

El segundo señor de Mora, de igual nombre que el primero, forjó la ilusión de convertir la iglesia en colegiata. Se tramitó la consiguiente solicitud al arzobispo de Zaragoza, entonces don Dalmau de Mur y éste, en 1454, concedió la erección de la colegiata bajo el título de Santa María, estableciendo que sus servicios religiosos serían atendidos por ocho canónigos. El Papa español Calixto III, amigo de los Heredia, confirmó la erección de la colegiata en 1458. Categoría que perdió en el concordato en 1851.

Con motivo de ser colegiata y siguiendo ese impulso de ostentación, de inmortalizar el apellido, se acometió la obra de la nueva iglesia. Este espléndido mecenazgo dio como resultado la maravillosa y monumental obra que hoy contemplados.

Se trata de una iglesia gótica del grupo aragonés, de una nave y capillas hornacinas entre los contrafuertes. Este grupo gótico aragonés se suele unir al mudéjar, con sucede en San Pedro de Teruel y en Santiago de Montalbán. Los Heredia, opulentos y señores, o influenciados por aires de fuera, optan por la costosa piedra que les permite realizar una obra audaz y grandiosa. Esta extraordinaria nave mide treinta y seis metros de longitud, veintiuno de altura y diecinueve de ancho, y he aquí la audacia de la obra, su anchura.

Es tres metros menor que la catedral de Gerona, siguiéndole en anchura. Esta catedral de Gerona está conceptuada como la mas ancha de España. Para sostener el brioso empuje de la bóveda de esta amplia nave de la colegias de Mora, recios contrafuertes la atenazan por sus costados, como pétreos dedos, entre los cuales se escapa el débil parpadeo de los óculos flamígeros.

La portada abocinada está compuesta de múltiples jambas escalonadas que rematan en arcos apuntados. Los capiteles tienen interesantes cabezas talladas. Las capillas están iluminadas por ventanas góticas con parteluz.

El fundador, don Juan Fernández de Heredia, está enterrado en la cripta, bajo el coro, en sepulcro con escultura yacente; allí reposa para la eternidad el gran mecenas que dio vida a esta ingente obra.

La reja del coro imita la rejería catalana en la catedral de Barcelona. ¿Por qué este Heredia no pensó en los famosos rejeros turolenses, los Cañamache, que por aquel entonces forjaron la mas bella reja gótica de España... para entonces colegiata de Teruel?

Esta maravillosa obra ha sido recientemente restaurada por la Dirección General de Bellas Artes, a falta de claustro, limpiándola de todos los revestimientos, pero las obras de arte desaparecieron en la pasada contienda.

Como obra de generaciones hay una pequeña variedad de estilo, la cual se acusa mas en el claustro y la torre, que son obras del siglo XVII.

Y ahí está la hermosa y espléndida colegiata, cerrando la bella y evocadora plaza, desde donde iniciamos el recorrido por las
CALLES DE LA TRADICIÓN

Descendiendo hacia la torre llegamos a una recoleta y sosegada plaza, como no, la plaza de las monjas.

Al fondo de ella una de las puertas de la villa marca la antigua ruta ¿de Teruel? A la izquierda un viejo caserón- convento, con una equilibrada y serena fachada, serenidad de almas en oración. A la derecha, la verticalidad aplastante de la torre de la iglesia, fría, seca, con afiladas aristas donde se cortan, con aullidos, los vientos gélidos.

Paseando lentamente con sosiego, con unción, recorremos la calle de las cuatro esquinas, con vetustas casas, destacando por su gracia y sabor la de Cortel de la Fuente del Olmo.

Si seguimos los porches de la calle de Primo de Rivera pasando por un viejo portalón, quizá parte de la primitiva muralla (antes del crecimiento de la villa), llegamos a la Plaza Mayor. el Ayuntamiento se alza sobre un porche con arcada, típica tradición turolense, pero obra de poca importancia. Y ¿Cómo nos acercarnos a contemplar el Portal de Alcalá o Portal del Olmo?

Este portal alza su estructura en la parte baja, casi en el barranco, y extiende sus brazos de muralla agarrándose al castillo y a los fuertes del Calvario, ansioso de su protección.

Esta es Mora. Y no de desnudeces y tules incitantes, de lejano recuerdo. Es Mora de Zarza, dulce y punzante, con fruto sabroso y espinas agazapadas.

Mora pintoresca bulliciosa, que guarda con orgullo en sus fiestas la típica tradición del toro de Fuego, atrayendo multitud de forasteros curiosos de ver y gozar el bello y audaz espectáculo nocturno, cuando la fiera embravecida recorre veloz las vetustas calles huyendo de su propio mal, figurando una estrella fugaz y ardiente en la inquieta oscuridad. Bella y legendaria estampa, reminiscencia del medioevo, cuando el toro de fuego fue utilizado como arma de guerra, incendiando y destruyendo cuanto hallaba a su paso.

Esta es Mora, la altiva y señorial, que vivía laboriosa y tranquila en su recinto amurallado bajo la protección vigilante de
EL CASTILLO

Hagamos un poco de historia sobre esta voluminosa obra, Monumento Nacional desde 1931, y de la villa aneja, que protege.

Los castillos fueron base y defensa de los poblados en aquellos tiempos heroicos. La misma suerte que corría el castillo la corría el pueblo, generalmente. Este es el caso de Mora, que con su castillo pasó de mano en mano, de señor en señor, por conquista, donación o venta. Como un objeto cualquiera. Era el signo de la época. Hasta que cayó, por fortuna, en manos de los Heredia, que le darían lustre y fama.

El hecho empezó así; las huestes cristianas al mando de Alfonso II, van conquistando tierras aragonesas, arrancándolas del poder de los moros, con tesón y bravura. En 1171 es conquista Teruel y el avance sigue en el mismo año hasta Mora, para hacerla frontera con los infieles.

En 1189, Pedro II donó el casillo de Mora a don Pedro Ladrón. Necesitaba asegurar su defensa y repoblación, bajo un patronazgo leal. La pequeña aldea va adquiriendo confianza y desarrollo, a la sombra protectora del castillo, posible reconstrucción de una fortaleza sarracena.

En 1204, los ejércitos de la cruz y la espada, levantan sus fronteras y las adelantan hasta Rubielos. Las lanzas cristianas van apuntando al corazón de Valencia.

Mora ya queda atrás, tranquila y sosegada, siguiendo los avatares de la comunidad de aldeas de Teruel. Sus gentes presienten ya la conquista de Valencia, que a su tiempo celebrarían con grandes fiestas, pues los « serranos » tomaron parte activa y lúcida en la operación.

Pero a Mora aún le quedaban por pasar muchas inquietudes. Jaime I, en su testamento de 1272, hace donación de Jérica y su baronía, que incluía el castillo y la villa de Mora, a su hijo bastardo, habido con doña Teresa Gil de Vidaurre, y de igual nombre que él. El señor de Jérica casó con doña Alfa, hija de don Álvaro Pérez de Azagra, cuarto señor de Albarracín, el señorío independiente ubicado en los montes Universales.

Cuando la guerra de los reyes de Castilla y Aragón, Pedro I y Pedro IV, la baronía de Jérica y con ella Mora, la había heredado don Pedro, hermano de Jaime (II) de Jérica.

Y fue entonces cuando surgió la traición aragonesa en la persona de un descendiente de rey. En defecto, el señor de Mora se puso de parte del rey de Castilla y las tropas de éste ocuparon la villa y el castillo de Mora para mejor defenderlas. Habiéndola situado el conde de Prades, los sufridos habitantes de Mora organización su « quinta columna » y abrieron las puertas al sitiador, con lo que pasó de nuevo a la corona de Aragón en 1364.

Parece ser que el señor de Jérica no hizo caso de ellos y vendió la villa de Moro y su castillo a don Hugo, vizconde de Cardona, en 1367 y éste, finalmente, volvió a venderla en el mismo año por 260.000 libras barcelonesas, a don Blasco Fernández de Heredia, señor de Foyos, quien se presionó de ellos en 1369. ¿Habían terminado con esto las transacciones de la paciente villa ¿ Si y no. Si en cuanto quedaba en manos de los definitivos dueños, que volcarían en ella todos sus afanes. No por cuanto que en 1370 hizo donación del castillo de Mora y villa de Valbona a su sobrino don Juan Fernández Heredia, llamado el Noble y el Póstumo, quien definitivamente daría comienzo al gran señorío de los Heredia.

Muchas aldeas de la provincia de Teruel fueron a engrosar, por herencia, el patrimonio de los Heredia.

En 1376 adquirieron, por 11.000 florines de oro de Aragón, Alcalá de la Selva, que durante dos siglos había pertenecido a los religiosos de la Gran Selva.

Afianzados los Heredia en el señorío de Mora, daría comienzo a su gran obra sobre la villa, en primer lugar, debió rehacerse el castillo, que sufriría en la guerra de los Pedros. Y dada la opulencia de los Heredia comenzaron una nueva obra de extraordinaria solidez, que garantizase plenamente

Su defensa. Asimismo, las dos torres que flanquean la puerta principal, tienen una base, según tragaluces que dan al sótano, de seis metros de espesor; toda una montaña de piedra.

La obra debió comenzarla, naturalmente, don Juan Fernández de Heredia llamado el Noble, hacia finales del siglo XIV.

Como ya hemos visto, allí estaría el castillo moro, que después restaurarían los cristianos. Castillos que usaron los señores de Jérica hasta defenderse en él los castellanos, cuando la guerra de Castilla y Aragón.

El castillo, a cuyos pies se extiende el pueblo, es de planta cuadrangular y todo él de piedra de sillería. Las paredes, los muros, tienen un impresionante espesor.

Como centro de esta planta cuadrilátera, hay un amplio patio de la misma forma, con arcadas apuntadas formando claustro. En dos de sus caras, contiguas éstas, hay un segundo cuerpo de galerías con arcadas de medio punto y fustes octogonales. Esta reforma debe corresponder a cuando don Jorge Fernández de Heredia fundó en él, convento de San Francisco, en el año 1614.

Las otras dos caras tienen, en el segundo cuerpo, ventanas góticas con parteluz, si bien algunas muy deformadas, y a las que la restauración va devolviendo su primitiva forma.

En torno a este hermoso pueblo, que tiene, naturalmente, su aljibe, giran las dependencias del castillo.

Bajo los grandes salones que se desarrollan en esta planta, hay dos pisos de sótanos con bóvedas de cañón corrido y en alguno de ellos el piso es de la misma roca. A estos sótanos se desciende por una amplia escalera de caracol, clásica escalera formada por largos peldaños de piedra, de una sola pieza, como es corriente.

Los grandes salones de la planta baja tienen techumbre de madera y en ellos ponen su gracia los amplios ventanales góticos con parteluz y los dos clásicos bancos de piedra a derecha e izquierda y, en este caso amplísimos, por el grosor del muro. Bellos rincones desde los que se contempla un bello panorama y que fueron deleite y ensueño de lindas damas angustiadas por la vuelta del ser querido, o alerta el oído, al meloso canto del juglar.

Pero todo esto ¡ay! Está cambiando, tan deteriorado por el tiempo y mas por los hombres, que ha sido precisamente la intervención de la Dirección General de Bellas Artes para volverlo a su primitivo estado.

Y no es extraña esta situación. La instalación del convento de franciscanos exigió muchas reformas. Una de ellas fue abandonar la iglesia primitiva e instalar otra en otro lugar, descarnado los muros. Luego se hundió la techumbre de la iglesia primera, quizá en el incendio que en 1700 destruyó gran parte del castillo y el importante y rico archivo.

Mas adelante fue cuartel de la Guardia civil. Nuevas e importantes reformas. Total, completamente desconocido.

Pero era demasiada mole de piedra para que se fuera abajo y la restauración llegó a tiempo.

En cada uno de sus cuatro ángulos, un torreón octogonal hace guardia permanente.

Tiene una salida normal, amable, hacia el pueblo, con el que tiene su contacto diario. Y en la parte opuesta, en oriente, la puerta principal.

Esta se abre en un amplio torreón cuadrado y flanqueada por dos de los cuatro torreones octogonales. Y a los pies de la puerta, el foso natural.

De las caras laterales del castillo partía la muralla como un fuerte cinturón apretando amorosamente al pueblo.

Y como punto de apoyo par ala defensa del castillo, al otro lado del barranco, en la cumbre del cerro del Calvario, aún quedan en pie esbeltos torreones, centinelas alertas sobre la amplia panorámica.

Esta hermosa obra, como ya hemos dicho, debió comenzarse a finales del siglo XIV y se debió terminar en el siglo XV.

Cuando esta obra se halle totalmente restaurada, será un bello ejemplar de castillo gótico, muy evocador y digno de ser visitado.

Será una verdadera joya para Mora, la de la excolegiata, que se halla tan cerca del castillo, que entre ambos casi no hay espacio para que pueda huir la carretera, que va hacia.

LA RUTA DE LA NIEVE

La carretera se empina hacia las altas cumbres. El paisaje se va haciendo tupido, hasta que el elemento primordial, el alma del paisaje, es el pino. El pino permanente, audaz. El pino con ramas como brazos de asunción. Entre sus troncos pardos se vislumbran profundidades estremecedoras y cumbres altivas; la esmeralda nos envuelve lujosamente. Llegamos al puerto de Alcalá (1.600 metros). Al fondo la vega, tras un descenso impresionante.

La ermita de la Virgen es de grandes proporciones y mal calculados sus contrarrestos. Hoy los pilares, a los que se pone ya tirantes de hierro, cabecean hacia el exterior bajo el peso de la bóveda. La obra fue levantada en 1715 por el maestro Juan Escuder, según diseño de un padre carmelita. En su interior se venera la Virgen del Espino (hoy la Virgen de la Vega), que fue una bella imagen románica, antes de ser restaurada.
Hay pinturas en el camarín, algo interesantes. Menos lo son las del crucero, realizadas a principios del siglo XIX.

En torno a esta ermita, levantada en una amplia vega rodeada de arriesgados montes cubiertos frondosos pinares, se ha desarrollado un amplio complejo turístico, con pintorescos chalets de variadas estructuras y cómodas fondas para refugio de los practicantes del deporte blanco. O de los no practicantes, que también son muchos los que van a ver y pasar los fines de semana entre esta alegre y bulliciosa multitud. Costosos complejos que tiene dos vertientes fructíferas; el invierno y el verano.

Caminamos hacia Alcalá, distante un kilómetro, por la vega pintoresca. Antes de llegar a él dejamos a la derecha el desvío que conduce allá lejos, a la Gascuña.

Pero sigamos hacia el poblado:
A poco se encuentra el humilladero, que se alza sobrio, acogedor, persuasivo. Es una obra renacentista de piedra de sillería, levantado en 1627 por Juan Palomar y de Torres, hijo del lugar, según señala una lápida en las pistas de nieve, que distan ocho kilómetros.

Alfonso II, preocupado por asegurar las conquistas, donó en 1174 el Castillo, décimas y patronato del pueblo, al monasterio de Selva Mayor.

Es de base cuadrada con cuatro arcos y cúpula, y cuatro hornacinas en el interior de cada ángulo. Lástima que permanezca vacío y que la cruz, ala que servía de dosel, haya desaparecido y no se haya puesto una imitación, al menos, que justifique el por que de esta obra.

Alcalá está ante nosotros. Sobre el poblado la silueta del castillo y como manto condal, colgado en el fondo, el monte sombrío.

Que poco podían hacer por el pueblo, solamente darle el apellido. Y así fue: Alcalá de la Selva.

Pero esto era insostenible, y como hemos vito, dos siglos después, en 1376, fue vendida al Señor de Mora, por once mil florines.

El castillo, de origen árabe, está totalmente ruinosos, situado en la cumbre del cerro, su silueta mutilada nos habla de olvidadas epopeyas.

En la parte alta del pueblo se halla la iglesia.

Es de estilo renacentista y fue inaugurada en 1614.

Su portada es fría, como los vientos de estas alturas y desarticulada con la superposición de varios órdenes. En ella está esculpido el escudo del señor de la Villa, el conde de Fuentes y marqués de Mora. Su interior está muy mixtificado con revocos.

Esta es Alcalá, con sus calles morunas, retorcidas y empinadas. Con sus entes sencillas, de alma serrana.

Alcalá con su Virgen de la Vega y sus complejos turísticos diseminados por sus contornos, es el último punto de apoyo para

EL DEPORTE BLANCO

Un grupo de pueblos tiene su esperanza puesta en el deporte blanco. Las esperanzas puestas en esa nieve, que años atrás, ponía espanto en el alma y los tenía aislados días y días, como en absurdos lazaretos, sin saber de nada ni de nadie, hasta que el tiempo mejoraba, la nieve iba desapareciendo y de nuevo se podía transitar por ellos.

Hoy todo ha cambiado. Las máquinas avientan la nieve de los caminos, cientos de coches se concentran en la inmensa sabana suavemente ondulada, como sostenida por los cuatro puntos cardinales.

Se ha levantado el ánimo de estos pueblos dormidos en el regazo de las altivas montañas.

La alegría juvenil de los deportistas, siembra de rosas la nieve. Y aquellos pueblos olvidados van recobrando su esperanza y su ilusión, al ritmo actual de la vida inquieta del deporte blanco.


Tal día como hoy 01 de octubre



El Ebro Aragones: Las Tierras del Bajo Aragón.
De Zaragoza a Escatrón. Arte Mudéjar, rural, fiestas. Arquitectura, Goya, monasterios, catedrales, iglesias, castillos, Moncayo, sistema ibérico, pirineos, piedra, agua, Ebro, Jalón, Jiloca, Huerva, Huecha, Queiles, Isuela, Gállego.

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