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Benedicto XIII : Papa Luna. Illueca (Zaragoza) 1328 - Peñiscola 1423 Personajes de Aragón.

Don Pedro Martínez de Luna: Cardenal y Papa.

En un pequeño lugar de Aragón, llamado Illueca, nació, allá por el año de 1.328, Don Pedro Martínez de Luna, hijo segundo de Juan Martínez de Luna y de Doña María Pérez de Gotor, señores de Illueca, Gotor y Mariana; su alumbramiento se produjo en una de las salas del Castillo recientemente construido en el altozano que dominaba el modesto caserío, no más de 60 familias, a orillas del Río Aranda.

Desde la cuna pertenecía a uno de los linajes más rancios de la nobleza aragonesa. Antepasados suyos asistieron a la toma de Calahorra al lado de Ramiro I primer Rey de Aragón y a la Batalla de las Navas de Tolosa, cuando las tropas cristianas de toda la Península consiguieron derrotar definitivamente a los musulmanes; hombres de su estirpe habían muerto en el Sitio de Fraga al servicio de Alfonso el Batallador y en los campos de Muret defendiendo inútilmente la vida de Pedro II; varones de su casta fueron testigos y protagonistas de las revueltas contra Ramiro II y contra Jaime I. En los últimos trescientos años, al menos un Luna se hallaba presente en cada acontecimiento de la Historia del Reino.

Pero el mundo al que Don Pedro llegaba no era el mismo en el que habían brillado sus predecesores. Casi coincidiendo con su nacimiento se iniciaba un período de profundos cambios, durante el cual la sociedad medieval, tras cerca de medio milenio de andadura, buscará y hallará unas nuevas formas mentales, sociales y económicas, para sustituir a las envejecidas y poco afectivas estructuras anteriores: se estaba construyendo el mundo moderno, y para llevarlo a cabo se necesitaban personas capaces de hacerlo.

Y en la lucha esta entre las pervivencias del pasado y las novedades para el futuro intervino con la larga actividad de sus 95 años nuestro Pedro Martínez de Luna, primero como noble aragonés, después como Cardenal del Sacro Colegio y, finalmente, como Benedicto XIII, Papa en la Obediencia de Aviñón.

Si bien es cierto que ningún hombre, aisladamente, puede hacer variar el curso de la historia y que cada individuo desarrolla su actividad vital desde la colectividad, también es cierto que los efectos de las acciones de determinadas personalidades se extienden, en el espacio y el tiempo, infinitamente más que los de la mayoría de sus congéneres.

Precisamente, esa minoría capaz de armonizar un programa o un proyecto en torno al cual se congregan las voluntades y los anhelos de una gran parte de la sociedad, forma, al margen del juicio cualitativo que merezca de nosotros el contenido de su mensaje, el grupo de los considerados personajes históricos.

Los hay que actúan sobre una comunidad reducida y otros, con la misma intensidad, sobre la gran masa anónima que puebla la tierra; los hay que sólo influyen en sus contemporáneos, y los que proyectan en el espacio y perduran en el tiempo.

Con las concepciones propias del período medieval, la figura de Pedro Martínez de Luna alcanzó, sin duda, la mayor presencia universal, no sólo de entre todos los aragoneses de su tiempo, sino prácticamente la totalidad de los que han vivido antes y después que él. Fue elegido Papa, es decir, jefe del poder universal, por excelencia, algo que ningún otro aragonés ha conseguido y menos de trescientas personas de todas las nacidas después de Cristo. Durante treinta años ejerció y defendió sus derechos, veinte años más fue Cardenal de Aragón y como tal actuó en la Península y en Europa. Así, pues, en la mayor parte de su larga vida se mantuvo siempre unido al máximo centro del poder y su nombre asociado a los de emperadores, papas, reyes, reformadores, pensadores, artistas, descubridores, cuyo importantísimo legado, absolutamente universal en el espacio y en el tiempo, comprobamos todavía.

Pero la universalidad de Don Pedro de Luna está íntimamente unida a Aragón. Su solar de origen en Illueca en el sentido más amplio posible, le sirvió de refugio en los momentos difíciles y de base de lanzamiento hacia las elevadas metas que persiguió; pero también Aragón, con sentimiento, se fundió con su espíritu indomable y con su concepción política hasta el final de su aventura.

Benedicto XIII se retiró a sus tierras peninsulares, un regreso al solar patrio que sería definitivo, aunque iba a durar todavía más de tres lustros, durante los cuales organizará la elección de un rey para Aragón en la persona de Fernando I de Trastamara, en una maniobra de alta política que le asegurará el apoyo de la Península unos años más y le permitirá, tras una entrevista con el emperador Segismundo, disponer de una última oportunidad de defender sus derechos.

En Perpiñan, en el verano de 1415, en un discurso de más de siete horas, el anciano pontífice expuso ante el Emperador, Fernando de Aragón y un numeroso público su tesis. Años y años de meditación y estudio y una longevidad inusitada, le llevaban a aceptar la renuncia si eran anuladas las condenas lanzadas contra él en el pasado y si el nuevo y futuro Papa era aceptado por todos y elegido según la aplicación rigurosa del Derecho Canónico. Y aquí radicaba la fuerza del argumento, pues sólo él, canónicamente, estaba en pleno derecho para elegir un Papa. Era una contienda diléctica perdida de antemano, pero también era una manifestación más, la penúltima, siempre la penúltima, de la grandeza del hombre que la defendía.

Después, desde su retiro de Peñíscola, rodeado de unos pocos fieles y de una riquísima Biblioteca, contemplará impávido el paso de los acontecimientos. Verá cómo su propio reino de Aragón, junto a Castilla y Navarra le retirarán la obediencia, cómo un Concilio, el de Constanza, lo depone y cómo los cardenales y los obispos de Aragón le abandonan. Con serenidad mantiene su rango y espera, como el auténtico Papa, la muerte que le sobrevendrá el 23 de Mayo de 1.423. Ese día y no antes el Gran Cisma de Occidente había terminado.

El cuerpo de Benedicto XIII, en su Alcázar de Illueca, eso se pensaba, pero tras el fallecimiento de Benedicto XIII en el castillo de Peñíscola, el cisma aún continuó cierto tiempo, por haber creado Don Pedro de Luna antes de morir cuatro cardenales que, reunidos en cónclave tras su muerte, eligieron Papa al preboste de la iglesia de Valencia, Gil Sánchez Muñoz, que tomó el nombre de Clemente VIII. El Cisma de occidente quedó terminado algunos años después.

Unos años permaneció el cuerpo incorrupto del Papa Luna en la capilla del castillo de Peñíscola, y transcurrido aquel tiempo el capitán Don Rodrigo, sobrino de Pontífice, y que había defendido, cuidado y servido a su tío fielmente hasta su muerte, deseó trasladar el cadáver de Don Pedro a la alcurniosa mansión de los Luna -solar de la familia-, en el castillo-palacio de la zaragozana Villa de Illueca, habilitando el salón donde naciera el anciano para que descansaran allí sus restos mortales.

Don Rodrigo pidió, en su nombre y el de los familiares, al Rey de Aragón Don Alfonso el Magnánimo -hijo del fallecido Don Fernando de Antequera- la entrega del cadáver; accedió el monarca y se procedió a la continuación de la exhumación del Pontífice, que, sumido en el descanso dulce y sereno de la muerte, lo contemplaron todos de nuevo el día 9 de Abril del año 1.430, festividad del Jueves Santo, y es fama que otra vez se habló por todo Peñíscola de la agradable fragancia que se esparcía por la capilla y el castillo al aparecer la momia de Don Pedro de Luna ante los ojos de los emocionados testigos que lo vieron, viéndolo en el féretro con aquella inmóvil delgadez tan caracterizada que siempre tuvo, y el rostro sereno, pálido y solemne del que pasó la frontera de la otra vida con la conciencia tranquila del deber cumplido. Los despojos humanos del Pontífice que había dejado al mundo el ejemplo más claro y elocuente de inflexibilidad defendiendo unos derechos que exhibieron de nuevo ante la población labraday marinera que tanto lo amara, respetara y comprendiera mientras vivió. Quedaron, por su predilecta ciudad de Tortosa, por Morella y Peñíscola, y otros muchos lugares -conventos, catedrales o monasterios- objetos de uso personal de Don Pedro de Luna, fuertes cantidades de dinero para reconstruir algunos templos e interesantes documentos que hablaban de aquella época de esplendores y decadencias, de grandezas humanas o de tristes realidades...
También en su muy querida catedral zaragozana de la Seo o en el Museo Arqueológico Nacional existen todavía (se conservan) sus valiosos recuerdos, en algunos casos casi reliquias.

Y comenzó el cortejo funeral de modo impresionante. El retorno a su lugar de origen, tan adorado siempre él, testigo de sus correrías de niños, o de sus iniciaciones de soldado, de sus primeros estudios, rodeado de ternura familiar. Todo Peñíscola presenció la salida, lo despidió para siempre, conmovida, llorando sus sencillas al que fuera Benedicto XIII. Portando la muchedumbre antorchas encendidas, la comitiva cruzó el Maestrazgo castellonense, adentrándose por ciudades y lugares de Teruel y Zaragoza, camino de Illueca -una de las más hermosas, nobres e importantes Villas del Reino de Aragón-, y al paso de aquella emocionada procesión salían gentes de toda condición social; los que ostentaban títulos nobiliarios o labriegos que cultivaban sus campos, y se agregaban a la multitud, que llegaba ante los humildes templos pueblerinos o las catedrales o colegiatas del recorrido con el arcón del anciano Pontífice embalsamado, y hacían un alto en el camino para descansar de las fatigas del viaje. Tras algunas horas de descanso, de nuevo se ponía en marcha la comitiva y de toda las poblaciones salían personas que se incorporaban al cortejo funerario y que deseaban seguir hasta el fin del viaje a Don Pedro de Luna.

Un atardecer la enorme comitiva divisó, allá a lo lejos, la impresionante figura, torres y galerías arqueadas del alcázar de los Luna, soberbio y monumental Castillo-Palacio -de los más bellos de España- y que coronaba gallardamente todos los edificios del pueblo del río Aranda. Al entrar en Illueca, poseído todos de inmensa y silenciosa emoción, juntáronse la devota peregrinación que entraba con los restos mortales de Benedicto XIII -al que tantos tenían por santo- y la totalidad de illuecanos que esperaban al mejor, al más ilustre, querido y famoso de sus hijos, que llegaba al pueblo donde naciera, a su alcázar señorial y majestuoso, en busca de refugio y descanso eterno.

En espléndida y valiosísima urna de cristal colocaron la momia del Pontífice, en la cámara donde viniera al mundo aquella preciosa vida dedicada a la Iglesia. Transformada la alcoba en amplio oratorio, frente a una patética y doliente imagen de Jesús en gran tamaño que presidía el emotivo altar, allí estuvo años y años, alumbrada la solemne estancia por una lámpara que alumbraba noche y día; en la puerta de la capilla fueron grabadas las armas de Don Pedro de Luna, con la tiara de San Silvestre, y que todavía hoy se puede ver.

Illueca, lo mismo que miles y miles de aragoneses, sintió por su Pontífice verdadera veneración, como si de un santo se tratase, ofrendado un culto casi continuo al cadáver de Don Pedro. La fama del Papa Luna no entendía de fronteras, y su celebridad traspasaba pueblos y paisajes. Hasta Roma habían llegado las noticias de que en su tierra veneraban al Pontífice, y que su cuerpo era tenido por reliquia, expuesta a los fieles, que solían creer en su Santidad. Un prelado italiano, llamado Juan Porro, a mediados del siglo XVI, visitando catedrales aragonesas, oyó hablar de lo que ocurría con el célebre Papa Luna, llegándose por curiosidad a la Villa-solar del Pontífice para visitar su castillo.

Cuenta la historia que a la vista del homenaje y fervor que Illueca tributaba al más grande de sus hijos, enterado de todo, el religioso extranjero, disgustado con aquella situación establecida y que él no compartía, destrozó con su cayado los cristales, estropeando casi totalmente el artístico arcón que contenía los restos. Cuando Illueca se entero del suceso, vibró la Villa de Justa indignación por la profanación del cadáver del Pontífice, pero su autor ya había huido de allí durante la noche, temeroso -o arrepentido quizás- de su comportamiento ante una momia expuesta en el centro de una capilla.

El arzobispo de Zaragoza quedó enterado del suceso y ordenó clausurar la estancia-oratorio del alcázar, para que nunca más se volviera a repetir algún otro hecho semejante. Y así pasaron mucho, muchísimos años, hasta que llegó la Guerra de Sucesión a principios del siglo XVIII, entre partidarios de Austrias y Borbones. Los descendientes de la familia Luna eran partidarios del bando austriaco, como todos los nobles de la Corona de Aragón. Los habitantes de Illueca defendieron su palacio contra la soldadesca compuesta casi toda por franceses, tropas de Felipe V, nieto de Luis XIV. Asaltaron el señorial edificio del más desenfrenado modo, ansiosos del botín, ebrios o sedientos de botines y tesoros escondidos, haciendo polvo todo cuanto encontraban a su paso. Al penetrar en la cámara mortuoria donde dormía en paz del Señor el inolvidable e infortunado Pontífice, ciegos de furor por no encontrar el oro que hubieran querido hallar, destrozaron a culatazo limpio el pequeño cadáver del Papa Luna, separando la cabeza del resto del cuerpo, para seguidamente lanzar por el hueco de un antiguo ventanal los destrozados huesos del admirado y venerable Papa de la Iglesia, que fueron a caer a gran distancia del alcázar, en dirección al Río Aranda...

Pasadas las horas que consumaron aquella profanación o sacrilegio, poco tiempo después, unos labradores de la casa de los Luna pudieron encontrar el cráneo del Pontífice -los demás restos se perdieron en aquella feroz contienda- y lo entregaron a sus señores.

Al paso del tiempo, la familia Luna se unió -por casamiento- con los Muñoz de Pamplona -ambas de antigua, fuerte y noble raigambre aragonesa- y llevaron la calavera de Don Pedro al antiguo palacio que en Sabiñán poseían, mansión de los ilustres descendientes de los condes de Argillo y de Morata de Jalón, marqueses de Villaverde, señores de las baronías de Illueca y de Gotor.

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R E Y E S D E A R A G O N
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RAMA DE CASTILLA
UNION DE CASTILLA Y ARAGON
Monarquia Española
1516Juana I y Carlos I
1555Carlos I (solo)
1556Felipe I (II de Castilla)
1598Felipe II (III de Castilla)
1621Felipe III (IV de Castilla)
1665Carlos II
1700Felipe IV, (V de Castilla)
1701 a 1713Carlos, Archiduque de Austria
1724Luis I.
1724Felipe IV, (por segunda vez)
1746Fernando III, (VI de Castilla)
1759Carlos III.
1788Carlos IV.
1808Fernando IV, (VII de Castilla)
1808Isabel I, (II de Castilla)

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